La es una estrategia natural que tienen todos los microorganismos (bacterias, virus, hongos y otros parásitos) para enfrentar las amenazas que atentan contra ellos y salir adelante. Una de esas amenazas, claro, son los medicamentos que tratan de combatirlos.

En el área de la medicina, por el número de enfermedades que pueden ocasionar las bacterias, la resistencia de éstas a los antibióticos es la que más preocupa.

“Las bacterias tienen genes que codifican proteínas con las que inactivan el efecto de los antibióticos. Es muy frecuente que una bacteria que ha desarrollado estos elementos de resistencia se los pase a otras bacterias de su misma especie —o incluso de otras especies— cuando están en el intestino o la garganta de una persona, o en un cuerpo de agua o incluso en superficies contaminadas por ellas”, explica Mauricio Rodríguez Álvarez, académico de la Facultad de Medicina de la UNAM y participante en el Plan Universitario de Control de la Resistencia Antimicrobiana (PUCRA), del Programa Universitario de Investigación sobre Riesgos Epidemiológicos y Emergentes.

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Cuando una persona toma incorrectamente un antibiótico, ya sea porque la infección no es bacteriana, porque la dosis es insuficiente o porque la duración del tratamiento es más corta de lo debido, las bacterias presentes en su organismo no morirán por completo y es posible que reciban dicho tratamiento como un entrenamiento que les permitirá desarrollar una resistencia al fármaco.

Además, puesto que la mayoría de los antibióticos se transportan en la sangre al ser absorbidos y llegan a cada rincón de nuestro organismo, las bacterias de la microbiota intestinal pueden verse afectadas y eventualmente desencadenar una diarrea u otra enfermedad.

“Por eso, cualquier antibiótico debe administrarse de manera específica, pensando en la bacteria que está causando la infección, en una dosis y durante un periodo adecuados. Esto es muy importante”, señala el académico universitario.

Una vez que una bacteria se vuelve resistente a un antibiótico, difícilmente dejará de serlo, pues esto le permite sobrevivir. En todo caso, lo que sí se tiene que buscar es que no se haga resistente a más antibióticos del mismo tipo o a otros, y que no le pase sus elementos de resistencia a otras bacterias, y para ello es necesario usarlos como corresponde, no abusar de ellos.

“De hecho, en microbiología se utilizan unos términos especializados para definir la magnitud de la resistencia de las bacterias a los antibióticos. De este modo, si una bacteria es resistente a un solo antibiótico, se le denomina drogorresistente; si lo es a dos o más antibióticos, multidrogorresistente; y si lo es a todos los que hay en el mercado, extremadamente multidrogorresistente. Y cada vez vemos más bacterias multidrogorresistentes”, informa Rodríguez Álvarez.

Procedimientos peligrosos

En la agroindustria se suele recurrir a antibióticos para combatir o prevenir infecciones bacterianas o fúngicas en las frutas y verduras, y para promover el crecimiento de aves de corral, cerdos y reses. En relación con esto último, se estima que los productores de carne son responsables del consumo de aproximadamente 80% de los antibióticos que se usan en todo el mundo.

Sin embargo, de acuerdo con el académico, es probable que, al consumir esas frutas, verduras y carnes, entren en nuestro organismo dosis de antibióticos prácticamente imperceptibles para nosotros, pero no para las bacterias, que de esta forma desarrollarían una resistencia a ellos.

“Asimismo, los desechos (agua, orina o heces) que contienen esos antibióticos pueden contaminar el suelo y los mantos freáticos, y, si consumimos agua de esos mantos freáticos, el proceso se repite”, añade el académico.

Investigadores del Instituto de Ecología y la Facultad de Medicina de la UNAM han encontrado restos de antibióticos en aguas residuales provenientes del drenaje de la Ciudad de México que desembocan en el Valle del Mezquital, en Hidalgo.

“Lo malo es que, aun cuando sean tratadas, estas aguas siguen teniendo antibióticos y así se usan para regar hortalizas que terminan en las cocinas y mesas de los consumidores.”

Rodríguez Álvarez también comenta que en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad León, han documentado el uso de antibióticos para mejorar la producción de ajos y otros vegetales en la región.

“Estos procedimientos se deben regular. Es decir, urge una acción contundente en contra del uso inadecuado de los antibióticos en la agroindustria. Para eso se necesita que el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (SENASICA) tenga la capacidad de ponerla en marcha y que las autoridades hablen con los productores para que, a partir de la prevención, la detección y el control de enfermedades infecciosas en sus animales o cultivos, no usen tantos antibióticos sin comprometer su producción. Además, el monitoreo de las aguas residuales debería incluir la búsqueda de restos de antibióticos. Es más, habría que elaborar una especie de atlas para saber exactamente qué aguas los contienen y que se pueda hacer algo al respecto.”

Recetas médicas

En 2010 se estableció en México la obligatoriedad de presentar una receta médica para adquirir un antibiótico destinado al uso en humanos, con lo cual comenzaron a proliferar los consultorios adyacentes a las farmacias.

Acerca de esto, el académico comenta: “En el PUCRA hicimos un estudio para evaluar los patrones de prescripción para las enfermedades más frecuentes (gripas y catarros, diarreas agudas e infecciones urinarias) en estos consultorios. Evaluamos 280 recetas y descubrimos que ocho de cada 10 pacientes que iban por una infección respiratoria aguda o por una diarrea aguda que no requería antibiótico salían con una receta médica que les permitía comprar uno. Y en el caso de las infecciones de vías urinarias que sí requerían un antibiótico específico, el médico recetaba uno inadecuado.”

En opinión de Mauricio Rodríguez Álvarez, aparte de exigir a las autoridades que regulen el uso de antibióticos en la agroindustria, es imprescindible impulsar una cultura de la salud y buenas prácticas clínicas (con vacunación incluida) para prevenir las enfermedades infecciosas, así como fijar una agenda nacional de investigación y desarrollo para disponer de nuevos antibióticos y vacunas.

“No olvidemos que el abuso de los antibióticos favorece la resistencia de las bacterias a ellos y pone en riesgo no sólo la salud humana, sino también la producción de alimentos y la economía mundial. De ahí que una de las tareas del PUCRA sea recabar información de hospitales y laboratorios para tener claro dónde se encuentran las bacterias resistentes y cómo se están usando los antibióticos, y vincularla con la investigación y las prácticas clínicas.”

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