Condenar al que sobresale. Envidiar al máximo lo que no se tiene

Todos tenemos algo de envidiosos y controladores, el problema es cuando invertimos nuestras energías en querer cambiar al otro
ILUSTRACIÓN: DANTE DE LA VEGA. EL UNIVERSAL
20/12/2017
01:59
Mariana F. Maldonado
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Procusto era adepto a acoger viajeros. Les ofrecía una cena generosa en su casa, situada entre la ciudad de Atenas y Eleusis, en Átaca, y luego les invitaba a pasar una noche. Pero los viajeros tenían que pasarla en una cama de hierro, en la que tenían que encajar a la perfección. A los muy altos les cortaba los pies con una hacha muy afilada; a los que eran muy bajos los ataba las extremidades a las esquinas de la cama y los estiraba hasta que las extremidades se separaban. En la más “poética justicia” —cuenta el libro La cama de Procusto. Aforismos filosóficos y prácticos—, uno de los viajeros resultó ser Teseo, (el que luego derrotaría y mataría a puñetazos a su hermano, el Minotauro), el cual después de cenar le hizo acostarse en su propia cama y para hacerlo encajar, lo decapitó.

En otras versiones más siniestras, Procusto no tenía una cama sino dos, una pequeña y otra grande. A los viajeros altos los hacía acostarse en la pequeña y a los bajos en la grande, según cuenta este libro.

El mito griego le puso nombre al “Síndrome de Procusto”, una afección que toca tanto lo profesional de la vida como lo personal. “Las personas que lo tienen, quieren que todos a su alrededor, sea laboralmente, personalmente, del mismo molde y sean uniformes”, explica Fernanda Grajeda, especialista de la Sociedad Psicoanalítica de México. La realidad es que es otra forma de hablar sobre envidia e inseguridad en un grado extremo, pero tiene sus matices.

Si tienes un jefe (o un compañero de trabajo) al que le molesta lo diferente, que tiende a rechazar la diversidad, que desea que todo sea como él o ella quiere o que sea igual a él o ella y que de alguna manera busca “cortar la cabeza o los pies” al que sobresale, muy probablemente tenga algo de este síndrome. “En lo laboral pasa mucho. Si son jefes de un equipo, empiezan a cortar la creatividad del equipo, a bloquear todo el funcionamiento y la productividad. Estas personas limitan”, explica Grajeda.

Hay dos tipos de personas que lo sufren. Aquellas que tienen una baja autoestima, las cuales como no sienten el control de su propia vida buscan controlar la de los demás. Y están las que tienen “una autoestima exagerada” que sienten tener la razón todo el tiempo y buscan que el resto entre a su molde.

El síndrome de Procusto es una manera de hablar de neurosis y narcisismo, asegura el sicoanalista Andrés Ize.

“Todos lo hacemos, en esencia es envidia”, explica. Y ese deseo en sí no está mal. Es normal sentir envidia del otro, porque esta puede fungir como un impulsor y un orientador hacia lo que queremos. Sin embargo, las cosas se complican cuando lo que envidiamos no lo sentimos cercano y lo vemos como una cualidad exclusiva del otro.

“La envidia tiene una función de orientar el deseo, el problema es cuando verlo en el otro significa sólo verlo en el otro y ahí es cuando puedes querer tumbarlo, que no tenga éxito, porque no va a ser el tuyo, es llevar cosas a un extremo muy contemporáneo”, explica Ize.

Al final, este es un problema de juicio y de qué tan duro es el nuestro con respecto a nosotros mismos y a los demás respecto a las expectativas que se tienen de nosotros en la sociedad.

En una persona sería importante ir más allá del momento y pensar en que si no tenemos una cosa tenemos otra que es buena; sin embargo, esta incapacidad llevaría a quererlo todo.

Y como en todo, existen niveles. Todos tenemos algo de narcisistas (término que proviene también de otro mito, del de Narciso, el cual ama su propia imagen) e incluso algo de este síndrome, porque lo desconocido siempre da miedo, y porque deseamos que el otro sea parecido a nosotros, sin embargo, hay niveles.

“Lo grave es cuando ya dedicas toda tu energía y tienes acciones violentas o controladoras para cumplir lo que tú quieres”, explica Fernanda.

¿Cómo enfrentarlo?

Cuando se convive con alguien con estos síntomas es importante estar conscientes de que el otro los padece.

No tomárselo personal es importante y alejarse es recomendable, porque estar con alguien puede ser muy desgastante. Todo dependerá de cuánto puedes tolerar.

“Tomando un poco de distancia, pregúntate, ¿Puedo con este jefe o no? Uno va aceptando las cosas hasta que ya no puede más, tienes que conocerte a ti para saber si lo puedes manejar”, asegura la especialista.

Dependerá de qué tanto tiene estos síntomas y qué tanto puedes aguantarlo tú. Quizá tú seas más tolerante y para ti no es tan complicado sortear estas situaciones, probablemente puedas estar más dispuesto a estar en esta situación; sin embargo, si eres muy sensible o tienes un carácter más determinado, te vaya a ser más difícil. Todo va a depender de ti y de tus límites.

Una forma de abordar estos síntomas es la terapia sicológica.

Es importante estar conscientes que todos padecemos en cierto grado de envidia y de miedo a lo diferente, el problema empieza cuando invertimos todas nuestras energías en querer cambiar al otro.

El entorno

Más allá de señalar a quien lo padece y de pensar que quien tiene estas características le hace mal al mundo, es también pertinente preguntarse si este contexto en el que vivimos no es el que lleva a las personas a llevar las cosas al extremo.

El contexto en el que hoy vivimos está lleno de extrema competencia, de moldes que hay que llenar, de estándares que hay que cubrir, del capitalismo que suscribe todo en métricas que hay que cumplir todo el tiempo.

“Hay empresas donde se exacerba mucho esto, incluso en ambientes académicos. El problema también es este sistema que es seleccionador, por eso te pones mal y por eso no es tan descabellado ser mala onda con una persona y quedarte tú con la selección. Viene desde el sistema escolar y la manera en la que se califica”, explica Andrés.

En este sentido, la investigación Ajustar la cama de Procusto: Una realidad cambiante, explora a través del mito de Procusto las experiencias de varios académicos a la hora de tratar de encajar en distintos ámbitos y estándares académicos y explica que un sistema competitivo, “el éxito de una persona regularmente implica el fracaso de otra”.

En este contexto, la recomendación para los académicos es la de no dejar que los juicios externos afecten los propios y evitar que todo el sentido de logro quede constreñido exclusivamente a la aprobación de otro o a la generación exclusiva de cierto producto esperado.

“En estos casos, lo peor es que quien lo obtiene lo hace con un costo de culpa en tanto por tenerlo porque el otro no lo tiene. Es interesante el tipo de subjetividad que estamos construyendo y el tipo de persona está apareciendo por el tipo de sociedad en la que estamos, no pensar en que el que tiene el síndrome está loco y deberíamos de expulsarlo”, asegura Andrés Ize.

El ambiente laboral es un caldo de cultivo idóneo para este tipo de síntomas.

Una de las conclusiones de este estudio es que si bien la evaluación está siempre presente en la academia, la única opción para resistir a las presiones es la de centrarse en los aspectos que están dentro de su control y no dejarse derribar por las que no lo están.

Quizá una buena forma de abordar este tópico sea a través de denominarlo síntoma en vez de síndrome, asegura el sicoanalista, porque el síndrome apunta a algo que aqueja a una sola persona, en vez de a una serie de síntomas que aquejan nuestro tiempo.

“Es síntoma de nuestros tiempos, y es síntoma para hacernos cargo colectivamente de algo que estamos generando todos. Yo soy el otro y viceversa, no se puede hacer un aislamiento”, asegura Ize.

Ahora bien, habrá que preguntarnos de qué manera estamos buscando cumplir nuestros ideales y si la competencia lo vale todo.

 

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