Crisis de los 30
El lugar de las #plaquejas

Se encuentra usted aquí

Ya fui a ver Plaza de la Soledad

16/05/2017
09:17
-A +A

El debate sobre que si la prostitución debería regularse o abolirse es interminable y complejo e irreconciliable y lleno de aristas y patas peludas. Si en Europa no se ponen de acuerdo, ahí les encargo en el México actual, donde pase lo que pase las mujeres van a salir perdiendo. Aunque se hagan unas leyes bien chingonas, nadie las va a pelar; la trata va a seguir y ellas no obtendrán la protección que dice el papelito. Y si se “prohíbe” tendrá el mismo destino que las drogas, los arrancones o la basura revuelta: va a seguir existiendo. Narcos, automovilistas enloquecidos, el Ecoloco y padrotes se van a burlar en nuestra jeta al ritmo de “Breaking the Law”.

“No wey pero ese wey es puto wey no wey nos lo vaya a pegar wey”.

Al margen de esa polémica está el documental de Maya Goded, Plaza de la Soledad, que ya lleva un rato en cines pero apenas hoy lo vi y se me quedó dando vueltas en la cabeza. Mientras en Facebook se llevan a cabo debates nivel postdoctorado sobre la prostitución, tantito más al oriente de la Ciudad de México está la realidad y a la realidad le vale tres kilos de verga nuestras sesudas reflexiones. Y eso es lo que nos vienen a recordar las cinco protagonistas de la película, que no está hecha con ese tonito sórdido y azotado de estudiante de sexto semestre de periodismo que quiere reportear un tema “serioOooOOoOOOoo”, sino como cristinapachequeando y diciendo “Aquí nos tocó vivir pero la vida no siempre está tan culera”.

Suena bien obvio y bien baboso, pero sí hace falta recordarle a la gente con empleos-no-polémicos que las prostitutas son personas “normales”, que coleccionan peluches, comen tacos de guisado, se carcajean por babosadas cuando están con sus amigas, tienen hijes, duermen, rezan, viajan, cantan, mueren. Y, sobre todo, está chingonsísimo retratar a estas mujeres mayores, que son mamás y abuelitas (o podrían serlo), como seres que no sólo viven de su cuerpo sino que disfrutan de su sexualidad. La prueba de sigue siendo un tema dificilísimo fue la cantidad y el volumen de risas nerviosas que brotaban en la sala de cine cada vez que había un desnudo o tantita carne en pantalla. Esos “Jijijí” sonaban a “Híjole, ya no me acordaba de que no todas las mujeres que se encueran son flacas y correosas y con cuerpo de reloj de arena, qué incomodidad verlo, mejor me hubiera metido la de Vin Diesel o la de Eugenio Derbez, no vuelvo a venir a la Cineteca ni aunque ya tengan Nevería Roxy”.

Después de ver Plaza de la Soledad me quedó un sabor agridulce de boca y más preguntas que respuestas: si estas mujeres tuvieran otra chamba, como pegar suelas de zapato con resistol 5000 en una fábrica o limpiar oficinas de gobierno, ¿serían realmente más felices, seguras, estables? ¿Qué tan contaminada por el clasismo está la postura abolicionista? ¿Cuántos siglos tendrán que pasar para que este giro ya no exista? ¿Cómo sería un documental sobre los clientes? ¿Cuántos estudiantes jodones de sexto semestre de periodismo tendrán que batear al año las prostitutas de La Merced y barrios aledaños?

Y la más importante: ¿cómo se llama el bar donde Carlos, el esposo de Carmen, canta? ¿Y por qué no estoy ahí echándome una cubeta de cervezas?

¿Ya la vieron? ¿Qué les pareció?

En lo que llega a otros formatos, la película está en la Cineteca y tiene fechas en el Cine Tonalá. Perdón por el chilangocentrismo. 

 
Como la escuela de diseño le quedaba muy lejos, Tamara De Anda (Ciudad de México, 1983) estudió Comunicación en la UNAM.

Comentarios

NOTICIAS DEL DÍA