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El día que me apliqué el violentómetro

Sobre tropezar con la misma piedra y el Día Internacional de la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres
27/11/2016
05:31
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Desde el primero de mis noviazgos en que hubo algún tipo de violencia, me dio por anotar -- antes en un diario, después en el celular -- las acciones agresivas o pasadas de lanza que padecía por parte de mis galanes rudos y técnicos. Confieso que una vez que descubrí el violentómetro, creado por la Unidad Politécnica de Gestión con Perspectiva de Género, me fue más fácil identificar la escalada de estas acciones que tantas veces me dio por desatender o justificar.

Hace tiempo que no he sido golpeada ni abusada sexualmente, al menos no sin que forme parte de un consenso, pero sí me he visto dentro de dinámicas de chantajes y amenazas, descalificaciones e intimidaciones, y los manoseos de los que he hablado en este espacio. No sé si ya esté del otro lado. De lo que sí me doy cuenta es de que, después de varias experiencias muy traumáticas, hoy día estoy más alerta a este tipo de focos rojos y ya no me quedo a averiguar qué sigue ni espero a que a mi galán en turno se le pase el coraje. Pensar que pasé tanto tiempo callada. En parte porque mi personalidad es así, en parte por la educación sentimental ¡y los golpes! que recibí. Ahora pregunto, confronto, discuto, corrijo mucho más: de hecho, por momentos hasta podría parecer que estoy a la defensiva, sin embargo yo lo veo como una identificación de límites muy sana y necesaria y que tanta falta me hizo años atrás.

Hasta hace poco, me seguía enganchando en los juegos y las tácticas de control y, ante la menor provocación, me clavaba en discusiones eternas, tratando de explicarle al otro mis motivos, mismos que él (estoy hablando de una actitud común a varios hombres que traté) descalificaba una y otra vez. No digo que ya esté completamente alejada de estas dinámicas pasivo agresivas y tampoco de la violencia física, lo que sí puedo decir es que ahora me toma mucho menos tiempo darme cuenta y, por ende, salirme de una forma de relación que me resulte tóxica.

De eso estaba hablando con uno de mis mejores amigos: yo muy resuelta y echada para delante, cuando él me dijo que no me hiciera, que yo también podía ser bastante cabroncita, que a cuántos de mis novios no los había tratado mal. Entonces, delante de él y punto por punto me hice la prueba del violentómetro yo misma. Y, bueno, es un ejercicio que ya había hecho, al menos parcialmente, y del que también había escrito algo, pero no lo había intentado paso por paso, según esta escalada de la que hablaba al comienzo del texto. Así que lo hice y, aunque libré lo de las bromas hirientes, sí me vi en las subsecuentes: qué vergüenza, ya sé, pero sí he sido chantajista, mentirosa, "celosa con motivos", a veces dada a culpabilizar previo aceptar mi responsabilidad, a descalificar cuando a mi parecer el otro está siendo desconsiderado conmigo o alguien más: me da por hacerle de prefecto u ombudsman-woman, haciendo gala de cuán "ética y justa y tolerante" soy yo. Toda una arrogante. Pasando a los demás puntos, dentro de la primera fase, que es la de “cuidado”, los uso para pagar con la misma moneda: por ejemplo, la ley del hielo o la amenaza: si el otro me extorsiona o intimida.

En cuanto a los puntos de la etapa siguiente, la de “reacciona”, creo que la última vez que abofeteé a alguien fue cuando me confesó que había hecho unos perfiles apócrifos míos con unas nudes que había sustraído de mi computadora. Hubo bofetones y un empujón y también destruí objetos: no suyos sino algunas botellitas de licor del minibar. Eso sí, nada de caricias agresivas: nunca, a nadie, ni de golpear "jugando", sólo manoseos a los que ninguno protestó. De mi parte, ningún pellizco ni jaloneo ni bofetada ni patada ni encerrarlos bajo llave ni amenazarlos con objetos o armas. En todo caso me amenacé a mí y amenacé con matarme a mí, y jamás forcé a nadie a tener relaciones sexuales aunque uno de mis novios me dijera alguna vez que lo traía sofocado por tanto presionarlo cuando él tenía sueño y mucho trabajo al día siguiente.  

Después de mi recuento, mi amigo y yo reímos. Quizá nos hacía falta esa catarsis para liberar un episodio del que fue más o menos testigo cuando mi novio de entonces me golpeó. Ya era como la tercera vez y yo no lo podía guardar más para mí misma, así que se lo compartí a él y a otras personas cercanas en ese tiempo y que me ofrecieron solidaridad, una solidaridad muy solemne. Ahora mi amigo y yo casi nos carcajeábamos sobre todo cuando le dije qué había llevado a los golpes: “No, pues yo también te habría puesto unos cates”, bromeó, y después me ofreció un par de Ferrero Roscher que traía consigo: “Uno por cada ojo”, me dijo.

Puede que hoy lo tome con sentido del humor, pero hubo un tiempo en que ni siquiera lo procesaba. De hecho, desde la primera vez que sucedió pensé que sería un episodio aislado. Y no fue así y las compresas de hielo y las bolsas de té de manzanilla se hicieron parte de un ritual de domingo por la mañana. Igual que las capas y capas de concealer y sombras para los ojos. De hecho, dos de mis parejas me ayudaron ellos mismos a curarme las marcas hasta con carne cruda y uno de ellos me alcanzó en la estación de camiones con un disco compacto de Bebé y me recomendó que escuchara la canción de Malo. Así lo hice en mi trayecto a Guadalajara, mientras me maquillaba y me esmeraba en que la sombra de ojo derecho quedara lo más parecida al color ciruela natural del ojo izquierdo otra vez golpeado.

Sí, hubo una temporada en que me dio por dejarme el fleco de ese lado o cubrirme con la mano como si fuera un tic. Una vez me distraje y, al notar la mancha, mis hijos me preguntaron qué me había pasado. Les que me habían dado un pelotazo mientras cruzaba por el parque tras haberlos dejado en la escuela. Y después le eché la culpa a uno de los aparatos del gimnasio de mi torcedura en el cuello y mi dolor de espalda cuando en realidad otro novio me había, literalmente, cargado, arrojado al suelo y pateado durante uno de mis arranques de celos. “Y tan flaquito que está”, me dijo sorprendida una de mis amigas. “Tropezaste con la misma piedra”, me dijo otra.

Yo sólo liberé un suspiro de fastidio: no son la misma, aun cuando uno de ellos se dedique a la fotografía y otro al marketing político; aun cuando uno se refugie en cintas de Herzog y Wenders y otro se escape a través de la música electrónica, aun cuando uno emplee su tiempo libre en practicar box y el otro arregle autos deportivos, aun cuando uno sea un ejemplar padre de familia y otro un “soldado del gobernador”. ¿Son la misma? Pienso en la destreza manual de los dos, de los tres, de los cuatro. . . Cómo me llevaron a delirar de placer. Cómo me fulminaron e hicieron resucitar. La forma en que me tocaron, como si yo fuera un instrumento de cuerdas. Con tal meticulosidad. Cómo me sujetaron de los cabellos. Cómo abofetearon. Me empujaron. Me tumbaron al piso.

No. La misma piedra fui yo. 

 

 

Día Internacional de la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres

 

Cuánto duele y estruja la historia de las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal que el 25 de noviembre de 1960 murieron a garrotazos por órdenes del dictador Trujillo en la República Dominicana. Dicho homicidio fue vendido a la prensa como un trágico accidente puesto que los cuerpos de las hermanas fueron encontrados dentro de un coche en el fondo de un acantilado. Al poco tiempo, todo ello salió a la luz. En 1999 se aprobó en las Naciones Unidas que en esta fecha se conmemorara el Día Internacional de la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres.

Violentómetros, lecturas, amigas, terapia, hashtags, marchas. . . lo que se necesite para identificar, tomar precauciones, reaccionar, salir por pies. Aun cuando suceda a puerta cerrada, pues este tipo de ropa sucia no se lava en casa. Sin embargo, a la par de nuestro despertar y la toma de acciones en nuestro círculo inmediato (pareja, casa, lugar de trabajo, espacio público), que es, de suyo, un gran paso, no dejemos pasar los atropellos del poder gubernamental, estatal, empresarial, cultural o mediático sobre las mujeres: las que luchan, las que se rebelan, las que denuncian, las que se expresan, y a las que se castiga, se violenta, se asesina o se calla.

De vuelta a las andadas en la era de WhatsApp, Tinder y Snapchat. Escritora y periodista. Promotora de abrir la mente y liberar la palabra… y el cuerpo. Divorciada y mamá de dos adolescentes. Autora...

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