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Temerarios

04/08/2017
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Mucho tiempo nos separa de aquel hombre. Podría parecer impertinente citarlo. Más cuando la distancia es, por si fuera poco, cultural. Las cosas han cambiado notablemente, y un sermón del Cura de Ars resultaría, a lo menos, inadecuado. Es verdad que su lenguaje y su estilo son ajenos. Sin embargo, repasando uno de sus textos, sobre el juicio temerario, brincó ante mis ojos su dramática actualidad. Mientras atravesamos por un período de máxima tolerancia, en el que pareciera que todo se admite sin dificultad alguna, paradójicamente brotan, continuos, juicios temerarios que, con total desconocimiento de causa, se plantan como afirmaciones incuestionables, que superficialmente descartan de un plumazo la honorabilidad de las personas.

El texto aparece en el tomo dos de la colección de sus homilías, para un décimo primer domingo después de Pentecostés. Hablando del fariseo orgulloso del Evangelio (cf. Lc 18,11), dice que “no encuentra nada bien hecho o bien dicho sino lo que ha hecho y dicho él mismo; se le ve siempre atento a las palabras y las acciones de su vecino, y, ante las mínimas apariencias del mal, sin examinarlas, las culpa, las juzga, las condena. ¡Maldito pecado, vaya que causas divisiones, odios, disputas…!”

El santo párroco observa que un juicio temerario, ya sea pensamiento o palabra que descarta al prójimo, ”no puede venir sino de un corazón malvado, lleno de orgullo o de envidia; porque un buen cristiano, que ha hecho conciencia de su miseria, no piensa ni juzga mal a nadie; menos aún sin tener un conocimiento cierto”. Refiriendo a los padres del desierto, así como hacía recomendaciones sobre la comida, el vestido y las funciones que se cumplen, sobre la relación con el prójimo observaba: “Nunca juzgues mal ni sus palabras ni lo que lo ves hacer, porque frecuentemente los pensamientos del corazón no corresponden a la acción. Juzga y piensa bien de todo el mundo”.

Eso es ingenuidad, dirá alguno. No debemos renunciar a la justicia. Sin duda, no debemos renunciar a la justicia. Pero ¿realmente son ponderados nuestros juicios, y los hemos basado en la pura evidencia? ¿La evidencia misma no tiene otras explicaciones? Y aún en el caso de auténticos errores en los demás, ¿es equilibrada nuestra opinión? “No se debe juzgar al prójimo sin tener en cuenta su debilidad y del arrepentimiento que puede tener de su pecado. Ordinariamente, y casi siempre, uno se arrepiente de haber pensado mal o hablado mal de los demás, porque con frecuencia, después de haber examinado bien, se reconoce que lo que se dijo sobre el prójimo es falso”.

Hay, en efecto, muchas variables en juego. “¿Sobre qué están fundados todos esos juicios y sentencias? Sobre débiles apariencias y, lo más seguido, sobre un ‘se dice’. Pero, tal vez me dirán ustedes que vieron y escucharon. Pues bien, se pueden también equivocar viendo y escuchando… Para no equivocarse, hay que conocer las disposiciones del corazón de la persona y su intención al hacer tal acción…” A pesar de todos los datos ciertos que creamos tener, podemos equivocarnos.
El santo propone algunos remedios, aún reconociendo la dificultad de extirpar este vicio. Citando a San Bernardo, recomienda evitar el querer saber demasiado sobre los demás, entrometiéndose en sus casas. Por otro lado, procurar distinguir las intenciones de los hechos, sabiendo que muchas veces las personas actúan con ligereza. Además, buscar las razones que se pudieron tener para obrar así. Y, además, tener siempre ante los propios ojos el mal que nosotros mismos podemos cometer.

Concluía, san Juan María Vianney: “Hay pocos que ponen puertas a su casa, es decir, a su boca, para no abrirla en desventaja del prójimo. Feliz aquel que dejará aparte la conducta del prójimo, sin andarla cargando, para no pensar sino en sí mismo, gimiendo sobre sus propias falsas y haciendo todo lo posible para corregirse. Feliz el que no ocupa su espíritu y su corazón más que en lo que tiene que ver con el buen Dios, y su lengua en otra cosa que pedirle perdón, y que no tendrá ojos sino para llorar sus propios pecados”.


Foto: Jerónimo Bosch, Tríptico del Juicio Final (detalle)
 
Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.

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