Octavo día
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Miradas

19/05/2017
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Ante lo absurdo del sacrilegio, sólo el amor desagravia. El “Cristo del veneno”, a cuyos pies tuvo lugar el atentado, absorbe toda afrenta y nos ayuda a entender la inmensidad del perdón pascual. Cinco miradas dirigí al Señor a mi llegada a catedral. Las comparto en las próximas participaciones, con la conciencia de la gravedad de ser sacerdote suyo.

El Señor del Veneno es un Crucifijo intenso. La devoción que lo circunda supera en mucho la leyenda que lo acompaña. Impregnado del misterio redentor, hace palpable el abismo insondable del amor de Dios, su paciencia, su solidaridad, su horizonte salvífico. Accedamos con la mirada a este prodigio de elocuencia plástica, y que su voz nos alcance el corazón, nos consuele, nos conforte y nos dé esperanza.

Primera mirada: Piel de noche.

«Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente... No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción» (Sal 16 [15],7.10).

El primer impacto es su oscuridad. De una noche intensa, sin estrellas. La piel negra que desdibuja los rasgos y los confunde. Es difícil percibir la figura. Se esconde. Y, sin embargo, Él es la luz. Nos lo dice el evangelista que reclinó su cabeza sobre el costado del Señor: «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo» (Jn 1,9). En esta Cruz estalla la conflagración entre luz y tinieblas. Sabemos que el pecado enfila siempre en las huestes de la muerte. «El que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras» (Jn 3,20). En esta imagen bendita, la negrura de la piel nos convence de que el Señor cargó realmente sobre sí con nuestros crímenes (cf. Is 53,11). «Al que no conoció el pecado, lo hizo pecado por nosotros» (2Co 5,21). Vació sobre nosotros su misericordia, apropiándose de la inmundicia que nos correspondía.

Por eso también el Cristo negro anuncia proféticamente el triunfante amanecer de la Pascua. El momento más profundo de la noche es al mismo tiempo la apertura del alba. «Por los trabajos de su alma verá la luz» (Is 53,11). De su dolorida figura está a punto de estallar, como el primer brote de la más noble planta, el anuncio de la vida. El sol está por asomarse en su horizonte silencioso. ¡Aleluya!

Oración

Santo Cristo, Luz de Luz, la noche de mi alma se postra ante ti con esperanza. Tú has tomado mi dolor para mutarlo en alegría. Bendita sea tu gran noche, que derrama sobre mí tu gracia. Hazme digno del amanecer. Visítanos, Sol que naces de lo alto, para iluminar nuestras tinieblas y sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Segunda mirada: Un abrazo infinito

«Señor, inclina tu cielo y desciende; toca los montes, y echarán humo... Extiende la mano desde arriba: defiéndeme» (Sal 144 [143],5.7a)

Los brazos extendidos en la Cruz son largos, desproporcionadamente largos. Alcanzan en su abrazo al mundo entero. Del Oriente al Occidente, la humanidad que camina a la intemperie recibe el cobijo del amor divino. Todos los hombres caben en él: los pequeños, los ancianos, los enfermos, los jóvenes... Nadie puede sentirse excluido. Si su sangre se derrama por las muchedumbres, si ellas acuden al monte santo aspirando a la plenitud, la plenitud en persona se les ha adelantado para ofrecerles en su apertura el cariño de Dios. Él mismo se ha desnudado para que nadie quede desamparado. ¡Cuántas personas! ¡Cuántos corazones! ¡Cuántos gestos en busca de aliento! ¡Cuántas situaciones complejas anhelando redención! De todos tiene compasión, al ver su cansancio y abandono. A todos les entrega la reconciliación.

Pero si parece extenso en el abrazo de la Cruz el universo humano, lo es aún más la distancia infinita cubierta por el Hijo al hacerse hombre. El movimiento del cielo a la tierra, que nos eleva por la misma Cruz de la tierra al Cielo, es un beso infinito. La abundancia de peripecias humanas se resuelve en la sobreabundante gracia que se derrama por Cristo sobre nosotros, atrayéndonos al Padre. El plan de Dios es siempre más admirable que todo lo que encontramos en nuestro paso por la historia. Es la intensidad definitiva del abrazo, que nos convierte en hijos y nos unge con Espíritu. La Cruz nos muestra, así, la «anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo» (Ef 3,18), y el plan de Dios según el cual todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, han de tener en Cristo su Cabeza (cf. Ef. 1,9).

Oración

Santo Cristo, Tú me has alcanzado en el amor del Padre y me has entregado, junto a tantos hermanos, el don de la redención. ¡Abrázame, protégeme, anímame, consuélame! Hay tantas personas cerca y lejos de mí que anhelan salvación. Hazme instrumento tuyo, para llevar a las multitudes el abrazo infinito de tu Espíritu.

 

 
Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.

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