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¡¿Acoso?!

¿Cuál es el problema con gritarle "guapa" a una mujer en la calle?
18/03/2017
14:05
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El miércoles, Tamara de Anda iba caminando por la calle cuando un taxista, desde de su carro, le gritó “guapa”. Hasta aquí, es una historia común: es la historia de una mujer más que, al tratar de andar libremente por el mundo, se cruza con extraños que le hacen comentarios sobre su cuerpo al pasar. En este caso, fue “guapa”. Pero el repertorio de comentarios similares es más amplio: va desde “mamacita” a “machorra”, desde “reina” a “gorda”, desde “bombón” a “puta”, desde piropos más elaborados a insultos, sin más. La frase concreta es irrelevante, lo que importa son dos cosas. Primero: el comentario por lo general tiene que ver con cómo una mujer se ve. Y, segundo: es una frase que se le lanza a la mujer. No es algo que se piensa, sino que se dice. Y no se dice al aire, sino a la mujer. Se aseguran de que ella escuche el comentario. Esto es clave: el problema no es que se piense que una mujer, en concreto, es bella. El problema, tampoco, es que un hombre trate de “seducir” a una mujer o que le hable en la calle. Ninguna mujer ha denunciado a un hombre por preguntarle la hora o comentar el clima. El problema son los tipos que se creen con la autoridad para interpelar así a una extraña en la calle: como el taxista, desde la comodidad de su carro, donde no tenía la más mínima pretensión de entablar ninguna conversación con Tamara; donde no le importaba cómo estaba o qué sentía o qué podría sentir ella. Tamara, como persona, era irrelevante. Lo importante es que era una mujer pasando por la calle a la que había que externarle su opinión sobre cómo se ve.

Lo distinto en esta ocasión, sin embargo, es que Tamara lo denunció y, además, que la autoridad le dio la razón. Tamara exploró una vía que, al menos en el último año en el que se ha discutido el acoso callejero de manera masiva y constante en la Ciudad de México, no había surgido como una opción para las mujeres: la vía administrativa. De hecho, Tamara rechazó explícitamente la posibilidad de iniciar un procedimiento penal cuando la autoridad se lo ofreció (en la Ciudad de México, el acoso sexual está tipificado penalmente), insistiendo en perseguir la ruta trazada por la Ley de Cultura Cívica, que, en su artículo 23, fracción I, establece que “vejar o maltratar verbalmente” a cualquier persona es una infracción sancionable con una multa o con un arresto de 6 a 12 horas. Dado que el sujeto admitió haberle gritado en la calle, los hechos no estaban en disputa. La autoridad determinó finalmente que sí se trataba de una violación a la Ley de Cultura Cívica y multó al taxista. Dado que no pagó la multa (no se sabe por qué), pasó la noche en uno de los centros de detención de la ciudad.

Desde que Tamara publicó lo ocurrido (primero, en su cuenta de Twitter y después, en una crónica que escribió para máspormás), se han desatado múltiples discusiones. La primera, y más feroz (al menos en Twitter, en donde los mensajes al respecto bordan en los miles), tiene que ver con Tamara en sí. Se le acusa de ser una “hipócrita”, “clasista” y “racista” porque denunció al taxista, pero no a un tipo que, hace 7 años, le dijo “Hola, guapa” (hecho que se deriva de… un tuit que Tamara escribió hace 7 años que alguien se tomó el tiempo de buscar). Se le acusa, por supuesto, de “buscar la fama” a costa de “un pobre hombre”, como por lo general se les acusa a las mujeres que denuncian este tipo de violencia. Y, finalmente, se le acusa de utilizar sus privilegios para joder a un hombre de por sí ya desaventajado por la clase. Todas estas acusaciones ya han sido desarticuladas, una por una, por otras personas,[1] por lo que me limitaré a afirmar solo lo siguiente: Tamara es una mujer que decidió ejercer el derecho que tiene de acceder a la justicia. Y este derecho no depende de su pasado, ni de su estatus social. Nada que haya dicho o hecho cambia lo que le hicieron ahora, ni anula el derecho que tiene de acudir a las instancias legales existentes para defenderse.

Ahora: más allá de los argumentos ad hominem, no deja de ser alarmante el grado de violencia al que está llegando la reacción a su denuncia. Artículo19, la organización dedicada a la protección de la libertad de expresión y de periodistas, ya está monitoreando el caso, porque las amenazas de violación y de muerte no cesan. Y todo esto porque osó denunciar a un tipo por gritarle “guapa” en la calle.

La gente no entiende el daño.[2] “¡Si es un piropo!”, exclaman. “¿Qué sigue? ¿Que los hombres ya nunca puedan hablarle a las mujeres? ¡Cómo van a seducirlas! ¡Cómo se va a reproducir la especie!” Me gustaría decir que exagero, pero existen muchas personas que genuinamente ven el no poder gritarle “guapa” a una mujer en la calle como el principio del fin de la especie.

El problema con quienes tienen estas “dudas” es que están dejando de ver el hecho concreto: Tamara no denunció a un tipo que se le acercó y le dijo “Hola” y, dentro de los comentarios que realizó para entablar una conversación con ella, le dijo que era “guapa”. Tamara denunció a un tipo que, desde su carro, le gritó mientras ella pasaba. No es lo mismo. En el primer caso, hay un esfuerzo genuino por entablar una conversación con la persona. Hay un esfuerzo real por verla y tratarla como persona. En el segundo, no hay nada más que una compulsión por hacerle saber a una mujer la opinión que se tiene sobre su cuerpo. Una opinión no solicitada y absolutamente innecesaria. ¿Para qué hacerla?

Ante esta pregunta, nunca falta quien diga: “pero hay mujeres a las que les gusta” (y nunca falta la mujer que afirme lo mismo). Esto, para mí, no solo no anula el problema con el acoso callejero, sino que lo confirma. Vale: admitamos que hay mujeres a las que les gusta que les griten “guapa” y otros comentarios similares en la calle. Pero también: admitamos que hay muchas mujeres a las que no. Muchísimas. Para que se sepa cuál es cuál, se tiene que conocer a la mujer, lo que significa que se le tiene que tomar en serio y se le tiene que considerar, en lo particular. Algo que precisamente no se hace cuando se lanza un “guapa” (o cualquier comentario similar) de manera indiscriminada, a cualquier mujer que pase enfrente.

Me parece sumamente preocupante lo constante que es la idea de que si no es así, los hombres aparentemente no saben cómo aproximarse a las mujeres. Apunta no solo a una incapacidad básica de respetar lo que muchas mujeres exigen, sino a una falta absoluta de creatividad sexual. ¿Es tan reducido nuestro horizonte sexual que si no es gritándoles a las mujeres en la calle, ya no sabemos cómo hablar con ellas? ¿En serio? Si sí, la solución no es permitir esta violencia, sino reeducar a estos hombres “indoctos” para que aprendan a “seducir” sin violentar a las mujeres.

La “inquietud” de las personas con el caso, por supuesto, no se queda ahí. Nunca falta quien objete a que todo el asunto se enmarque como un problema de “mujeres”. “¡Qué de las mujeres que acosan a los hombres!,” señalan. “Las mujeres solo se victimizan, cuando son igual de agresoras.” “Qué de los hombres gay”, he llegado a leer. Estas objeciones son comunes por lo que vale la pena abordarlas de una vez: por supuesto que el acoso no es exclusivo de las mujeres. Si solo se mira el acoso sexual, por ejemplo, se puede ver que, según la ECOPRED, tanto hombres como mujeres son víctimas. Pero –y esto es fundamental– existe una gran desproporción entre el número de hombres y de mujeres que lo padecen. Según los cálculos que hicieron José Merino y Alexis Cherem, el 72% de las víctimas son mujeres (332,363), en comparación con el 28% que son hombres (128,541). Si bien las personas somos potencialmente igual de “acosables” (por ponerlo de una forma muy burda), el acoso sexual no es “parejo” en los hechos. Es un fenómeno que afecta más a las mujeres. (Más: no exclusivamente.)

Por eso el acoso sexual está relacionado con el fenómeno de la desigualdad de género: porque tiene que ver, entre otros factores, con patrones e ideas sobre el lugar, el rol y el valor de las mujeres y de los hombres, como mujeres y como hombres, y no solo con la “belleza” de una “persona”, en abstracto. Porque si se tratara de opinar sobre la vida de cualquiera, opinaríamos sobre la vida de cualquiera. Pero no hacemos eso: a quienes fiscalizamos e interpelamos en el espacio público son mayoritariamente a las mujeres. Y sí: a veces lo hacemos con calificativos supuestamente positivos, como el de “guapa”. Pero este convive con el “cerda”, “changa”, “puta”, “machorra”, “gorda”, “india”, “gata”, que se sueltan dependiendo del caso y el contexto particular, pero cuyo punto en común es ese derecho que se tiene de fiscalizar a las mujeres desde el género.[3] Para el ilustrar el punto, está el mismo caso de Tamara: el insulto que más ha recibido desde que publicó su denuncia es el de “fea”. Hay varios memes y chistes dedicados a burlarse de la “ceguera” del taxista. Porque, claro: lo peor que le puedes decir a una mujer es que es fea. Porque el estándar más importante con el que se le tiene que juzgar es el físico. La mujer vale por cómo se ve.

Es el género. Es ese “recordatorio” de que no importa qué hagas, cómo te sientas, dónde estás o a dónde vas, siempre eres carnada para algún tipo. No eres su par. No eres su igual. No eres, siquiera, una persona. Eres un cuerpo a fiscalizar.   

 

 

[1] Lean “La plaqueja que rompió el Internet” de Catalina Riuz-Navarro y “¿Acoso o cumplido?” de Guillermo León.

[2] El daño al que aludo no necesariamente implica que se trate de un problema que deba de ser atendido por el derecho. Una de las discusiones que han surgido con este caso es si le corresponde al derecho procesar casos de acoso como el que vivió Tamara o no. Y si sí, de qué forma: ¿utilizando el derecho penal, el derecho civil, el derecho administrativo o algún otro? Si bien es una discusión fundamental,* la dejo para otro momento. Por ahora me interesa señalar que lo que ilustra el caso de Tamara es problemático, punto, más allá de lo que actualmente dice o de lo que deba decir el derecho.

* Existe al interior del feminismo y de los grupos que se dedican a promover la protección de los derechos de las mujeres sobre cuándo y por qué deben recurrir a los mecanismos punitivos del Estado. Las razones para la cautela son múltiples. Para empezar: estos mecanismos tienden a ser ineficaces. Las cifras de impunidad que existen en México lo comprueban. Si queremos garantizar estos derechos (o cualquiera, en realidad), esta no parece ser la mejor vía para hacerlo. Segundo: incluso cuando funcionan estos mecanismos en casos concretos, poco cambia en lo general, ya que estos mecanismos no hacen nada por trastocar las estructuras de poder que son las que ponen a muchas mujeres en una posición de vulnerabilidad. Tener a un tipo en la cárcel por violencia no erradica la discriminación en el empleo, ni modifica la división del trabajo doméstico, ni garantiza una mejor educación sexual. Quizá ofrece un alivio o una protección mínima en ciertos casos. Pero hasta ahí llega. La apuesta por lo punitivo es, en realidad, insuficiente cuando lo que se quiere es erradicar la discriminación. Tercero: el sistema punitivo por lo general funciona para marginar más o discriminar más a personas que ya están en una posición de desventaja. Las cárceles de México están llenas de hombres, jóvenes, pobres, que han cometido delitos menores, que provienen de contextos en los que no habían muchas oportunidades para desarrollarse plenamente para empezar. El sistema punitivo sirve, en otras palabras, para castigar la pobreza, más que la delincuencia. Si los “delitos” o “infracciones” sexuales (o relacionados con el género) son como el resto de los delitos, no sorprende que veamos a más taxistas castigados, que a jóvenes ricos como los Porkys de Veracruz o directores de empresas o cabezas de órganos gubernamentales (que por supuesto también acosan y también las mujeres los denuncian). Ni tampoco sorprende que las denuncias de ciertas mujeres, más que de otras, sean las que procedan. La clase, el color de piel, la nacionalidad, el género, la orientación sexual, etc., siguen afectando el acceso a la justicia y parte del trabajo tendría que estar enfocado a que esto deje de ser así.

[3] Y por eso también el acoso de género impacta a los hombres: porque claro que ellos también reciben insultos cuando no se adaptan al rol que, según esta manera de ver el mundo, deben cumplir. El “puto” y el “guapa” tienen más en común de lo que se cree.

 

Estefanía Vela estudió derecho en la licenciatura y en la maestría. Ahora se dedica a la docencia y a la investigación sobre la relación entre el derecho y la sexualidad –y todos los puntos en los...

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