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Bitácora de un fotógrafo en Medio Oriente

Hace poco más de un mes el fotógrafo Cristopher Rogel Blanquet, decidió partir rumbo a Siria. Pasó un mes en ciudades de la frontera entre Turquía y Siria. Su meta era Aleppo, sin embargo la realidad se impuso y el saldo es un aprendizaje enorme. De viva voz, el mismo Cristopher nos cuenta como le fue y qué aprendió. Aquí, su bitácora de viaje, sus logros y tropiezos. Sin maquillaje. Un testimonio de primera mano, en exclusiva para nuestro colectivo Circulo Rojo en Mirada Universal.
15/03/2017
23:43
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Por Cristopher Rogel Blanquet*

Alguna vez, Javier Manzano, ganador del World Press Photo por su trabajo en Siria, contestó a una pregunta de un aspirante a fotoperiodista. ¿qué se necesita para una cobertura de guerra?, él contestó, -No hay fórmula, al final sólo necesitas comprar un boleto de avión e ir. Que equivocado estaba.

A inicios del año pasado, planee un viaje a Medio Oriente para documentar el conflicto sirio, quería ver y contar lo que ocurría en ese país. Así que comencé a ahorrar dinero, el viaje estaba programado para febrero del 2017. 

A la par de juntar dinero, empecé a establecer contactos desde México, benditas redes sociales, ¿quien dice que el Facebook sólo sirve para chismear y criticar?, me acerqué con organizaciones no gubernamentales que trabajaban en la zona.

En noviembre, ya había ahorrado el dinero suficiente para mi boleto de avión, un punto sin retorno. Faltaban tres meses para el viaje más importante hasta hoy en mi carrera como periodista.

Debido a que el proyecto lo pensé de manera independiente, me acerqué a Canon para solicitarle equipo prestado. Su respuesta fue positiva, me dieron una 7D MII.

El siguiente dilema era que iba a pasar con mi trabajo, el proyecto consistía en estar más de un mes fuera de México, pensaba renunciar a El Universal, mi casa editorial desde hace cuatro años. Además, necesitaba salir de mi área de confort.

Al final, después de hablar con el director del diario, obtuve una licencia para viajar, a menos de un mes del viaje, las cosas se acomodaban poco a poco. En estricta teoría. 

El momento llegó, después de un largo viaje, que incluyeron cinco agónicas horas en París, aterricé en Estambul, para después tomar otro avión a Gaziantep, una ciudad al sur de Turquía, a menos de una hora de la frontera con Siria

Ahí me topé con pared, casi nadie hablaba inglés, además me encontré con la novedad que el país estaba en estado de emergencia y que no podía estar con mis cámaras en la calle sin un permiso. Si me agarraba la policía, me podían deportar. Eso le había ocurrido a un colega francés una semana antes.

Perdí casi diez días por culpa del idioma, pensar que con el inglés se resolvía todo fue un grave error. Pequé de novato. Fue hasta que me contacté Emiliano Limia, un colega argentino que hacía cuatro años que radicaba en Estambul y que además de hablar castellano, dominaba el turco, que pude avanzar. 

Después de su arribo a Gaziantep, nos reunimos con quien sería mi guía para entrar a Siria, el plan era cruzar de manera ilegal por Antakya, una ciudad turca cerca de la frontera. En cinco días nos volveríamos a ver.  

A la par de la espera, intenté entrar a los campos de refugiados que son administrados por el gobierno de Turquía, fue imposible. Necesitaba un permiso y este podía tardar más de un mes en autorizarse. Otro error, el permiso lo podía tramitar desde México.

“No podemos cruzar, es muy peligros, incluso para mi. Hay que esperar a que se tranquilice un poco” fue lo que me dijo mi guía durante la siguiente reunión. Carajo, pensé, no puedo entrar y aquí necesito un permiso hasta para respirar.

Afortunadamente y de manera atípica, según me cuentan, a la semana de que tramitamos el permiso, nos hablaron del gobierno para decirnos que estaba autorizado y que necesitábamos ir a recogerlo a las oficinas de Gaziantep.

Dos días después ya estábamos en el campo de refugiados de Nizip, cerca del río Eufrates. Era el más funcional y completo de los 25 que hay en Turquía, sólo nos autorizaron entrar a ese. Algo es algo.

La entrada a Siria se volvía cada vez más difusa, los ataques no cesaban, así que tuvimos que adaptarnos, gracias a Emiliano, pudimos hablar con los refugiados que viven en los barrios bajos de Gaziantep.

A menos de una semana de regresar y después de todas las dificultades para hacer periodismo, comprendí que no basta con comprar un boleto de avión para hacer este tipo de trabajos. Es necesario una logística robusta, sin improvisaciones, tener un plan B, C, D y E.  Así será en mi siguiente viaje.

Al final, por causas ajenas a nosotros, no pudimos documentar el conflicto sirio desde adentro pero si desde su gente, sus historias se quedan plasmadas en mis fotos, en los textos que escribimos y que se publicaron aquí en El Universal. Abajo, agrego el link:

http://interactivo.eluniversal.com.mx/2017/refugiados-sirios/index.html

Espero que este trabajo ayude visibilizar lo que ocurre al otro lado del mundo, y que no por estar tan lejos debemos ser indiferentes. Al final conocer la historia nos ayuda a no repetirla. 

 

Cristopher Rogel Blanquet*

Fotoperiodista de El Universal 

Nuestra tarea diaria será ofrecer aquí al futuro autor audiovisual y al público en general, así como a los fotógrafos en activo de habla hispana, un nuevo territorio de debate, reflexión, aprendizaje...

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