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Reporte desde China

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Maravillas de Sichuan (primera parte)

Los chinos no se andan con cuentos: para viajes domésticos usan un A-330
17/07/2015
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En su vasta geografía, China contiene algunos de los sitios Patrimonio de la Humanidad más impresionantes del mundo. Hoy les comparto mi experiencia al contemplar la grandeza del Buda Gigante de Leshan

Los chinos no se andan con cuentos: para viajes domésticos usan un A-330, sí, ese que en clase económica tiene una distribución de dos asientos en un lado, cuatro enmedio, y dos en el otro. Es un gigante que otros países usan sólo para vuelos transatlánticos. Pero en China lo usan para vuelos domésticos de dos horas y media, por ejemplo, el que une Beijing con la ciudad de Chengdú, capital de la provincia de Sichuan.

En uno de esos llegué yo a la sureña ciudad de Chengdú el sábado pasado, con una mochila y la dirección de un hostal muy cerca de la plaza principal de la ciudad. Afortunadamente, mis tres palabras de chino y los datos que había consultado en internet, fueron suficientes para llegar sin contratiempos al lugar y para emprender la aventura en busca del famoso Buda Gigante de Leshan, del que ya había oído hablar desde hacía muchos años.

El Buda no está en Chengdú, sino en la ciudad vecina de Leshan; para llegar allá, hay que tomar un autobús de larga distancia y luego un transporte local. La travesía en total dura alrededor de dos horas y media. A pesar de los esfuerzos hechos durante ese crimen de lesa humanidad llamado Revolución Cultural, buena parte de la población china sigue siendo budista, y hasta este punto acuden grupos de jóvenes monjes que se preparan en los monasterios aledaños del Tibet, y que quieren presenciar una de las obras de la fe más impresionantes del mundo. Justo me senté yo junto a uno de estos monjes en ciernes, llamado Duoji. Platicamos un poco durante el camino, luego les cuento.

Los fines de semana, el Buda Gigante de Leshan recibe muchos visitantes, en su mayoría chinos. El boleto para entrar al sitio arqueológico cuesta 170 yuanes y da acceso a dos parques, envueltos en malesa espesa, verdor exhuberante y absoluto, y una humedad penetrante. Así es la vegetación de esta zona de Sichuan, es más selvático que el seco y árido Beijing. Eso, aunado a los treinta y pico grados centígrados, hicieron que mi jornada estuviera marcada por el sudor constante.

Pero ello no fue impedimento para que yo disfrutara enormemente de los budas excavados en piedra que sorprenden al viajero a lo largo del paseo en el primer parque, lleno de subidas y bajadas. Son sin duda una buena entrada para prerarse rumbo al plato fuerte: el Buda Gigante, que se encuentra en el segundo parque.

El visitante llega justo a la altura de la cabeza del Buda, que está excavado en piedra, en la cara de un acantilado que da a la confluencia de tres ríos. Este es el Buda más grande del mundo: 71 metros de alto. Es absolutamente increíble. Todos tomamos fotos (porsupuesto, no faltan las selfies) asomados desde el barandal que nos protege de avanzar más, fascinados como estamos por la belleza de esta escultura colosal. Se trata de una representación del Buda Maitreya, el Buda que está por venir, sentado, con sus manos sobre las rodillas. Desde este punto, su cabeza se aprecia gigante, pero falta la segunda parte, bajar a sus pies.

Para ello hay que hacer una fila y esperar pacientemente por alrededor de dos horas. No sólo es que hay mucha gente, es que las ecaleras para bajar son realmente angostas, y todos queremos ir pegados al barandal para ir tomando fotos en el camino. Si los guardias dejaran bajar a todos los turistas en tropel, habría catástrofes pavorosas...

Durante la espera estoy rodeada de niños pequeños, ancianos, bebés, muchos jóvenes, todos aguantamos el calor inclemente, la humedad y el estar de pie, avanzando lentamente, porque queremos presenciar la magnificencia de esta escultura que data del año 713, cuando un moje de nombre Haitong comenzó a reunir fondos para construirla, con el fin de que el Buda vigilara las aguas a sus pies y éstas se volvieran más mansas y navegables. Como era de esperarse, una escultura de estas dimensiones requería de mucho financiamiento, que el pobre monje Haitong no fue capaz de recaudar (dicen que hasta se sacó los ojos, en un acto de piedad, para que vieran que era sincero, que no se estaba llevando el dinero, y que le dieran más). Haitong murió sin ver concluída su obra, y pasaron 70 años sin que nadie retomara el proyecto hasta que llegó un gobernador que decidió patrocinar la escultura, y los discípulos de Haitong, terminaron la colosal escultura.

Hubo que excavar tanta piedra en el acantilado, que obviamente caía directamente al río, que el cauce de éste se modificó y efectivamente se hizo más manso y navegable. Originalmente, el Buda tenía su techito que lo protegía del clima y la erosión. Y un sistema de drenaje, para que no se inunde cuando llueve (que de hecho funciona bien hasta el día de hoy).

El techito ya no existe, y la erosión ha hecho de las suyas, pues en las paredes laterales al Buda podemos ver pila de nichos excavados que se ve que albergaban esculturas menores, de las que solo quedan restos desdibujados.

Pero el buen Maitreya sigue sentado y tranquilo, con la mirada fija en el monte Emei. Los miles y millones que vamos a visitarlo, desfilamos por la escalerilla como hormigas diminutas rumbo a sus pies, sus magnificos pies, de los cuales un dedo es de la altura de un ser humano.

No existe en el mundo escultura que se le compare. Al llegar abajo, no son pocos los que se postran con varas de incienso (de venta en un puesto estratégicamente ubicado a los pies del Buda) y los ojos cerrados. Pero por más fe que se tenga, a este Buda hay que verlo con los ojos abiertos, bien abiertos, porque, de verdad, no existe cámara que pueda captar tanta grandeza, así que más vale llevarlo bien guardado en la memoria. 

Carmen González, periodista mexicana especializada en viajes y turismo. Locutora y productora de radio. Actualmente trabajo para el departamento de español de Radio Internacional de China. Vivo en...
 

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