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Reporte desde China

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Exposición sin obra

La primera exposición de Ai Wei Wei en solitario en China es, paradójicamente de una obra que no es suya, su mérito es haberla encontrado, comprado, restaurado y ahora presentárnosla como algo que merece diversas lecturas.
10/07/2015
01:11
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La primera exposición de Ai Wei Wei en solitario en China es, paradójicamente de una obra que no es suya, su mérito es haberla encontrado, comprado, restaurado y ahora presentárnosla como algo que merece diversas lecturas.

 

Ai Wei Wei cobró notoriedad a nivel internacional a partir de su improbable diseño del estadio olìmpico de Beijing, el llamado “Nido de Pájaro”, que le dio la vuelta al mundo en 2008, como el escenario principal de la justa olímpica de aquel año.

 

Bueno, pero Ai Wei Wei no sólo diseña estadios deslumbrantes, sino que es un artista plástico desde hace muchos años. El amor al arte le viene de familia, su papá era poeta, y en aquellos duros primeros años de la República Popular China, le fue como en feria, porque hubo un tiempo en que la gente ya no sabía para dónde hacerse, cualquier cosa podía ser interpretada como “comportamiento contra-revolucionario” y la gente iba a parar a campos de trabajos forzados en las áreas más remotas de China.

 

Cuando Ai Wei Wei era muy pequeño, a su papá lo acusaron de eso, y toda la familia fue a dar a la provincia de Heilongjiang, en la frontera con Rusia, donde hace un frío infernal en invierno; luego los mandaron a la región autónoma de Xinjiang, que se mantiene como una de las áreas más “problemáticas” para el gobierno chino (luego les cuento porque).

 

El chiste es que pudieron regresar a Beijing hasta después de la muerte de Mao Zedong y de que finalizara de manera oficial aquel crimen de lesa humanidad llamado Revolución Cultural. A pesar de haber vivido fuera de Beijing, su papá, el poeta Ai Qing seguía conectado con todo el mundo cultural de la capital, y no era raro que el pequeño Ai se sintiera inclinado a estudiar algo relacionado con las artes. Estudió animación.

 

Después estudió arte en Estados Unidos, conoció a Allen Ginsberg, quien era admirador de la poesía de su papá. Y después volvió a China, porque su padre estaba muy enfermo y, fue como se quedó a vivir aquí, en un área de Beijing muy alejada del centro, llamada Caochangdi.

 

Además de haber diseñado el “Nido de Pájaro”, Ai Wei Wei volvió a ser noticia internacional en 2011, cuando lo arrestaron por 81 días porque sus finanzas no eran claras y había problemas con el pago de sus impuestos. Esa fue la versión oficial, pero para nadie era un secreto que Ai Wei Wei estaba (y está) abiertamente en contra del sistema político que impera en China y no tiene empachos en decirlo. En aquel año de 2011, fue cuando surgieron muchas protestas en países de Medio Oriente que se manifestaron de forma masiva contra sus regímenes opresores. No fueron pocos quienes pensaron que en China podría pasar algo similar, entre ellos, Ai Wei Wei, quien así lo manifestó en su cuenta de Twitter.

 

El chiste es que en 2011, Ai Wei Wei no lo pasó muy bien que digamos, y su relación con el gobierno chino se volvió ríspida (el gobierno quería mandar el mensaje de que no hay “intocables”).

 

Por eso es tan importante que ahora, en 2015, Ai Wei Wei exhiba por primera vez en solitario en Beijing. Es la primera exposición sólo de él en una galería china en su propio país. Y, paradójicamente, no es de una obra suya. Les explico.

 

Acá en Beijing hay algo llamado el 798, es una zona de “arte” en el noreste de Beijing, que antiguamente era una zona industrial, pero las fábricas fueron cerradas y los espacios cedidos para la instalación de galerías de arte que muestran obra de artistas locales. El espacio es muy mono, muy comercial, muy “chino”, esto quiere decir que la gente va a tomarse fotos con las esculturas chistosas, se venden cositas como pulseritas, relojes, libretitas, bolsas, carteras, portaretratos, plumas, y un largo etcétera, todo con ese toque entre “mono” y “choteado”. Eso es lo que más impera en el 798 actualmente. ¿Y el arte?, bueno, hay galerías, y hay cuadros y esculturas, y la gente pasa, toma la foto y se va. Artistas chinos en su mayoría y obra... bonita.

 

Bueno, pues ahí hay dos galerías que albergan actualmente la exposición de Ai Wei Wei, que se llama así nomás “Ai Wei Wei”, las galerías Tang y Continua. Pero curiosamente, su exposición no está compuesta por su obra.

 

El interés de Ai Wei Wei por la arquitectura clásica china lo ha llevado a recorrer buena parte del país, para admirar, comprar e inspirarse en sus diseños y trabajos posteriores. En uno de esos viajes quedó maravillado por la decadente estructura de lo que fue el salón de los ancestros de una familia acaudalada de antaño, la familia Wang, quienes durante la dinastía Ming vivieron en la casa de la que Ai Wei Wei compró los restos.

 

Como es de suponer, las ruinas de la casa pasaron por diversos dueños y usos, hasta que, en la nueva China, se convirtió en un espacio público, pertenecía al pueblo y en realidad nadie se hizo cargo del cuidado que una construcción de este tipo requería. Tres de los cuatro salones originales fueron totalmente demolidos, sólo quedó en pie la estructura del que estuviera dedicado a honrar a los ancestos.

 

En el año 2000 un señor muy rico lo compró, se lo llevó a Dongyang y lo restauró. Y luego se lo vendió a Ai Wei Wei.

 

¿Qué hizo Ai Wei Wei? Lo desmanteló cuidadosamente, en mil 500 gigantescas partes, y se lo llevó a Beijing y lo metió en dos galerías para su exhibición (porque en una no cabía). Y esa es “su” más reciente exposición.

 

¿Quedando bien con sombrero ajeno? Yo no lo creo. El arte es en buena medida un asunto de apreciación, y aquí va la mía: una exposición de este tipo es, aparentemente “inocente”, no tiene eslógans de “liberen al Tibet”, ni nada “peligroso”. Vigas, columnas portentosas que son como un tronco vivo, con olor a madera delicioso, detalladas tallas en madera, remates con dragones y otras criaturas mitológicas. Resulta deslumbrante y harto interesante, pero nada más. ¿Nada más?

 

En la entrada de la galería Continua se puede leer una entrevista que le hicieron a Ai Wei Wei con motivo de la muestra.

Es interesante su forma de verlo, expone sin exponer. La exposición lleva su nombre, y él no realizó obra alguna para la muestra. En su primera exposición en China, él no está. Lo que hace es mostrar el esplendor de antaño a través de una estructura antigua, que si bien fascinante, no deja de ser una de las cientos, tal vez miles, que debe haber en China.

 

Y lo dice claramente: “no es mi intención que la gente conozca y aprecie la arquitectura antigua de China, eso nunca pasó por mi mente.” Me parece que tiene un poco de doble lectura, al menos así lo veo yo: cachetada con guante blanco. Mostrar el resplandor de antaño, la grandeza de la China clásica, la feudal, esa que ahora a nadie hace daño, pero ¿qué no es eso lo que todos hacen? Sin ir más lejos, el gobierno chino actualmente impulsa dos iniciativas económicas mastodónticas: “La Franja y la Ruta” inspiradas en la antigua Ruta de la Seda, y ahora ellos han creado la “ruta de la Seda del siglo 21” y la “franja marítima de la seda”.

Ese es sólo un ejemplo, mi punto es que, hacer alarde de glorias pasadas es aceptado artísticamente hablando, y si Jeff Koons se atrevió a decir que su escultura de Michael Jackson con el chmpancé Bubbles es arte, ¿qué podemos criticarle a Ai Wei Wei?

 

Carmen González, periodista mexicana especializada en viajes y turismo. Locutora y productora de radio. Actualmente trabajo para el departamento de español de Radio Internacional de China. Vivo en...
 

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