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Mi abuelito es un Terminator

Lo mejor de Terminator: Genisys es justamente aquello que permanece original
03/07/2015
09:31
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En alguna escena de The Spy Who Shagged Me, Austin Powers tiene que viajar en el tiempo para frustrar el malévolo plan del Dr. Evil. Súbitamente se da cuenta que con ello crearía una paradoja tal que toda la historia se volvería absurda. Su jefe, Basil (Michael York) le dice a Austin: “Sugiero que no te preocupes por eso y disfrutes el viaje”. Inmediatamente ambos personajes rompen la cuarta pared y le dicen al público: “Eso va para ustedes también”.

Si Terminator: Genisys, la quinta entrega en la saga del robot asesino que viene del futuro, tuviera aunque sea una pizca de honestidad como la de Austin Powers, sería incluso disfrutable; pero al contrario, la película no sólo es una tremenda fiesta de incongruencias, diálogos que intentan (sin éxito) explicar la trama y saltos de fe insultantes, sino que además pretende que nos tomemos las cosas en serio cuando, en realidad, no estamos sino frente a una gran pachanga donde ya todo se vale y donde todo carece de sentido.

Con el ánimo de seguir exprimiendo esa robótica y geriátrica vaca, el estudio recurrió a un truco que le funcionó mucho mejor a Brian Singer y sus X-Men: hacer una película que borrara de tajo el episodio más malito de la saga  (X-Men 3) dando pie a más secuelas. En el caso de Terminator había dos películas que eliminar (Rise of the Machines y Salvation) pero con esta nueva cinta se les pasó la mano: <i>Terminator: Genisys</i> resultó ser un asesino letal, borrando -mediante una trama bastante tramposa- absolutamente toda la saga, incluyendo las dos películas dirigidas por James Cameron (The Terminator y Judgement Day). Impresionante; estamos ante una cinta que asesina al canon mismo que la creó.

La imagen, lo admito, es casi evocadora: el Arnold de 1984, musculoso, con mirada de maldito pero al fin y al cabo desnudo, enfrentándose al Arnold actual, viejo, lleno de maquillaje, efectos especiales y revestido de dólares. El cine de los ochenta que se hacía con tres pesos y mucha imaginación contra el reciclaje ya infernal de sagas que no acaban y que generan toneladas de dinero. He ahí una escena para recordar.

Es complicado explicar la trama de Terminator:Genisys sin hacer un spoiler (por cierto, de notar la pésima campaña de promoción de la película donde ya sin pudor alguno los trailers y carteles de la misma hacían un spoiler descarado sobre un punto crucial de la trama; y luego dicen que los críticos de cine somos unos aguafiestas), por lo que la mejor forma de explicarlo es esta: la quinta parte de Terminator es un licuado de tres ingredientes, la Terminator original, Terminator 2 y un poco de Volver al Futuro II.

Finalmente estamos ante el momento del que se hablaba en toda la saga pero jamás habíamos visto: John Connor manda a Kyle Reese al pasado para salvar a su madre del Terminator modelo 101 y así evitar que Skynet gane la guerra con una jugada por demás sucia. El problema es que cuando Reese regresa a 1984 le pasa lo que a Marty McFly en Back to the Future II, se encuentra con una realidad alterna donde (no me pidan que les explique porque es la hora que sigo sin entender) Sarah Connor lo está esperando junto con oootro Terminator igualito a Arnold Schwarzenegger para salvarlo de oootro terminator de metal líquido (como el de la 2) que también llega a la misma década. Al parecer, lo único que sabe hacer Skynet es mandar robots al pasado, aunque lo ha hecho ya tantas veces y con nulo éxito que ya sería hora de que pensara en otra estrategia.

Así como el Doc Brown explicaba en Back To the Future II el porqué habían llegado a una realidad alterna y cómo arreglarla, acá es el Terminator viejito quien intentará explicar qué pasa, por qué pasa y lo que sigue. Aquel asesino, de mutismo absoluto, facciones duras, que sin misericordia y sin remordimiento haría lo necesario para matarte, es convertido aquí en una máquina parlanchina, con artritis (sic) y al que la mismísima Sarah Connor se refiere como “Pops”, el equivalente en inglés a ”mi viejo”.

Lo que en su génesis fuera una película cyberpunk, con trazas de cine de terror, pretenden convertirla ahora en una película con trama familiar, una especie de retorcida reversión del Mago de Oz donde el hombre de hojalata tiene un gran corazón, cuida a su nieta Connor, se conmueve con sus dibujos de la infancia y hasta le anda aprobando a los galanes: un Kyle Reese que no sirve para maldita la cosa.

El humor involuntario se apodera de absolutamente todo en un show ya de plano delirante que nos recuerda al desenfado de un Gremlins 2, a no ser porque aquí las cosas -por absurdas que sean- se las toman demasiado en serio. El guión, hecho sin la mayor intención de ser coherente, bien podría haber sido un sketch de Saturday Night Live: “Mi abuelito es un Terminator”.

Terminator 5 actualiza la paranoia: si en los ochenta el temor era que los robots se tornaran en nuestros propios asesinos, hoy el temor es que la nube (aquel ente extraño del que todo mundo habla pero que nadie entiende bien) nos aniquile, aprovechando que todos estamos conectados/ensimismados con nuestros celulares y tabletas; un argumento que -muy atinadamente- parece regaño de abuelito: “a ver mijito, ya deje en paz ese celular que lo va a dejar tarado...o muerto”.

Por si todo lo anterior fuera poco, el miscast es absoluto, o dicho de otra forma: no por salir en la telenovela esa llamada Game of Thrones quiere decir que seas competente para otras cosas. Ello va tanto para Emilia Clarke (una Sarah Connor chaparrita, algo dulce, pudorosa, que nada tiene que ver con la badass que conocimos y amamos) como para el director Alan Taylor quien sin personalidad alguna, haciendo vil maquila, lleva esto lo mejor que se puede dado el desastroso guión y las malas actuaciones.

Lo mejor de Terminator: Genisys es justamente aquello que permanece original, un Schwarzenegger que ya rumbo a los sesenta puede aún salir airoso de esta, no importando los chistes malos, los diálogos incomprensibles o las escenas de acción imposibles. Tiene razón: es viejo, pero no obsoleto… al menos no por ahora. 

Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.
 

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