El jolgorio nunca muere
Viridiana Ramírez viridiana.ramirez@correocpn.com
El Universal

Domingo 25 de octubre de 2009

Más que velar tumbas, ahora nos vamos a la callejoneada de altares en Mazatlán, con un tarro de cerveza en la mano; a volar globos de cantoya –las almas que regresan al cielo- en Veracruz

El repicar de las campanas de la iglesia, a las primeras horas del 1 de noviembre, anuncian el inicio del duelo en Zozocolco, Veracruz. El pueblo  apenas se distingue en el mapa del estado.
Los Fieles Difuntos están por regresar. Como marca la tradición,  se venera primero  a los niños.

Además de pan, atole de chocolate, maíz y veladoras, su ofrenda incluye golosinas y juguetes.

Al segundo día, el  adorador nocturno –del grupo de personas que se reúne en la iglesia a orar– se encarga de tocar las campanas principales para recibir a los difuntos grandes. A ellos se les sirve    guajolote con mole, tortillas de maíz, café de olla, sopa de arroz, tamales, camotes y aguardiente.

Antes del mediodía jóvenes recorren las calles llamando a la puerta de las casas sonando una pequeña campana y gritando  a  coro: “tamales para el campanero”. Una vez recolectados van a la iglesia  para compartirlos  con quien sea.

A las tres de la tarde comienzan  los intercambios de ofrendas entre compadres y familiares, padrinos, consuegros, amistades o vecinos, llevándoles un poco de lo que se colocó en el altar.
Para las cinco de la tarde los artesanos habrán terminado de construir sus globos de cantoya. Más de 2 mil pliegos de papel de china se utilizan para construir  trompos, estrellas y gotas invertidas.

En el atrio del templo  inicia el concurso echándolos a volar. Cientos de globos se elevan, el cielo se motea de colores. Se dejan llevar por el viento y el bullicio rompe aquellos dos días de guardar. 

No se trata de un simple concurso. A ver cuál es es el más bonito. Los globos  representan el regreso de las almas al cielo.  El fuego que los eleva  es la luz que ha de acompañarlos en su largo peregrinar.

 En voz baja cada familia reza una oración mientras se consume el cirio que sostienen en las manos; el párroco limpia el ambiente con copal, salpica agua bendita, a la vez que arroja  flores de cempasúchil; y  los niños persiguen el globo con la mirada hasta que se pierde en las alturas.
Cuando el último  ha desaparecido viene el reconocimiento a la creatividad del artesano, quien  ha dedicado más de tres días, a pegar con engrudo, pliego tras pliego.

La  fiesta continúa  en la casa de cada familia, comparte lo que ha quedado de la ofrenda, desde el pan hasta el guisado, que después de las diez de la noche, según la creencia, tienen otro sabor.



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