![]() |
| Toda una emperatriz |
|
El Universal Domingo 21 de junio de 2009 |
|
Este es el mejor momento para conocerla. Vive la celebración de su festival de cine, recrea la pupila con su arquitectura y date un baño en sus aguas
|
|
Si no existiera Praga, Karlovy Vary sería la consentida de la República Checa, tal y como lo fue en los tiempos del Emperador Carlos IV y quien la convirtió en el balneario termal más popular de Europa. Esa fue su inspiración. En distintas épocas la realeza austriaca, Bach, Beethoven y Freud, la visitaron con frecuencia y muchos de ellos adquirían, con otro motivo más cercano al de la inspiración, un departamento en el tercer piso de algún edificio ubicado frente a la orilla del río Teplá o al pie de los Montes Metálicos. Llevamos una hora y media de camino desde Praga, nos faltan 30 minutos para llegar y además de una breve introducción a la historia de esta ciudad, el guía nos dice que hay que tomar un tour por las fuentes, visitar la Torre del Castillo -edificado en el siglo XIV-, sus dos iglesias, el museo y el teatro, este último creado por los arquitectos Fellner y Helmer cuyo diseño ha sido alabado por mostrar un estilo auténticamente romano. Quien nos recibe es un campo de lúpulos -semilla con la que se hace la cerveza-, con un intenso color mostaza característico de la región de Bohemia. Hermoso. Tenemos ganas de decirle al chofer que pare y bajar para correr entre sus campos. Estamos emocionados y sin ningún letrero que avise que se ha llegado a Vy Vary, la prometida ciudad como de cuento de hadas, que se descubre entre sus jardines. Uno de los más hermosos es el japones, con su zona Zen para meditar. Bajamos y nos gritan “Ahoj”, que en checo es “hola”. Ahí descubrimos que casi la mayoría de la ciudad está cerrada al tráfico. No hay un centro, la distribución de las calles es circular, sólo se divide por el río y el día a día se concentra en torno a la Mlýnská Kolonáda, la columna del Molino, de estilo corintio y a su lado, Trziste, la Plaza del Mercado. Llueve, pero eso no impide que sigamos nuestra marcha. Ya sabemos que abril es el mejor mes, aunque tampoco el país es conocido por sus altas temperaturas.
Sonreímos y no paramos de fotografiar esas filas de casas de color pastel y tejas rojas, una técnica romana que nos hace ver construcciones muy semejantes a miles de kilómetros.
En ésta parte de la ciudad la arquitectura se inclina más hacia el barroco o seudobarroco.
Dice nuestro guía que debemos apurar el paso para ir hacia Sadová, la calle del parque, ahí está la Iglesia de San Pedro, de finales del siglo XIX. Unos metros adelante la vista cambia, los edificios son más modernos, como el sanatorio Bristol, construido sobre una antigua sinagoga. Nos acercamos al final, en la calle Stará louka y Nová louka, a las márgenes del río, para vaciar nuestros bolsillos. Aquí venden porcelana, licor karlovarská Becherovka y dulces como los barquillos Lazenské de delicioso chocolate.
Decidimos hacer un último paseo antes de regresar y en éso un letrero anuncia que mañana inicia el festival de cine. llegamos rápido a la conclusión “Ne” que es “no” en checo: nos quedaremos unos días más. |
|
© Queda expresamente prohibida la republicación o redistribución, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL |