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| La vida en un cuento de hadas |
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Omar Abrego
El Universal Jueves 27 de septiembre de 2007 |
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Niagara on the Lake parece una villa navideña, por sus casas de arquitectura inglesa victoriana
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El pequeño pueblo llamado Niagara on the Lake parece quedar en segundo plano en el itinerario de viaje, su perado por las gigantescas caídas de agua, el motivo principal por el cual visitar la región. Este pintoresco lugar está más enfocado al descanso de los visitantes, quedando en manos de los propios habitantes, quienes convirtieron sus casas en bed & breakfasts. Niagara on the Lake es una mezcla de mundo irreal –el que está diseñado para convertirse en una atracción turística– y el verdadero Canadá de los turistas permanentes, de aquellos que decidieron crear su casa de ensueño en un país donde la hojas que caen en el césped son de arce (maple). Al recorrer las calles (ya sea a pie, en bicicleta o en carruaje, con un caballo percherón de motor), uno puede creer que se encuentra vacacionando en una gigantesca villa de cuento de hadas, donde todo está hecho de dulce, y que al asomarse por la ventana, al interior de las casas, es probable observar a los duendes de Santa. Ciertamente existen algunos de esos elementos, aunque no tan alucinante. Tal vez las casas y negocios no sean de caramelo, pero algunas de ellas venden dulces de todas partes del mundo, y, por supuesto, no encontrarás duendes ni renos voladores, pero sí una gran cantidad de artículos navideños, que van desde esferas con forma de bandera, hasta gigantescas piezas con movimiento, y todo esto en cualquier época del año... incluso en marzo podrás ir de compras decembrinas. Niagara on the Lake es un poblado tranquilo, aquellos que tal vez no estén seguros de quedarse en un hotel con cientos de habitaciones pueden elegir como hospedaje una casa canadiense con servicio personalizado, y de paso tomar un tour de medio día por este curioso destino. Este lugar será disfrutado por lo que aman los detalles simples: el césped húmedo con hojas tiradas, el olor de los árboles durante un recorrido en bicicleta, o la fusión de colores en un mercado de frutas. No esperen encontrar el glamour de las grandes ciudades. Todo parece perfecto, hasta la sonrisa de la ancianita que vende helados de frambuesa por tres dólares. |
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