Dos horas y media de camino desde la ciudad de México me ayudan a recuperarme de una desvelada y a tener fuerza para disfrutar Valle. Nos instalamos en un chalet en medio del bosque. En la planta baja se encuentra la estancia con su chimenea y terraza. Subimos unas escaleras y nos encontramos con el baño. Otras escaleras más y ahí está la recámara principal.
Nos ponemos cómodos. Ropa de batalla y zapatos que aguanten la jornada. Antes de empezar a derrochar la adrenalina vamos a un lugar donde se respira hondo y en donde se consigue la paz.
Fuera malas vibras Un taxi nos lleva a Carmel Maranatha, a seis kilómetros de Valle de Bravo.
Estamos en una casa de oración, de retiro espiritual para echar fuera el estrés. Desde que entramos los letreros nos señalan que hay guardar silencio. El señor que nos recibe dice que este recinto pertenece a los monjes carmelitas, con quienes no podemos tener contacto e estos
momentos. Están dirigiendo a un grupo en retiro.
Entramos a las capillas, entre patios y esculturas de ángeles y santos de cantera. Sobre mi hay un techo repleto de estrellas, ángeles y símbolos de buena suerte como la herradura. Frente al altar se colocó una alfombra blanca y suave, adornada con flores naturales como ofrendas. La luz natural atraviesa el cristal azul. Por esas ventanas se alcanza a ver el lugar donde se encuentran
los monjes, un especie de castillo medieval rodeado de un lago. Para acceder a la capilla principal se exigen dos cosas: entrar descalzos y en total silencio. De preferencia, hay que
evitar los estornudos sonoros.
Contiene reclinatorios, bancos de meditación e imágenes de santos. Este espacio está hecho "para encontrarse con uno mismo", dice el guía. Para disfrutar del lugar, entregarse a la
paz interna y a la meditación hay que quedarse al menos un fin de semana. Pero esta vez no tenemos tiempo.
Pueblo Mágico
En el centro de Valle de Bravo no existe un cable de luz a la vista . Al menos en esa zona casi todas las casas y negocios son de paredes blancas con techos de teja. Por sus callen caminan indígenas vendiendo flores o bordados. Ninguno pide una moneda si le tomas una foto, al contrario, sacan su mejor sonrisa.
Entramos al mercado de artesanías, en donde se cruza la avenida Juárez con Peñuelas. En dos pisos se exhiben bordados, juguetes de madera, cestería y accesorios forjados en hierro.
La presa está tan tranquila que parece un espejo gigante. Nos dice un lanchero que para apreciarla mejor nos demos una vuelta en lancha, en yate o en velero, y si nos gusta remar, pues en kayak.
A golpe de remo
Le hacemos caso al lanchero. Por seguridad hay que colocarse el chaleco salvavidas. El kayak ya flota sobre el agua de color turquesa. Mientras nos coordinamos en el movimiento de los remos, para un lado y para el otro, observamos las residencias de los ricos, sus yates y veleros. El paseo por hora es de 150 pesos por persona.
Bien volados
Estamos en el cerro del Peñón donde despegan los parapentes. El instructor acomoda el equipo. Por radio le informan la dirección del viento. Es nuestra primera vez, así que el piloto se va a lanzar con nosotros. Mi compañero se arrepiente; el miedo lo vence, pero yo sí me animo.
Caminamos lo más que se pueda a la orilla del mirador. En menos de dos segundos nos elevamos. El piloto hace las maniobras, va siguiendo las corrientes del aire. Yo sólo me dedico a contemplar la mañana desde las alturas.
Acelerar
Manejar en carretera todavía no se me da muy bien, así que quiero practicar. En el kilómetro 27.5 de la carretera Valle de Bravo - Toluca se encuentra una pista de go-karts. La referencia que nos dan es que ahí entrena Adrián Fernández, uno de los pilotos más famosos en los últimos 15 años en México.
Desde el restaurante se ve todo el kartódromo. Dos pilotos adolescentes están practicando y le pisan con todo al acelerador. Pasan como ráfagas. Obvio, como todo principiante no puedo experimentar en esa pista y menos conducir un auto como el de ellos. Me coloco el casco y me siento en un vehículo más accesible a mis habilidades. Es automático así que nada más acelero y freno. Lo siento si voy lento, pero tengo que "agarrarle " confianza a las curvas. Dejo que me rebasen. Cuando ya he inspeccionado el terreno, entonces sí, va el acelerador hasta el fondo.
Olvido la noción de la velocidad. Las llantas de repente derrapan. No puedo evitar tratar de alcanzar a los demás. La pista cada vez se me hace más pequeña. Mis 15 minutos se van como
agua. Me han costado 150 pesos. Al bajar del auto siento un temblor en mis piernas. Mañana sentiré un dolor en los brazos por la tensión.
Más pedales
No está mal dar una vuelta en bici por los campos de Temascaltepec (a 10 minutos de Valle de Bravo), pero yo quiero una cuatrimoto. Recorro el pueblo y me atrevo a salir un poquito a la carretera. Los autos respetan mi velocidad.
Echo un ojo por la calle Pagaza, donde encuentro galerías de arte como Arte Fayo, todas sus pinturas son en óleo como la de Mari Blanca Navarro que se dedica a pintar amaneceres y atardeceres.
En esa misma calle está la mezcalería La Esperanza, un minero cuesta 35 pesos.
De regreso por la avenida Independencia encuentro una fila grande para entrar al restaurante Keiko, donde se comen los mejores ostiones, dicen. Mi compañero no tarda. Comeremos
en un restaurante del centro y luego, tal vez, probemos la piscina del hotel al pie de una cascada que se ilumina cuando se va el sol.
cvtp