Si Luke Skywalker existiera este lugar le parecería muy familiar. Aquí cualquier historia puede comenzar con “Hace mucho tiempo, en un universo…”, y transformarlo en un cuento de ficción. Nunca verás un arco iris tan de cerca y, mucho menos, de roca.
Karie, guía del grupo, dice que tiene 275 metros de arco. “Casi perfecto, de hecho es el puente natural más grande del mundo con 88 metros de alto”.
También viene con nosotros Sonia, una descendiente navajo, el pueblo nativo de Estados Unidos. Su nombre les fue dado por los exploradores españoles que los llamaron: "Indios Apaches de Navajó”.
Mientras caminamos para observarlo a detalle, ella inicia un canto, “alhí, alhá”. Me da pena preguntarle qué quiere decir y disimulo que no la he escuchado. Pero me mirá de reojo y me dice que está cantando en atapasca, su lengua natural.
“El Rainbow Bridge simboliza la deidad de las nubes y ayuda a traer la lluvia; para nosotros él es la esencia de la vida en el desierto”, dice Sonia.
El aire está impregnado de eucalipto, y la aridez del panorama se rompe entre las paredes de las rocas con la aparición de algunas florecillas.
Mi hermano grita “¡Jelouu!” y el eco le responde, se expande por doquier y se repite por más de tres minutos.
El sol de las 12 horas colorea las rocas de tonos ocre, amarillo y hasta rosa. Tenemos una tentación tan grande de tocar. Lisitas que están, como si hubieran sido lijadas.
Sonia se adelanta a toda prisa y nos deja atrás a propósito. El camino es arenoso. Con cuidado pasa por debajo del puente y se queda ahí, con los brazos cruzados por detrás de su espalda, mira al cielo, meditando, como tratando de descubrir a la nube mágica y repite el mismo verso de hace un rato, pero ahora con más fuerza.
Mi hermano me suelta un codazo, me cuchichea: “¿Qué no es de mala suerte pasar por debajo de los puentes?”. Le contestó que no, que eso pasa cunado caminas por debajo de las escaleras. Pero igual, para un supersticioso este debe ser el sitio ideal para dejar de serlo.
Todavía no encuentro la palabra que defina lo que significa estar aquí. Pero el corazón está excitado, la sangre sube a la cabeza y de tanto calor (29°C) guardamos los suéteres. En invierno la temperatura es más amable, suba hasta los 20°C.
Karie explica que el puente se formó de la erosión de la piedra arenisca, por el agua que fluye de la montaña hacia el río Colorado. “El Rainbow Bridge fue descubierto por Douglas Cummings en 1909”, o sea que estamos celebrando sus 100 años.
Sonia me da la mano y me señala dos placas colocadas en una pared de piedra que está junto al puente, son los nombres de sus antepasados, de quienes protegían este lugar. “Que el espíritu de los dioses te acompañe”, me dice. Sonrió, estoy conmovida y de tanta emoción me imaginó a Obi Wan Kenobi deseándome suerte, a la vez que me nombra una auténtica Jedi.
Fin del sueño, después de millones de fotos hay que regresar, pero con la certeza de que las estrellas no hay que buscarlas en el espacio, están aquí.
La entrada al Rainbow Bridge National Monument es gratuita. Más detalles del lugar en www.nps.gov.