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Travesía en la selva colombiana
Viajar cerca de la frontera con Brasil nos regala una experiencia por ríos inolvidables y fauna y flora únicas

Travesía en la selva colombiana
  Disfruta de un viaje memorable (Foto: Archivo/ELUNIVERSAL )
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    El Tiempo/GDA
    El Universal
    Lunes 09 de noviembre de 2009
    00:40 Leticia, la capital del Amazonas, se parece cada vez más a una ciudad moderna de cemento y menos al pueblito apacible, entrañable y oloroso a selva y a río de siempre.

    Antes, dos cosas hacían memorable la visita: el desfile diario de los soldados de la Armada, portando el tricolor nacional, y la alegre y abigarrada reunión matinal a orillas del río, cuando llegaban los nativos en sus canoas con productos de la tierra, artesanías y animales de monte para el trueque y el comercio.

    Sin embargo, Leticia sigue siendo acogedora y amable. Al día siguiente de haber aterrizado ya estamos de viaje sobre el Trapecio, rumbo a Tarapacá. La avioneta vuela a baja altura sobre ese infinito tapiz verde de la selva.

    Desde el aire es posible identificar los caños y ver cómo se engrosan, a medida que se prolongan entre el follaje. Llegamos a Ipiranga, base militar brasileña. Remontamos el río Putumayo, que al entrar al vecino país cambia de nombre para llamarse Izá. Así llegamos a Tarapacá.

    Fernando Ome y su esposa, Etelvina, me reconocen. Hace 35 años, cuando había llegado luego de una aventura por la selva a Tarapacá, ellos me habían acogido. Era la época del trueque, no se hablaba de la coca y vivían todavía algunos de los combatientes de la Guerra con el Perú, de 1932.

    La ceiba enorme desde la cual una ametralladora disparaba ya se ha caído. Se conservan dos monumentos, un cañón y algunas historias, como la del negro que alimentaba las calderas de uno de los barcos y que atribuía el movimiento de la nave a las aguas agitadas del río Putumayo, pero que cuando salió a cubierta se enteró de que eran las bombas que estallaban al lado de la embarcación.

    Donde los ríos se unen

    Frente a Tarapacá se juntan los ríos Cotuhé y el Putumayo, que, como río viejo y largo que es, presenta largas rectas. Este último viene de la cordillera y nace en las montañas que rodean el valle de Sibundoy.

    Alberto Parente, funcionario del Parque Amacayacu, nos ha preparado la canoa y en compañía de Andrei Satova remontamos el Cotuhé. Es una ruta, utilizada de vez en cuando por los indios ticunas, así como por madereros y pescadores. Los que sí nos acompañan son dos osos perezosos que atraviesan el río. Uno de ellos se acerca a la voladora (la embarcación en la que vamos) y con sus garras, terriblemente duras, se aferra al borde metálico a lo largo de unos 200 metros.

    Grandes mariposas azules -las llamadas de Muzo- y muchos martines pescadores que esperan apostados en las ramas van con nosotros. Llegamos a la cabaña Lorena, construida en maderas de la selva. Allí vive Orlando Hernández con su familia.

    Es la casa más septentrional del Amacayacu. La más cercana se encuentra aguas arriba, por el Cotuhé.

    El funcionario que encontramos nos cuenta que una semana antes, por la mañana temprano al salir de la cabaña, había visto a dos tigres rondar la casa. Llamó a la central del parque y le contestaron que tuviera paciencia, así que permaneció encerrado todo el día, mirando por las ventanas cómo los poderosos felinos iban y venían, hasta que por la noche desaparecieron.

    Con esa historia en la cabeza, al día siguiente abandonamos la cabaña, acompañados por Parente, y tomamos un caminito de cazadores que rápidamente se borra entre la manigua. Nos abrimos paso, tratando de no dañar ningún árbol, y con el fin de regresar sin perdernos vamos marcando los árboles de trecho en trecho. Después de tres horas en marcha silenciosa llegamos a un saladero, donde los animales chupan sales minerales disueltas en la tierra. Como es de día, no se advierte todavía la presencia de los huéspedes habituales de la oscuridad: venados, dantas, puercos salvajes, cafuches y tigres.

    Esa noche, luego de instalar la carpa, gozamos con una sinfonía de chicharras, que llenan el aire con un ruido agudo, y a la que se unen los trinos de los pájaros.

    Después de media noche se establece el silencio, que es interrumpido de vez en cuando por trinos, pasos perdidos de animales, regüeldos y susurros. Es la magia total en la que nos sumergimos con fascinación. Al despertarnos, volvemos a la cabaña Lorena y tomamos la canoa para adentrarnos de nuevo en la selva, aguas arriba. Esta vez el río nos premia con toda su fauna: delfines, patos zambullidores, peces saltones, caimanes y, en el aire papagayos, loros, tucanes, arrendajos y pájaros anónimos, que vuelan de orilla a orilla. La jornada nos trae un banquete, compuesto por caldo de piraña, borugo y bagre.

    Al pasar el Cotuhé entramos de nuevo a la selva y caminamos ocho horas, mientras el llamado pájaro del trueno nos sigue y llena el aire con su canto.

    Regresamos a Tarapacá y para nuestro viaje a Leticia navegamos en voladora durante 11 horas seguidas. Bajamos por el Putumayo, entramos a Brasil, llegamos a Santo Antonio, pueblo en el que el Putumayo le cae al Amazonas y, finalmente, remontamos el 'río padre' para llegar a nuestro destino.

    Para rematar esta aventura subimos a la casa navegante, frente al Parque Amacayacu. Es una noche en la selva con todas las comodidades: excelente comida y mullida cama, arrullados por la selva y mecidos por las olas del río.

    Si usted va...

    Es necesario tener la vacuna contra la fiebre amarilla. Los precios están sujetos a cambios sin aviso.

     

    Informes:
    www.concesionesparquesnaturales.com/site/Espanol/Amacayacu/Amacayacu.html, www.parquesnacionales.gov.co; 353 2400 (Bogotá); Aviatur. www.aviatur.com.

     

     

    cvtp



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