Este parque es un icono de la ciudad. Estar en Manhattan y no visitarlo es prácticamente imposible, porque ocupa el 6 por ciento de la isla.
Algunos de quienes asisten, leen, se asolean o hacen deporte. Otros comen, charlan o simplemente miran. Todos respiran en una especie de burbuja verde que los resguarda del sofocante concreto de la Gran Manzana. Cada uno vive el Central Park a su manera.
Recorrer el parque entero en un día, al igual que el Museo Metropolitano, que también hace parte de sus límites, es sencillamente descabellado. Y no sólo porque las dimensiones de ambos íconos de esta ciudad son monumentales, sino porque en sus alrededores también están el Guggenheim, el Museo de Historia Natural y el Planetario. El Central Park y todo lo que sus calles adyacentes ofrecen merecen más de un día.
Pero si la idea es ver su grandeza, algo que resulta imposible al estar dentro del mismo, la mejor opción la tiene la terraza del Rockefeller Center, el edificio que regala, por 20 dólares, la mejor vista del parque y, tal vez, de Nueva York.
Fue el primer parque público construido en Estados Unidos. Se inauguró en el invierno de 1859 y, desde entonces, se convirtió en el pulmón de Manhattan, donde viven más de un millón y medio de personas. Cubre un área de 3.41 kilómetros cuadrados, es decir, tres veces el parque Simón Bolívar de Bogotá.
Sin embargo, no fue fácil conseguir este terreno, ya que para su creación fueron desplazados más de mil 600 residentes de condiciones económicas poco favorables, como criadores de cerdos y jardineros que habitaban la zona.
Con sólo tres meses de calor en el norte del planeta, el parque tiene atracciones que no se disfrutan en ninguna otra época del año.
Muchos llegan a la tarima del Summerstage, un escenario donde se presentan gratis bandas musicales de todo el mundo. Pero al contrario de lo que pudiera pensarse, no se trata de una multitud alocada que llega a los conciertos.
Cada persona busca su espacio en las graderías o en la hierba. Nadie atropella y todos esperan pacientemente a que los artistas salgan al escenario. Algunos bailan, pero la mayoría se dedican a oír la música. Podría parecer un evento frío, pero en realidad es un concierto bien organizado.
A pocos pasos se siente un golpe musical constante. Sólo hay que caminar unos metros para darse cuenta de que cantidades de patinadores de todas las edades bailan al ritmo del house en una improvisada pista de asfalto.
Un dj anima lo que ya se ha convertido en rumba, porque hasta los que no tienen patines se reúnen a su alrededor para saltar y bailar.
Los más fieles al deporte corren alrededor del lago de la reserva, que cuenta con un sendero peatonal de 2,5 kilómetros. Sin embargo, por encima de ese paisaje de agua y árboles, más de 270 mil que fueron plantados en los inicios del parque, sobresalen los picos de los rascacielos que, al final, nunca dejan olvidar dónde se está.
Mientras tanto, las demás personas siguen aplastadas en la hierba, viendo pasar el verano. Casi 20 mil trabajadores ayudaron a construir el parque y hay ahora la misma cantidad, o quizás muchos más, tomando el sol antes de que el blanco de la nieve lo vuelva a cubrir todo.}
cvtp