PISTÉ, Yuc.— Dante nos contó en La Divina Comedia una de las más fantásticas aventuras: descender a los infiernos de la creencia cristiana del medioevo. Algo muy atrevido para su época.
En esos mismos años (siglo XIV), la tierra maya vivía el periodo postclásico, su cultura había tenido mejores siglos y la mayoría de sus ciudades eran ahora parte de los nueve inframundos que relataba su religión.
Una aventura personal
Pero tener en el siglo XXI a mi propio Virgilio como guía hacia el inframundo maya es una experiencia invaluable. Por supuesto su nombre no es el del poeta latino, sino Humberto Gómez.
Ha sido guía de turistas por más de medio siglo y para muchos sería el padre o el abuelo ideal que puede pasar horas de carretera contando relatos históricos con un lenguaje culto pero ameno. Una enciclopedia que responde a cada pregunta con inteligencia y un semblante que no deja de irradiar confianza.
Puerta de la historia
El 9 de septiembre de 1959 se internó en una pequeña gruta que había visitado durante 13 años, pero esa tarde se le ocurrió escarbar en uno de los muros. Al derrumbarse, esa pequeña pared le abrió la puerta de la Historia (así, con mayúsculas).
Un santuario maya clausurado 800 años atrás le mostraba sus secretos. A la tenue luz de velas y con apenas unas cuerdas como guía, descubrió Balamcanché (trono del jaguar), quizá el más importante sitio arqueológico dentro de grutas en Yucatán.
Ahora cuenta con pasillos cómodos, iluminación e inyectores de aire. Pero nada como caminar cada escalón y escuchar la narración de don Humberto: “Este pasadizo tenía unos 50 centímetros de altura, por aquí me arrastré hasta llegar a la cámara principal… ¿Ves estos molcajetes? Estaban apilados junto a aquella pared… En este lugar puse una vela como señal, para saber cómo regresar y ¡aquí me resbalé y llegué hasta el borde del agua!”.
Sus palabras mezcladas con el olor de la tierra, me hicieron sentír la emoción de deslizarme a ras del suelo junto a ese muchacho, pero a 50 años de distancia.
Balamcanché fue dedicada al culto de Chac, dios de la lluvia para los mayas. Fue habitada entre el 300 a.C. y el mil 200 d.C.
Algunas formaciones naturales, como estalagmitas, fungieron como altares. Los objetos –vasijas, molcajetes, piedras talladas- que se hallan en su interior son los originales. Algunos, asegura mi “Virgilio”, están en el mismo lugar donde él los halló.
Calceh tok
Lo caprichos de la grafía de la lengua maya con caracteres latinos confunde a los visitantes que deben pronunciar este nombre como: “kalke tok”.
No hay escaleras ni infraestructura, aunque se trata de una de las mejores grutas de Yucatán. Rogelio es nuestro guía, no calza botas, sino unas humildes sandalias pero demuestra gran pericia al bajar entre las rocas.
Dentro pruebas la oscuridad total y sólo se escucha el goteo de las estalactitas.
Los mayas vivieron ahí en épocas prehispánicas –quedan varios utensilios aún– y durante la guerra de castas que estalló en el siglo XIX más de mil indígenas se refugiaron ahí.
Caprichosas formaciones que semejan caras, caballos y extraterrestres llevan a la imaginación a conjuntarse con la impactante realidad del subsuelo yucateco.
Aktun Usil
Es la “capilla sixtina de los mayas”, pues en la primer bóveda, a ocho metros de altura, hay pinturas antropomorfas. En las siguientes hay petroglifos y chultunes, estructuras que servían para recolectar agua.
No hay infraestructura, pero el sitio vale la pena. Los ejidatarios, que son amables y sencillos, tienen un plan de desarrollo ecoturístico detenido por problemas burocráticos.