CANCÚN, Q. Roo. El guía nos llevó al embarcadero de Punta Sam, a 30 minutos de Cancún, para nadar con el tiburón ballena.
La ansiedad por nadar con el tiburón más grande del mundo me hizo encender un cigarro. Ni la primera fumada daba cuando Christopher me ordenó apagarlo. Aclaro, fue el nervio, y no mi poca sensibilidad ecológica.
Nos lanzamos a altamar. Nuestro avistamiento sería en la zona conocida como Aguas Azules, en la parte norte de Isla Mujeres.
Marcelo, el capitán del yate, junto con Abraham otro de los guías- y Christopher comenzaron a preocuparse. Nosotros a desilucionarnos un poco. Llevábamos más de una hora buscando al gigante dócil y no lo encontrábamos por ningún lado.
Pero la espera valió la pena. Una aleta al fin se asomaba. Después de quedarnos paralizados por la sorpresa, reaccionamos y rápido nos colocamos chaleco, aletas y visor.
Las instrucciones: nos lanzaríamos por turnos: dos personas y el guía. Quedaba prohibido tocar al tiburón, evitar nadar cerca de su cola u hocico porque correríamos el riesgo de salir golpeados.
Que quede claro que ellos son totalmente inofensivos, no comen personas, sólo plancton.
Marcelo grito: “¡Al agua!”. No me di cuenta y ya estaba flotando, con el esnórquel puesto, acostumbrándome a respirar por la boca. A sólo cinco metros de distancia estaba el animalote grisáceo con líneas y puntos amarillos y de movimientos lentos, despreocupado, que abría sus branquias mientras se alimentaba.
El tercer salto de los cuatro que pude hacer fue el mejor. Era otro tiburón. Lo vi de cabeza a cola, con su hocico abierto de dos metros de ancho y sus ojos pequeñitos.
Pudimos ver más de 30 durante dos horas, las mejores de mi vida bajo el agua. La temporada inició en mayo, ellos se marcharán la primera quincena de septiembre.