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Islas paradisíacas de Brasil

Rodeadas por la inmensidad del océano Atlántico se encuentran estas islas declaradas por la UNESCO Patrimonio Mundial Natural en 2001

Las islas están ubicadas a 360 kilómetros de la costa nordeste de Brasil . (Foto: EFE )

Martes 23 de junio de 2009 EFE | El Universal00:11

El archipiélago de Fernando de Noronha es el punto más oriental de Brasil, donde las autoridades del país han instalado una base para las tareas de búsqueda y rescate de la aeronave francesa que desapareció hace unos días.

Hasta este suceso, que marcará sin duda la existencia de este archipiélago, Fernando de Noronha era un ejemplo de preservación ecológica y un destino obligado para aquellos que anhelan la paz y la tranquilidad.

Ubicadas a 360 kilómetros de la costa nordeste de Brasil y rodeadas por la inmensidad del océano Atlántico se encuentran estas veintiuna islas de apenas 26 kilómetros cuadrados de superficie total, declaradas por la UNESCO Patrimonio Mundial Natural en el año 2001.

De ellas, sólo una, del mismo nombre que el archipiélago, está actualmente habitada y es allá adonde se dirigen los pocos afortunados que cada día aterrizan en uno de los tres vuelos que operan a Fernando de Noronha, con setenta plazas cada uno.

Y es que, precisamente, uno de los atractivos de esta isla del estado de Pernambuco reside en el límite de turistas que cada día pueden permanecer en ella, unas seiscientas personas aproximadamente.

UN MINÚSCULO AEROPUERTO.

Esta restricción se extiende también a aquellos que, deslumbrados por su belleza, pretenden establecerse allí, ya que sólo aquellos que se casen con alguno de los poco más de tres mil habitantes autóctonos del archipiélago, pueden residir de manera permanente en Fernando de Noronha.

Además, tras desembarcar en el minúsculo aeropuerto, los visitantes son obligados a pagar una tasa medioambiental en función de los días de estancia y que va desde los 36 reales el primer día (unos 18 dólares), hasta cerca de 3.000 reales (casi 1.500 dólares) por un máximo de treinta días en la isla.

Junto a esto, fuertes medidas de preservación medioambiental y la presencia constante de funcionarios del Instituto Brasileño de Medio Ambiente (IBAMA) ofrecen a cambio la posibilidad de caminar por playas casi idénticas a las que, en 1503, fascinaron al navegante Américo Vespucio, una de las primeras personas que dio testimonio de este territorio.

Desde entonces, ingleses, franceses, holandeses y finalmente portugueses invadieron en diferentes momentos de la historia el archipiélago.

Hoy, descendientes de estos europeos y turistas de todo el mundo bucean en las aguas transparentes que han convertido a Fernando de Noronha en uno de los puntos destacados para esta práctica a nivel internacional.

Y lo que es mejor, no es preciso enfundarse el traje de neopreno y sumergirse a grandes profundidades para disfrutar de la diversidad de especies del archipiélago. En Fernando de Noronha basta con meter la cabeza debajo del agua para disfrutar de un baño rodeado de tortugas y peces de colores.

Ejemplo de esto son la Bahía del Sudeste, donde acuden cada día las tortugas para alimentarse o la de Porcos, en la que se puede encontrar una gran concentración de peces y otras especies marinas en torno a sus rocas.

Junto a ellas, la playa de Sancho, considerada por muchos brasileños como la mejor de un país con cerca de ocho mil kilómetros de costa, permite al visitante conformar en su mente esa imagen utópica que ya no le abandonará durante el tiempo que pase en la isla.

NATURALEZA EN ESTADO PURO.

En definitiva, no hay playa igual en Fernando de Noronha, donde cada una es mucho más que agua y arena y tiene su propio atractivo para un tipo de público con intereses diferentes.

Así, las playas continentales que, entre los meses de agosto y octubre destacan por la tranquilidad de sus aguas, en diciembre acogen competiciones de surf de ámbito internacional.

Y es que ese es realmente el lujo de la isla, el del contacto directo con la naturaleza en estado puro, con su flora y con su fauna preservadas durante años.

En Fernando de Noronha, la gran mayoría de visitantes se aloja en las llamadas posadas domiciliares, antiguas casas de pescadores y habitantes de la isla, reformadas para acoger a los turistas con comodidades mínimas y sencillas en muchos casos pero suficientes en todos ellos.

Pero como cada regla tiene su excepción, la Pousada Maravilha, de la que es socio el conocido presentador televisivo brasileño Luciano Huck, ofrece un hospedaje de alto nivel para aquellos que no estén dispuestos a renunciar a nada y a los que no les importe desembolsar, como mínimo, mil doscientos reales (unos seiscientos dólares) por noche.

La construcción de este recinto, sin embargo, junto con otros detalles que apuntan hacia la expansión del turismo de lujo en la isla en los últimos tiempos, ha provocado la incertidumbre de aquellos que temen que esta tendencia ponga en riesgo la importante labor de preservación natural que se lleva a cabo en la isla.

De este modo, Fernando de Noronha corre el riesgo de convertirse en un destino realmente elitista, al que muy pocos tengan acceso para disfrutar de sus maravillas naturales.
Frente a esto, la isla lucha por mantener su espíritu rural e inexplorado, ajeno al bullicio de la civilización, para atraer a unos turistas que desean la tranquilidad por encima de todo.

Apenas un par de supermercados, una docena de restaurantes y tres cajeros automáticos conforman la oferta básica de ocio e infraestructuras de una isla que, a cambio, ofrece al visitante el don de la despreocupación más absoluta.

A mitad de camino entre la realidad y la ficción al servicio de los intereses turísticos, los habitantes de la isla explican orgullosos a los recién llegados que pueden caminar tranquilos por cualquier rincón de la isla ya que allí el índice de criminalidad es cero.

Sin duda, otro dato que contribuye a alimentar esa imagen utópica del archipiélago y que marca la diferencia con otros destinos turísticos del país, como Río de Janeiro, en la que sus bellezas naturales tienen que competir con un clima de inseguridad y violencia que son casi una seña de identidad de la ciudad.

Sea verdad o no, lo cierto es que no parece haber mucho trabajo para el cuerpo de policía de Fernando de Noronha. Tampoco la cárcel de la isla, que haberla hayla, acoge demasiados huéspedes entre sus cuatro paredes.

Lejos quedan ya los tiempos en los que Fernando de Noronha fue convertida en un presidio (1938) en el que los condenados vivían totalmente aislados del resto del mundo, y su utilización como base de apoyo de la Armada de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, el archipiélago pernambucano es uno de los tesoros mejor guardados de Brasil y su imagen nos traslada desde un primer momento la visión del paraíso que permanece en el imaginario colectivo.




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