gretel.zanella@eluniversal.com.mx
Los tesoros que fueron de alguien provocan nostalgias en otros. Se tienden en el suelo. Se les busca una historia. No faltará quien pregunte por ellos.
En las calles se exponen las chácharas del mercado de antigüedades de la Lagunilla. Objetos valiosos, curiosos y otros que no sirven para nada. La imaginación de ese diseñador de interiores que todos llevamos dentro se activa.
La cabeza melenuda de un bisonte, la pieza perdida de la colección de muñecos de la Guerra de las Galaxias, cascos de los que se jura y perjura que son de la Segunda Guerra Mundial. Abrigos de pieles, guantes que de seguro le pertenecieron a una señora de postín, zapatos de mujer que, a ojo de buen cubero, son por lo menos del número seis. Muchas charolas cerveceras, una hielera de aluminio de la Pepsi, ex votos falsos, una Mafafa de hule de 150 pesos, un costurero –con acabados en madera como los de las máquinas de coser antiguas– de dos patas con forma de piernas flacas.
Tu camino puede continuar en el tianguis de ropa y accesorios. Valen la pena las prendas y tenis importados, pero que no digan Made in China. Para los sedientos, se venden caguamas en vasos de unisel, escarchados con chile. Una por 35 pesos. Pero habrá que asegurarse de desayunar primero.
No hay mejor fin para este recorrido que la esquina de la calle Francisco González Bocanegra y Comonfort, en un puesto de gorditas y tacos, nada grasientos, limpios y buenísimos.