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En el puerto de Valparaíso el extraordinario poeta Pablo Neruda decidió vivir. Construyó su casa en una de las colinas de la ciudad, actualmente convertida en un museo y una placita.
La poesía de este destino es precisamente su arquitectura y para conocerla realmente, hay que escalar sus calles empinadas con sus coloridas fachadas llenas de anécdotas, ir a sus plazas y miradores que en conjunto han sido declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco.
Aún funcionan 15 ascensores reconocidos como monumentos históricos; parecen tranvías suspendidos en el aire. Sobresale el Villaseca, de 1907, el de Artillería, del año 1912, y uno de los más antiguos, Cordillera, de 1894. Al principio funcionaban con carbón.
Se recomienda pasear en las calles de Merlet, Villagrán, Sócrates y Purcell, y la ruta que comienza en el paseo 21 de Mayo desde donde se puede ver el muelle, las grúas que parecen gigantes mojándose los pies, las bodegas y los barcos de carga.
Se siente fuertemente la presencia del puerto y se disfruta de una deliciosa comida.
El Paseo Mirador Marina Mercante tiene una de las mejores vistas y en el recorrido del Paseo Yugoeslavo se va al Museo de Bellas Artes, en el Palacio Baburizza.
La Plaza Echaurren está rodeada por edificaciones del siglo XIX y principios del XX, mientras que en el Castillo San José, una fortificación del siglo XVI, se encuentra el Museo del Mar Lord Cochrane.
La plaza Victoria es testigo del ir y venir de ciudadanos y turistas, las tendencias políticas y las más variadas actividades, ya que fue centro de damnificados después del terremoto, patíbulo de ejecuciones y parque público. A su lado, la catedral.