FLORENCIA, It.— El tiempo y la vergüenza no me dejan explicar por qué
estuve sólo unas horas en la capital toscana. De no muy buena gana
taché en mi lista de deseos las tiendas de ropa, el gusto de sentarme a
probar un capuchino, o una copa de masseto en alguna de las enotecas
que hay donde quiera que uno lo piense.
Me negué a retratarme con mis compañeros de tour en cada aparador
glamoroso o fachada curiosa que se les ocurriera. Cada quien aprovecha
esos momentos como le plazca.
En la Piazza del Duomo cortamos por lo sano. Ellos, hacia un puesto
callejero de chamarras de la selección italiana (a nueve euros la
prenda), y yo, rumbo al número 60 de la via Ricasoli.
Ahí está el hombre "más bueno del mundo", me comentaron antes de
venir a Italia. Toda una celebridad. No pensaba irme de Florencia sin
antes echarle "los dos ojos".
Tuve suerte, no fue necesaria una reservación. Tampoco había fila para entrar a la Galería de la Academia.
Como todos los museos de Florencia, éste requiere tiempo y caminarlo
con calma. Ese día fue diferente. Sólo por cumplir, anduve las 11 salas
sin detenerme mucho en los cuadros, queriéndome comer de una sola
pasada todas esas figuras, todos los colores, todos los nombres, hasta
indigestarme de ellas.
Me grabé el cuadro de Sandro Boticcelli y su Virgen con niño, San Juan
y dos ángeles, algunos tapices flamencos y uno de los modelos en yeso
del Rapto de las Sabinas (unas muchachas secuestradas por los romanos
para poblar la ciudad), de Juan de Bolonia. La escultura original,
–dramática y rebosante de vida– se exhibe en la Piazza de la Signoria,
a la sombra de la Logia.
Encuentro con el hombre ideal
Tras una puerta de cristal se resguarda la sala de Miguel Ángel. Y al fin sucedió.
Al terminar el pasillo, custodiado por otras esculturas, bajo una cúpula lo vi a lo lejos, de pie en su tribuna.
Las escenas de los documentales del Discovery Channel y las imágenes
de los libros de historia del arte no le hacen justicia. Y no quiero
ofender a nadie, pero la desnudez de este hombre me erizó la piel.
La cámara, desafortunadamente, tuvo que quedarse guardada en el bolso de mano. No está permitido tomar fotografías.
Me olvidé del tiempo y complací a mis sentidos con observarlo en todos los ángulos posibles.
Buenas proporciones
De lejos, las proporciones del "gigante" de Florencia –como lo
llamaban– son perfectas, las ideales del hombre. De cerca, las
dimensiones anatómicas, ya no son tan armónicas.
A corta distancia esta escultura de 4.10 metros de alto intimida. Las
manos, los pies y la cabeza son mucho más grandes de lo que deberían.
Los estudiosos explican que Miguel Ángel los esculpió así a propósito
para destacar la fuerza del vencedor de Goliat y futuro rey de Israel.
Ese poder se concentra, sobre todo, en sus manos con las venas saltadas. En cualquier momento parece que va a mover sus dedos.
Le di la vuelta completa. Miré las musculosas piernas y el trasero de un hombre que se ejercita.
Me senté en una banca para seguir admirándolo.
Una mujer argentina, como si me conociera de toda la vida, se sentó
a mi lado para contarme que siempre había creído que el día que viniera
a Florencia a ver el David, se soltaría a llorar emocionada. Y ahora
que se le había cumplido su sueño estaba bloqueada. "Ni una lágrima me
brota, ni aunque me dé de bofetadas".
Creo que observé la escultura durante una hora, repasando la tensión
de su cuello, la mirada y sus rizos alborotados que caen sobre su
frente, su ceño fruncido.
Mis compañeros de tour ya me esperaban en la Piazza del Duomo. Traje
conmigo algunos recuerdos, unos lápices, un estuche de tela con los
techos de Florencia y un par de separadores. Fascinados, presumieron
sus chamarras. "De lo que te perdiste, nos salieron en una ganga". Sí,
una ganga con su etiqueta: Made in China.