Al entrar a la cueva un escalofrío recorre el cuerpo. No sé bien si
es la temperatura, ligeramente más fresca que en el exterior, el
contacto con el agua o la impresión que causa el estar a más de 60
metros bajo tierra, en una cueva que de ancho mide, tal vez, 30 metros.
Nos rodean formaciones caprichosas de piedra caliza, minerales de
distintos colores y texturas. Todo lo que se ve recuerda más a una
elucubración de un escritor romántico o al delirio de Dante.
Esa misma tarde, alrededor de las cuatro, nos habíamos reunido en
Cuernavaca. Éramos seis más el guía. Nos asignaron el equipo: chaleco
de flotación, casco y linterna sumergible, una mochila que contenía una
bolsa seca de 40 kilos, donde iba parte de la ropa y el equipo de
rapel, un par de botellas de agua y algunos otros enseres necesarios
para la caminata.
Al llegar al sitio desde donde parte la expedición cargamos cada quien
con su mochila y caminamos durante más de tres kilómetros. Una cañada
de más de 30 metros de profundidad se reveló ante nosotros. Hay que
descender para acercarse a la boca de la cueva. Lo hacemos despacio,
uno por uno, utilizando cada quién su equipo de rapel. Al llegar a la
boca de la cueva se escucha el ajetreo del mundo subterráneo.
Las aguas de este río tienen su origen en el Nevado de Toluca, llegan
después a la población de Chontalcoatlán, de donde obtienen su nombre,
para después internarse 5 mil 287 metros en una caverna de disolución.
Al caminar por el lugar pasamos por tramos de río donde el agua nos
llega a la cintura, agradezco no haber traído mezclilla —habría pesado
demasiado— y de traer calcetines, pues así las piedritas que entran al
zapato no escocen la piel ni la carne.
Nos detenemos a descansar en un lugar al que le llaman La
Catedral, especie de montaña escalonada en cuya cima hay una bandera y
donde cada 24 de febrero se celebra al lábaro patrio.
"Es el único símbolo patrio que se encuentra bajo tierra" dice Gustavo, el guía.
Es
inevitable que, al estar dentro de la cueva, quieras llevarte algún
recuerdo. Sin embargo, "no se les permite llevarse nada. Hay quien
quiere una piedra cuyas vetas brillan bajo la luz de una lámpara, el
cadáver de un insecto o un pedazo de estalagmita. Tampoco se permite
dejar nada. Todo se saca, desde los restos de comida hasta los desechos
fisiológicos".
Al llegar a la zona de campamento nos cambiamos de ropa bajo la
trémula luz de la lámpara. Nos recostamos sobre una colchoneta, dentro
de una bolsa de dormir. Imposible encender una fogata, pues el humo
quedaría atrapado en la cueva y podría dañar a los animales e insectos
que habitan ahí. No se siente frío.
Por la noche se escuchan los incesantes murmullos del río y del viento. El sonido del murciélago es frecuente.
Horas más tarde, poco después de las seis de la mañana, los guías ya
están de pie, preparando el desayuno basado en carbohidratos para
recuperar la energía perdida. Un poco de espagueti, quesadillas y
mortadela.
Salimos de la cueva en un lugar que llaman La Ventana. Tras caminar
casi 9 kilómetros, regresamos a la superficie donde todo tiene una
textura menos onírica y las estructuras son reconocibles.
Dejo mi mochila y me recuesto a espaldas de una piedra. Me embarga una sosegada nostalgia.