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Un paseo que te dejará congelado

Visitar esta cueva hela el cuerpo, no por frío, sino por la experiencia de estar a 60 metros de profundidad
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Antonio Salgado
El Universal

Miércoles 28 de mayo de 2008

Al entrar a la cueva un escalofrío recorre el cuerpo. No sé bien si es la temperatura, ligeramente más fresca que en el exterior, el contacto con el agua o la impresión que causa el estar a más de 60 metros bajo tierra, en una cueva que de ancho mide, tal vez, 30 metros. Nos rodean formaciones caprichosas de piedra caliza, minerales de distintos colores y texturas. Todo lo que se ve recuerda más a una elucubración de un escritor romántico o al delirio de Dante.

Esa misma tarde, alrededor de las cuatro, nos habíamos reunido en Cuernavaca. Éramos seis más el guía. Nos asignaron el equipo: chaleco de flotación, casco y linterna sumergible, una mochila que contenía una bolsa seca de 40 kilos, donde iba parte de la ropa y el equipo de rapel, un par de botellas de agua y algunos otros enseres necesarios para la caminata.

 Al llegar al sitio desde donde parte la expedición cargamos cada quien con su mochila y caminamos durante más de tres kilómetros. Una cañada de más de 30 metros de profundidad se reveló ante nosotros. Hay que descender para acercarse a la boca de la cueva. Lo hacemos despacio, uno por uno, utilizando cada quién su equipo de rapel. Al llegar a la boca de la cueva se escucha el ajetreo del mundo subterráneo.

Las aguas de este río tienen su origen en el Nevado de Toluca, llegan después a la población de Chontalcoatlán, de donde obtienen su nombre, para después internarse 5 mil 287 metros en una caverna de disolución.

Al caminar por el lugar pasamos por tramos de río donde el agua nos llega a la cintura, agradezco no haber traído mezclilla —habría pesado demasiado— y de traer calcetines, pues así las piedritas que entran al zapato no escocen la piel ni la carne.

Nos detenemos a descansar en un lugar al que le llaman La Catedral, especie de montaña escalonada en cuya cima hay una bandera y donde cada 24 de febrero se celebra al lábaro patrio.

"Es el único símbolo patrio que se encuentra bajo tierra" dice Gustavo, el guía.

Es inevitable que, al estar dentro de la cueva, quieras llevarte algún recuerdo. Sin embargo, "no se les permite llevarse nada. Hay quien quiere una piedra cuyas vetas brillan bajo la luz de una lámpara, el cadáver de un insecto o un pedazo de estalagmita. Tampoco se permite dejar nada. Todo se saca, desde los restos de comida hasta los desechos fisiológicos".

Al llegar a la zona de campamento nos cambiamos de ropa bajo la trémula luz de la lámpara. Nos recostamos sobre una colchoneta, dentro de una bolsa de dormir. Imposible encender una fogata, pues el humo quedaría atrapado en la cueva y podría dañar a los animales e insectos que habitan ahí. No se siente frío.

Por la noche se escuchan los incesantes murmullos del río y del viento. El sonido del murciélago es frecuente.

Horas más tarde, poco después de las seis de la mañana, los guías ya están de pie, preparando el desayuno basado en carbohidratos para recuperar la energía perdida. Un poco de espagueti, quesadillas y mortadela.

Salimos de la cueva en un lugar que llaman La Ventana. Tras caminar casi 9 kilómetros, regresamos a la superficie donde todo tiene una textura menos onírica y las estructuras son reconocibles.

Dejo mi mochila y me recuesto a espaldas de una piedra. Me embarga una sosegada nostalgia.

 

 

 


 





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