La romana, mora, cristiana y también judía, ciudad de las cuatro
culturas, atravesada por el río Ebro, al nordeste de España, con más de
2000 años de historia ha vivido todo. Conquista romana, invasión
visigoda, el reino de Taifa, judería, reinos católicos, persecuciones;
pestes y guerras, quema de brujas, el florecer renacentista, los
excesos del barroco, las visitas peregrinas de la ruta de Santiago, los
bombardeos de uno y otro color en la Guerra Civil...
Y, ahora, el futuro: transformada en una de las más fuertes ciudades en
servicios y turismo, habrá un antes y un después de Expo Zaragoza 2008,
bajo el lema Agua y Desarrollo Sustentable, que se realizará entre el
14 de junio y el 14 de septiembre. Se esperan siete millones de
visitantes.
Una gran ciudad de ladrillo, adobe, cerámica y hierro forjado,
inmemorial y sorpresiva, donde el pasado remoto asoma con cada obra en
construcción. Por todos los rincones, circula el buen humor. Su gente
está lejos del gruñido y muy cerca de la sonrisa.
Hay decenas de bares con mesas en la vereda, para almorzar almejas o un
ternasco (cordero) asado, con una copa de somontano o garnacha -dos de
las denominaciones de origen de la región-.
A un paso de la catedral de estilo ecléctico, en la inmensidad de la
plaza del Pilar, se anticipan las pinceladas de Goya, su artista de
cabecera, que nació en el cercano pueblo de Fuendetodos, pero se
instaló aquí, donde se admiran sus murales (célebre, la cúpula Regina
Martirum en el Pilar), pinturas cortesanas y aguatintas, con los que
testimonió los horrores de la guerra por la invasión napoleónica a
principios del siglo XIX.
Para comer en ámbito medieval, podrá ir a La Bastilla, junto a la
muralla romana, en un edificio del siglo XIII, cuyo chef honra la
tradición aragonesa.
De postre, si se quiere, un espectáculo de jota, a cargo del grupo folclórico "D Aragón".