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Es de mañana. Hay que tomar la carretera que sale desde el pueblo de
San Ignacio, Baja California Sur, hacia el norte. En la camioneta se
guardan las tienda de campaña y bolsas de dormir.
El guía lleva consigo comida suficiente para tres días y algunos enseres de cocina.
Tu destino es un rancho –a más de mil metros sobre el nivel del mar–,
llamado San Francisco de la Sierra, desde donde partes hacia las
célebres pinturas rupestres de Baja California.
Un viaje a la historia
Al escuchar ese término: "pinturas rupestres", probablemente
recuerdas tus épocas escolares donde te hablaron brevemente sobre
Altamira, en España, y Lascaux, en Francia. Sabrás, quizá, que éstas
son los testimonios visuales de los primeros pobladores de la era
paleolítica.
Todos los grupos humanos, al pasar por la fase de cazadores nómadas
pintaron lo que veían a su alrededor. Se aprecia en ellas, dependiendo
la zona, imágenes de bisontes, mamuts, venados, borrego cimarrón y
figuras humanas que muestran el misticismo propio de su forma de vida y
sus creencias. Las pinturas rupestres de Baja California Sur forman
parte de esta tradición.
Según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) las
cuevas de la Sierra de San Francisco fueron aprovechadas por los ya
desaparecidos pericuas, guaycuras y cochimíes para elaborar pinturas
rupestres.
A pesar de que se sabe poco sobre estos grupos humanos, los
investigadores del INAH han dedicado gran esfuerzo a estudiar los más
de 300 sitios de arte rupestre a lo largo de la península.
La cueva Pintada, la más famosa, conserva más de 100 metros de murales
de hasta cinco metros de altura de más de 73 siglos de antigüedad.
Cansado, pero mágico
La empresa Kuyimá, con base en San Ignacio y especializada en
ecoturismo, es la que organiza el recorrido. Éste es conducido por
guías naturalistas y guías locales, quienes te iniciarán en los
conocimientos sobre vegetación y formaciones del lugar, así como en la
mística del arte rupestre. En sus paquetes incluyen transporte, equipo
de campamento, mulas y alimentos.
Aunque las cuevas son Patrimonio Mundial declarado por la UNESCO, este
recorrido no es meramente cultural, de hecho tendrás que gozar de una
buena condición física para disfrutarlo.
La expedición comienza una vez que has llegado al rancho de San
Francisco de la Sierra. Ahí tendrás que montar una mula que te llevará
por caminos intrincados, paisajes naturales de majestuosa presencia,
hacia el Cañón de Santa Teresa.
Después de algunas horas de caminar o cabalgar – cuatro horas
aproximadamente– llegas al arroyo San Pablo, mismo que vadeas hasta tu
centro de operaciones, en el poblado de El Cacarizo, donde además de
los murales de La Soledad, las Flechas, Los Músicos y la Boca de San
Julio, podrás asistir a las fiestas del Santo Patrono del lugar.
Además, vivaquearás bajo un cielo estrellado propio de localidades
rurales.