Viena, Aust.- El centro de la ciudad, con sus largas y elegantes
avenidas, invita a caminar. Allí se encuentran construcciones antiguas
al lado de tiendas lujosas.
El edificio de La Ópera de Viena, una
de las más importantes del mundo, data de 1869. La capital austriaca
ofrece, además del recorrido musical, calles que invitan al paseo,
iglesias, museos y una famosa torta de chocolate.
Ludwig Van
Beethoven murió el 26 de marzo de 1827 mientras una gigantesca tormenta
de nieve dejaba un manto blanco sobre Viena y con ella se iba la vida
de uno de los grandes genios de la historia.
Las tardes y noches
de tempestad las usaba Beethoven para dedicarse a la composición de sus
más gloriosas obras, como los pasajes triunfales de la Novena Sinfonía,
convertida hoy en himno de la Unión Europea.
Beethoven murió en un
pequeño apartamento en pleno centro de la capital de Austria, justo
detrás
de la actual Votivkirche -Iglesia Votiva-, donde vivía desde
apenas hace unos meses.
Desde su llegada a Viena, procedente de la
ciudad alemana de Bonn, en 1792, el genio sordo vivió en 65 casas
distintas porque detestaba que le escucharan y cada pocos meses
escapaba de sus curiosos vecinos.
A finales de aquel turbulento
siglo XVIII europeo, la corte del imperio austrohúngaro era un
formidable mecenas para todo tipo de artistas, que se cobijaban en
Viena, capital imperial, bajo el aura de otro artista, este ya
consagrado, Wolfgang Amadeus Mozart.
Según las crónicas, una
tarde, escuchando al joven Beethoven, Mozart dijo: "recordadlo, algún
día el mundo entero hablará de él".
Los austriacos dicen que tienen
una capital demasiado grande y majestuosa en comparación con su pequeño
país. Sus avenidas, largas y elegantes, invitan al paseo, sus iglesias
son museos al aire libre y la ciudad está plagada de estatuas en
calles, plazas y parques.
Las huellas de Beethoven
Viena ha
cambiado desde la época de Beethoven, pero algunos lugares observan
impasibles el paso de los siglos. Cerca de la Griechische Kirche
—Iglesia griega—, en el Fleischmarkt —antiguo mercado de la carne— se
encuentra el Griechenbeisl, un restaurante que presume de haber
cumplido los cinco siglos y haber recibido como cliente al mismísimo
Beethoven, que allí se encontraba, ante grandes cervezas y estofados de
cordero, con músicos y artistas.
En Viena no es difícil encontrar
placas que recuerdan los pasos del compositor. En el barrio de Grinzing
se encuentra el número 2 de la plaza Pfarrplatz, donde empezó en 1817 a
componer la Novena Sinfonía. Hoy es un café, el Heuriger.
Muy
cerca encontramos la iglesia de San Jaime, reconstruida después de que
los turcos la destruyeran a finales del siglo XVII, y que marca el
lugar hasta donde llegaron las invasiones otomanas en Europa, frenadas
precisamente en Viena.
Sin embargo, es difícil encontrar los 65
sitios donde vivió Beethoven, pues cambió de alojamiento casi dos veces
al año durante más de tres décadas. En 1806, por ejemplo, abandonó el
apartamento que le había ofrecido su mecenas el príncipe Lichnowsky,
quien le pidió que actuara ante varios oficiales del ejército francés.
Beethoven
se negó y días más tarde le escribió unas letras: “Príncipe, lo que
usted es, lo es por la suerte de su nacimiento. Todavía habrá miles de
príncipes, pero solo hay un Beethoven”. Esta actitud se debió a sus
convicciones republicanas.
Su tercera sinfonía, La Heroica,
acabada en mayo de 1804, debía estar dedicada a Napoleón, pero cuando
el francés se coronó emperador, el compositor quedó amargamente
decepcionado — “no es más que un hombre como los demás, ahora violará
los derechos de los hombres y se convertirá en un tirano”— y se ahorró
la dedicatoria en la partitura original.
Cuando Napoleón cayó
derrotado en España ante las tropas del británico Wellington, Beethoven
compuso “La Batalla” en honor de los vencedores.
Honores tras su muerte
Viena no admiró todo el esplendor de la obra de Beethoven mientras el genio vivió. Después
de un concierto en 1808, en el que el compositor dirigió la orquesta e
interpretó la Quinta y Sexta sinfonías, la “Fantasía Coral” y el
“Concierto para Piano número 4”, un crítico musical calificó el
espectáculo como “poco satisfactorio”.
La página del periódico de
la época se guarda en la Casa de la Música. A Beethoven lo despidieron,
el día de su funeral, 30 mil personas y los mejores músicos de la época
interpretaron el “Réquiem” de Mozart en la iglesia de los Agustinos.
Junto a otros maestros
Beethoven
está enterrado en un espacio reservado para músicos en el Cementerio
Central, situado, a pesar de su nombre, en la periferia de Viena, junto
a 2.5 millones de sepulturas.
Los vieneses les dicen a sus vecinos
suizos que el cementerio es la mitad de grande que la ciudad suiza de
Berna, pero el doble de divertido. La tumba del maestro, un obelisco,
está junto a las de Mozart y otro de los grandes maestros musicales de
la historia, Schubert.
Además de seguir los pasos de Beethoven, en
Viena no se pueden dejar de ver lugares como el palacio del Belvedere,
el pintoresco Maschmarkt y el Museumsquartier —barrio de los museos—,
donde hay obras de Klimt, Kokoschka y Bruegel el Viejo.
Una visita
ineludible es la Casa de la Música, un maravilloso y moderno museo con
salas tradicionales y otras virtuales. Para acabar la visita a la
capital austriaca, nada como subirse a la noria del Pratter y sentirse
como el perseguido Orson Welles de “El tercer hombre”.
Si usted va
Un pasaje de ida y vuelta desde Madrid, París o Londres suele costar alrededor de 250 euros (4 mil 225 pesos).
Uno
de los hoteles más bellos de Viena es el König von Ungarn, en el número
10 de la calle Schulerstraße. Pero también es uno de los más caros, con
habitaciones dobles desde 198 euros (3 mil 346 pesos).
El Hotel Post, en el 24 de Fleischmarkt, ofrece habitaciones dobles por menos de 100 euros (mil 690 pesos)
Los
albergues juveniles austriacos —donde no hay límites de edad a pesar de
su nombre— son una gran opción debido a que son de los mejores de
Europa y no cobran más de 30 euros (507 pesos) la noche (www.iyhf.org). Inf: www.austria-tourism.at. y www.viena.at.
Dónde
comer
La oferta gastronómica es extremadamente variada y acorde con
los precios de la ciudad, una de las más caras de Europa.
Aunque
para dormir en él hay que pagar sumas desorbitadas, merece la pena
acercarse hasta la cafetería del hotel Sacher para probar su famosa
sachertorte, una tarta de chocolate aclamada desde hace décadas.
vrs/amr