No es hielo ni espuma que se desparrama sobre el acantilado de más de 200 metros de altura.
Son cascadas petrificadas de un blanco reluciente (como las de Hierve
el Agua, nuestra versión oaxaqueña), destino de recreo y para curar las
dolencias.
Su agua brota a 35° C de un manantial, formando
pequeñas albercas escalonadas de color turquesa que refrescan a los
bañistas durante la temporada de calor.
¿A qué se debe su formación? a la concentración de cal, debido a la evaporación de gas carbónico.
Ahí mismo se encuentran las ruinas de Hierápolis, una villa de descanso
fundada en el 190 a.C. Desde entonces ha sido considerada un centro
turístico, famoso por sus aguas termales que, se dice, tienen
propiedades curativas.
Después de un chapuzón o de una serie fotográfica de Pamukkale, que en
turco significa "castillo de algodón" (la serie debe incluir un
atardecer de reflejos rosados sobre la piedra), dedica un rato a
visitar las ruinas de la antigua Hierápolis, su teatro que aún ofrece
presentaciones, un templo dedicado a Apolo, una iglesia bizantina y la
necrópolis.