alejandro.jiménez@eluniversal.com.mx
MAZATLÁN, Sin.— Pocos sabíamos que en Mazatlán se pueden avistar
ballenas o delfines. Sabíamos que podíamos tener playa, comer carnes y
mariscos, tomar cerveza Pacífico, ver "morritas" hermosas y escuchar
música de banda todo el día, pero no que a una hora de navegación del
puerto es posible disfrutar de uno de los espectáculos de la naturaleza
más impresionantes.
Oceanógrafos de la empresa ONCA Explorations, la mayoría
mexicanos, pero que cuenta con apoyo de estudiantes extranjeros
–canadienses y chilenos principalmente–, convirtieron su afición y
estudio en una experiencia turística con la que, al mismo tiempo que
realizan sus experimentos y estadísticas, se financian de llevar a los
interesados a ver delfines y ballenas en su estado natural.
En lanchas equipadas para transportar turistas, organizan
salidas diarias a buscar delfines y ballenas en los meses de noviembre
a abril.
Las citas suelen ser en el muelle 12 del puerto, a las seis y media de
la mañana, para recibir una explicación científica de media hora sobre
los especímenes.
El día que estuvo picado el mar
Se sale con la idea de que hay posibilidades de no ver ningún
animal y de que no se les podrá tocar. Aquí nadie baja de la lancha,
nadie arroja nada, mucho menos comida. Se advierte que ese día en que
estamos ahí reunidos está particularmente picado el mar, lo que
dificultará los avistamientos.
Después de nuestra pastillota contra el mareo salimos rumbo a
la bahía, donde se pasa por entre las islas frente a la costa
mazatleca: Venados, Pájaros y Lobos.
Media hora fue de brincos y tumbos. Hubo algunos mareados, pero
los guías oceanógrafos disfrutaban como si estuvieran en una montaña
rusa. Hay que diferenciar estos paseos de aquellos donde los
anfitriones son chavitos que hacen bromas, bailan y embriagan gringos.
Aquí no. Lo que se escucha todo el tiempo son explicaciones científicas
del comportamiento de los animales.
Tras 45 minutos de oleaje en contra, Oscar, el capitán, decide
dirigirse a un punto donde se ven muchas aves pescando. "Si hay pájaros
hay comida; si hay comida hay delfines". Y en efecto, de pronto
estábamos en medio de un cardumen cuyo tamaño sorprendió a los propios
guías.
No menos de 200 delfines, y Oscar buscó alinearse a su
velocidad. Quedamos en medio de saltos y "risas" de delfines que
agitaban las aguas para atarantar pececillos y comerlos.
El oleaje subía y bajaba. La velocidad de los obturadores de las
cámaras no iba a la misma de los brincos y las piruetas de los
cetáceos. Pocas fotografías salieron.
Los oceanógrafos tomaban notas, se gritaban entre ellos: datos,
posición, coordinadas, color de los animales, tamaño de sus aletas. Un
festín de estudio.
El regreso fue más terso. Los mareados se fueron reponiendo. Cuatro horas después, regresamos al muelle 12.