Todos los jueves 120 señoras de la humilde colonia Palo Solo, del municipio mexiquense Huixquilucan, se reúnen para reportar la producción semanal de bolsas que elaboran desde sus hogares junto a familiares.
Han conformado pequeños grupos industriales, dice Judith Achar, quien de esta forma encontró la solución para no depender de la caridad de empresarios con donativos al sacar adelante a una colonia marcada por la marginación.
Ahora las madres de los niños que acuden a la escuela con formación Montessori de la localidad no sólo retribuyen a la economía familiar, sino que detonan mejoras sociales.
Todo comenzó hace cinco años en un viaje que Judith realizó a la sierra nahua de Piedra Alta, donde conoció a una indígena que tejía bolsas a partir de envolturas de desecho.
De ahí que en el bote de la basura estaba la respuesta a la búsqueda de una actividad productiva diferente.
Hacía ya tiempo que Judith, guía Montessori de profesión, intentaba impulsar negocios para solventar las necesidades de los pobladores paradójicamente asentados en la cima de una barranca a escasos metros de opulentas edificaciones.
Del diálogo con la mujer indígena, Judith Achar encontró el nombre de la empresas y marca que viste a las bolsas.
—Mitz, mitz —decía la nativa con un gesto de agradecimiento. En su asombro, Judith no lograba entender aquellas palabras en náhuatl hasta que descubrió se trataba de un obsequio.
“Para ti” se convirtió en la manera de combatir la desnutrición severa de los niños, el descuido en invierno y al empleo de los padres (muchos de ellos albañiles), y otro tipo de necesidades de las familias.
“Decidí que lo más efectivo para instituciones sociales es crear proyectos productivos, que vean por el empleo de los padres que lo necesitan y a la vez por el beneficio de la escuela para garantizar la educación de los niños”, resume Judith en entrevista.
Al principio fue la maquila de joyería donde se empaquetaban collares, después kits navideños para armar, experiencias todas exitosas pero que dependían de la estacionalidad de las ventas. Le siguió la repostería que terminó por descartarse luego de las pérdidas ante inventarios rezagados.
Pero las bolsas resultaron el negocio donde no existían perecederos ni implicaba una inversión, pues los insumos se obtenían de la pepena en baldíos.
Con 28 años de servicio, la escuela de Palo Solo adoptó el modelo y hoy surte las tres tiendas que la compañía de confitería Mars opera en Estados Unidos.
Bajo la marca de los chocolates M&M, las mujeres de la localidad confeccionan 40 modelos diferentes de bolsas en 40 distintas tonalidades.
De este impulso, pues la compañía dona los residuos de sus plásticos, las familias del lugar dejaron de depender de la recolecta de envolturas, la cual ya involucraba a colegios particulares con el afán de inculcar la cultura del reciclaje.
Atrás quedaron aquellas marcas de producción que con el esfuerzo de cuatro madres estaban tasadas en 12 unidades mensuales, para registrar en la actualidad mil 600 piezas que terminan en su totalidad en los aparadores de las tiendas de Mars en Orlando, Las Vegas y Nueva York.
“Al principio las bolsas las distribuía entre mis amigas y conocidos... Después me empezaron a buscar de Alemania, Francia, Italia y España, quienes pedían que les vendiéramos la artesanía”.
El éxito de la empresa es tal que ya se considera llevar el modelo a otras instituciones de asistencia privada.
Judith no abunda en ello, pero dice que una escuela para niños con sordera adoptará el esquema para impulsar la productividad con familiares.
Además, el colegio que fundara Julieta Rivera Ríos está en fase de crecimiento pues se prevé abrir el segundo centro de atención en Palo Solo que permitiría incrementar la enseñanza a 500 niños, de los 280 que hoy reciben clases todos los días.
Al replicar el modelo, explica Judith, se logra la autosuficiencia de una escuela y que las mamás encuentren una fuente de ingresos sin que descuiden el hogar.
“Como educadoras que somos, sabemos que es importante que las madres sigan al pendiente de los hijos.
“Nuestras artesanas trabajan en sus casas, atienden a sus hijos, están al pendiente de sus obligaciones y en los tiempos libres hacen las artesanías”.
Debido a que Judith se encarga del tema de exportaciones, ventas y desplazamiento del producto, las señoras sólo se dedican a la producción. Según el número de piezas que elaboren es el pago que reciben. Todo el concepto fue premiado el año pasado por la BBC de Londres en una convocatoria que reunió a 970 proyectos sociales. Mitz terminó en la posición cuatro entre los 12 finalistas.
De acuerdo con Judith, la propuesta se reconoció por involucrar la cultura del reciclaje, educación y generación de empleos, además del comercio justo, donde se paga dignamente la mano de obra y no hay gastos injustificados.
Por si todo esto fuera poco, Judith apunta que, debido a que el pago es proporcional a la productividad, hay madres que integran a su familia.
“Conozco varios hogares —pequeñas industrias familiares— donde se involucra a todos los integrantes. Cada quien tiene su rol y para la gente de la tercera edad se convierte en una terapia laboral”.