A veces uno ve en la televisión o lee en los periódicos los casos de
deportación, privación de la libertad y pisoteo de derechos humanos.
Cuando veía esas noticias, trataba de ponerme en esa situación; pero
siempre pensaba “eso nunca me va a pasar a mi”.El 30 de diciembre de
2007, en el aeropuerto de Barcelona, España, perdí mi libertad durante
26 horas, fui tratada como criminal y pisotearon mi dignidad llamándome
mentirosa.
Con toda la ilusión de nuestro primer viaje a Europa, preparamos un
itinerario de 12 días en Barcelona y París. Mi amiga también iría tres
días a Estocolmo.Teníamos boletos de avión de regreso; traíamos el
dinero que nos pide migración para pasar: en mi caso 645 euros además
de tarjeta de débito con 2 mil dólares.Nos faltó un requisito: la carta
de invitación expedida por la policía española, documento del cual no
teníamos conocimiento.
Arribamos a Barcelona, nos pidieron el pasaporte y empezaron a hacer
preguntas a mi amiga: ¿A qué iba?, ¿con quién?, ¿dónde se iba a
quedar?, ¿en dónde estudiaba su hermana? Y después le pidieron una
carta de invitación. Teníamos más una hora esperando con la
mortificación de que la hermana de mi amiga no sabía de nosotras,
cuando de otro vuelo mandaron a dos chicas estudiantes mexicanas a
esperar. Ellas se encontraban en un caso parecido al de nosotras: sin
carta de invitación, pero iban a visitar a un amigo que estaba de
vacaciones en Barcelona. Una de ellas era rubia, sólo entrevistaron a
la morena. A la media hora, las dejaron ir previa regañada al amigo que
las recibiría por no llevar la carta de invitación.
Después de este incidente, mi amiga preguntó por un teléfono para
llamar y decirle a su hermana donde estábamos. Una mujer policía nos
gritó que a ella no le importaban los problemas que tuviéramos.
Esperamos otros 15 o 20 minutos hasta que por fin resolvieron que nos
iban a regresar (aunque a nosotras nos dijeron mucho después).En la
última entrevista pedimos un teléfono.
El oficial nos dijo que nos llevaría a una sala de espera que resultó
ser el cuarto de detención, ahí vimos que había también dos chilenos,
un argentino, una marroquí, una filipina y dos mexicanos más. Todos de
piel oscura.Había dos teléfonos, uno para hacer llamadas y otro para
recibirlas, ambos descompuestos: no se podían hacer llamadas (uno no
servía y otro estaba atascado de monedas).
El que recibía tenía un falso en el cable.En relación a los teléfonos,
cada llamada al extranjero era de cinco euros y los compañeros que
pudieron llamar a sus familiares gastaron más de 15 euros.Después de
unas horas, nos pasaron con un abogado que nunca nos recomendó nada,
excepto firmar las hojas que nos dieron los policías.
Después de 26 horas encerradas, nos regresamos a Atlanta (de donde
había salido nuestro vuelo). Dos policías nos llevaron hasta la entrada
del avión, y allí les dieron nuestros papeles a la azafata, para que
ella se los diera a la policía migratoria de Estados Unidos.Los
oficiales de migración en Atlanta no entendían por qué nos deportaron
de España y se portaron muy amables con nosotras.
En resumen:En el tiempo que estuvimos privadas de nuestra libertad no
pudimos hacer ninguna llamada porque los teléfonos estaban
descompuestos. No nos permitieron nuestras maletas, sólo el equipaje de
mano, y aunque hubiera regaderas, no nos dieron jabón ni toallas. Nos
daban tres alimentos diarios, un café y dos botellas de agua al día,
todo lo demás lo teníamos que comprar, si es que el guardia en turno
quería ir por las cosas.Al requerir toallas sanitarias, nos dijeron que
no era supermercado.
¿Por qué no nos dieron la opción de cambiar nuestro boleto a otro
lugar? Al DF por ejemplo. Teníamos recursos monetarios y lo
demostramos. Por supuesto que perdimos los vuelos de
Girona-París-Girona. Mi amiga también perdió su vuelo a Estocolmo.Aquí
somos hospitalarios con ellos e incluso les permitimos cosas tan
nefastas como aniquilar el patrimonio ambiental como el caso de Cancún.
Por mi parte, lo pensaría mucho antes de volver a España.