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Restaurador de dioses oficio en declive

Don Carlos lamenta que su labor de volver la vida a las pequeñas imágenes desaparezca y que ni sus propios hijos sigan sus pasos
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Luis Guillermo Hernández / El Universal
El Universal

Lunes 24 de diciembre de 2007

df@eluniversal.com.mx

Cuando llegó de Houston para curarse en las manos de Carlos, el pequeño Jesús era un rompecabezas sin arreglo, una mezcla terrosa que le dolían a toda su familia.

“Yo curo con gusto, con amor pues, por eso me lo mandaron”, afirma el restaurador.

Ni siquiera habían pasado tantos días, y el pequeño Jesús, sus dedos diminutos, sus ojos de concha nácar, la piel de tierra lisa y fulgurante, había recuperado su estructura original, pero sin cicatrices... Imagen religiosa vuelta un niño.

“Creo que es el mejor trabajo que he hecho”, dice Carlos detrás de la vitrina. “Cuando me lo trajeron estaba todo roto; me lo mandaron desde allá quebrado, yo creo que por el viaje, y les hice un trabajo muy bueno”.

Al sonido de la voz del curador de dioses se le mezclan olores picantes de suadero y cecina adobada con limón y cebolla que se asan en comales de las taquerías cercanas.

Al mediodía, el mercado de Tacuba bulle, tapizado de pancartas enfurecidas contra la construcción de un estacionamiento subterráneo en el corazón de la barriada: “Tacuba no es valé parking de Polanco”, “No al plan de la delegada Totalmente Palacio (Gabriela Cuevas)”, se lee en algunas.

El barrio grita. Se mueve. De las manos de Carlos —que de no ser por el abundante vello encanecido bien podrían pasar por las de un niño beisbolista— salen caricias de yeso y esmalte, leves toques de resina para el inmenso agujero que resquebraja la rodilla del siguiente Niño Dios que habrá de ser curado.

“Nací con el mercado”, dice, y en la boca cubierta de bigote entrecano se le forma una pelota morena de orgullo. “Son 51 años trabajando. Ya quedamos pocos, el hospital de muñecas del otro lado, otros más y ya”, cuenta de su oficio.

De los casi 600 trabajos que puede hacer al año a 100 pesos en promedio, al menos 450 se le juntan entre la segunda semana de noviembre y la primera quincena de febrero. “Llega un momento en estas épocas en que tengo que regresar niños, porque no me doy abasto”.

—¿Y cómo sabe cuándo está bien restaurado un niño?

—Pues les pongo sus pestañas de pelito de borrego nonato, les pongo sus chapas, las cejas. Los raspo suave para que no se le vean las cicatrices, que no se note nada. Hay quienes dicen que los niños van contentos cuando se los llevan, que sonríen. Hasta me dicen que se los cambio, que no les hago nada”.

—¿Y sí les hace?

—Uno trata de hacerlo lo mejor. Igualarles la pintura, el color de la espaldita, que no le da luz es el mejor color pa’ igualar. Me han traído hasta de Brasily Perú y se los reparo. También de otras religiones, santas muertes... De la India, Budas”.

En los anaqueles que ocupan casi todo el local, las figuras de niños Dios son mayoría, principalmente rubios, alguno que otro moreno, de todos los tamaños posibles.

—¿No es acaso un oficio devorado por el tiempo?...

La respuesta lo detiene un poco. Dice que ninguno de sus dos hijos seguirá su oficio. Confirma que poco a poco la clientela es menos. También señala que se dedica a la jardinería.

“Me los traen y luego los dejan olvidados... Cuando pasa un tiempo, los regalo. Dicen que regalar un Niño Dios a un enfermo es bueno para curarlo”.

Para muchos, el Niño Dios es como un integrante de la casa. “La gente los trata con cariño. Hay quienes no me los dejan. Los traen en la mañana y en la noche vienen por ellos. O los traen cubiertos con sábanas, o viene toda la familia a dejarlo”, cuenta mientras toma uno de la vitrina y, como si fuera un bebé, le protege la nuca para alzarlo.

Observa al pequeño Niño Dios que lleva entre las manos. Tiene en la mirada incrustaciones de vidrio, las pestañas son selvas en verano, los labios rosados, la sonrisa.

 


 




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