SAN IGNACIO, Sin.— Los días son calmos, hasta que aparece un grupo
de turistas y todo el pueblo se alborota. Los que llegan no esperan
encontrar restaurantes gourmet, ni un hotel de cinco estrellas, tampoco
beber martinis en el sofá de un lounge; mucho menos pasar la tarde de
shopping. Vienen a convivir con la gente del municipio de San Ignacio,
a saber de sus costumbres, de cómo transcurre su cotidianidad, a
meterse, literalmente, a la cocina de las casas y probar los sabores
locales.
Esto es parte del turismo rural que se desarrolla en la llamada Ruta de
las Misiones, conformada por los pequeños poblados de Cabazán, San
Javier, La Labor y San Ignacio, en la zona sur del estado de Sinaloa.
Que quede claro que no es para todos. El proyecto que arrancó hace un
año apenas, está hecho a la medida de quien aprecia las cosas simples:
andar calles empedradas y disparar la cámara a cuanta fachada llame la
atención, a las torres de la iglesia, al viejito que se quedó dormido
en su mecedora viendo pasar la vida fuera de su casa, a la niña de ojos
y pestañas grandotas que posa tímida, pero finalmente posa, coqueta, a
la lente del extraño; al perrillo que, muy valentón, ladra, pero no
muerde, y fastidioso sigue a los extraños.
Aquí es fácil hacerse amigo de la gente, encontrarse con alguien que le
sirva a uno de guía para explorar los alrededores y avistar al trogón
elegante (un ave de la que se dice es pariente muy cercana del
quetzal), a la urraca cara bonita y al carpintero pico de marfil.
Los días son soleados, con un calor que en periodo otoñal alcanza los
35 grados centígrados, suficientes para hacer chorrear en sudor a quien
no esté acostumbrado al clima.
En temporada seca el paisaje se pinta de marrón, cuando los árboles se
deshacen de sus hojas para poder sobrevivir. Pero después de las
lluvias esta selva reverdece y su follaje parece perenne.
Los que viven en este lugar, están aprendiendo a tratar a las visitas,
a darles motivos para que regresen en otra escapada. Y tienen potencial
para lograrlo. Basta con ver las fachadas centerarias de sus casas,
pintadas de colores fuertes, con grandes portales adornados de macetas,
el clima, la frondosa vegetación y abundancia de aves que tupen los
árboles y los cielos sobre todo en noviembre, las costumbres y sus
fiestas populares que siguen vivas después de tantos años, su
hospitalidad sincera, su machaca con salsa molcajeteada y tortillas de
nixtamal recién hechas.