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Sinaloa de pueblo en pueblo

La Ruta de las Misiones está integrada por comunidades pequeñitas que expresan su encanto tanto en las fachadas coloridas, como en su cocina casera y en la amabilidad de sus habitantes
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Texto Y Foto: Gretel Zanella
El Universal

Domingo 11 de noviembre de 2007


SAN IGNACIO, Sin.— Los días son calmos, hasta que aparece un grupo de turistas y todo el pueblo se alborota. Los que llegan no esperan encontrar restaurantes gourmet, ni un hotel de cinco estrellas, tampoco beber martinis en el sofá de un lounge; mucho menos pasar la tarde de shopping. Vienen a convivir con la gente del municipio de San Ignacio, a saber de sus costumbres, de cómo transcurre su cotidianidad, a meterse, literalmente, a la cocina de las casas y probar los sabores locales.

Esto es parte del turismo rural que se desarrolla en la llamada Ruta de las Misiones, conformada por los pequeños poblados de Cabazán, San Javier, La Labor y San Ignacio, en la zona sur del estado de Sinaloa.

Que quede claro que no es para todos. El proyecto que arrancó hace un año apenas, está hecho a la medida de quien aprecia las cosas simples: andar calles empedradas y disparar la cámara a cuanta fachada llame la atención, a las torres de la iglesia, al viejito que se quedó dormido en su mecedora viendo pasar la vida fuera de su casa, a la niña de ojos y pestañas grandotas que posa tímida, pero finalmente posa, coqueta, a la lente del extraño; al perrillo que, muy valentón, ladra, pero no muerde, y fastidioso sigue a los extraños.

Aquí es fácil hacerse amigo de la gente, encontrarse con alguien que le sirva a uno de guía para explorar los alrededores y avistar al trogón elegante (un ave de la que se dice es pariente muy cercana del quetzal), a la urraca cara bonita y al carpintero pico de marfil.

Los días son soleados, con un calor que en periodo otoñal alcanza los 35 grados centígrados, suficientes para hacer chorrear en sudor a quien no esté acostumbrado al clima.

En temporada seca el paisaje se pinta de marrón, cuando los árboles se deshacen de sus hojas para poder sobrevivir. Pero después de las lluvias esta selva reverdece y su follaje parece perenne.

Los que viven en este lugar, están aprendiendo a tratar a las visitas, a darles motivos para que regresen en otra escapada. Y tienen potencial para lograrlo. Basta con ver las fachadas centerarias de sus casas, pintadas de colores fuertes, con grandes portales adornados de macetas, el clima, la frondosa vegetación y abundancia de aves que tupen los árboles y los cielos sobre todo en noviembre, las costumbres y sus fiestas populares que siguen vivas después de tantos años, su hospitalidad sincera, su machaca con salsa molcajeteada y tortillas de nixtamal recién hechas.


 





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