París normalmente se define a si misma como una ciudad de museos,
monumentos, vecindarios y compras –además de grandes oportunidades para
comer. Pero hay otra manera de descubrir su historia, cultura y
cotidianidad, una travesía que hasta los mismos parisinos pasan de
largo: sus casi 100 iglesias.
Ver a la capital gala a través de sus recintos religiosos —sus "vastas
sinfonías de piedra" parafraseando una descripción de Victor Hugo de su
amada Notre Dame— es como morirse por un rayo. Las sorpresas van de lo
alucinante (el intrincadamente labrado arco de la iglesia de St.
Étienne-du-Mont, localizada junto al panteón, a lo culinario, (el
sótano de la iglesia polaca del siglo XVII Notre-Dame, de l’Assomption
que funciona como un restaurante, ofreciendo milanesas de puerco).
Ciertamente, París no es Roma, donde el Vaticano compite para dominar
el paisaje, y cada esquina tendría una iglesia llena de monjas y
sacerdotes. Ahí, parece perfectamente natural andar de iglesia en
iglesia, sabiendo que tarde o temprano, uno se encontrará un tesoro.
París, en contraste da el aire de lo sofisticado y lo secular. Este
después de todo es el país que en 1905 creó un código que separa a la
Iglesia del Estado; hoy , incluso, no se puede preguntar por la
religión en los censos.
Los templos son sobrevivientes silenciosos, testigos de sucesivos levantamientos en Francia.
Comienza la travesía
¿Cómo empezar? Es fácil. Para los primerizos es necesaria una visita a
Notre Dame (el monumento más visitado en la ciudad) y Sacré Coeur (el
segundo) por arriba del Louvre (tercer lugar) y la Torre Eiffel (cuarto
lugar). Decidir que vale la más la pena por descubrir es difícil, en
parte porque no hay unidad entre las iglesias.
Se agrupan en diferentes categorías históricas: las iglesias medievales
como la Ste.-Chapelle, uno de los mejores ejemplos de arquitectura
gótica; las renacentistas francesas que mezclan lo mejor del gótico con
detalles clásicos como la de St-Eustache cerca de Les Halles;
arquitectura clásica y barroca del siglo XVII como la iglesia jesuita
de St.-Paul-St.-Louis: los grandes templos neoclásicos llegaron un
siglo después incluyendo el Panteón; y finalmente las extravagancias
del siglo XIX con columnas y vigas de hierros como las de
St.-Augustian, producto de la renovación del siglo XIX del barón
Haussman.
Otro reto es que la mayoría de las pequeñas e intrigantes iglesias no
están acostumbradas a los turistas. Los tours disponibles en inglés
enfocados en iglesias no son de fiar, así que a uno debe de gustarle
deambular.
Muchas iglesias sólo tienen luz natural, por lo que sus atmósferas
cambian al pasar el día. La pintura de "St. Étienne predicando al
Ángel" en la iglesia de St.-Thomas-d’Aquin, una estructura limpia y
elegante cerca de la rue du Bac, es luminosa por la mañana y opaca por
las tardes. Lo mismo pasa con "La transfiguración" situada en el techo,
arriba del altar, la única parte de la decoración original que
sobrevivió a los revolucionarios.
Se pueden seguir a St.-Sulpice, en el sexto Arrondissementen la parte
elegante de la ciudad, para ver dos pinturas y un fresco de Eugène
Delacroix envueltas en sombras. La más impresionante "Cristo en el
Jardín de los Olivos" cuelga arriba de una puerta en St.-Paul-St.-Louis
en la Marais al otro lado de la ciudad.
Una iglesia puede cambiar junto con el vecindario. De lunes a sábado,
la esquina sudoeste de la rue du Bac, en el séptimo Arrondissement,
pertenece a los compradores de La Grande Épicerie, la tienda al mayoreo
más grande de París.
Los domingos permanece cerrada y Notre-Dame-de-la-Médaille-Miraculeuse
que se encuentra junto se adueña de la calle. Los que buscan milagros
peregrinan a esta iglesia, ya que en 1830, una joven novicia llamada
Catherine Labouré dicen que tuvo visiones de la Virgen María, que le
dijo que hiciera una medalla devocional. Los mendigos tienen sitios
permanentes en la calle.
Las iglesias también son refugios. No hay mejor manera de escapar de
los turistas en Deux Magots sobre boulevard St.-Germain, que meterse a
la quietud de la iglesia de St.-Germain-des-Prés cruzando la calle. Y
no paga más de 50 pesos para tener un café y un lugar para sentarse.
A menos que una iglesia sea un punto de interés, puede pasar
desapercibida. Uno se puede cansar tanto en el Louvre, que se salta la
iglesia de St.-Germaon-l’Auxerrois, unicada al cruzar la calle. De las
más viejas, es lugar de descanso de poetas, arquitectos, pintores y
escultores franceses, dueña de uno de los órganos más hermosos y done
el basquetbolista Tony Parker se casó con Eva Longoria.
Y uno puede pasar tanto tiempo subiendo los cientos de escalones que
separan a Montmartre de Sacré Coeur (llamada por Émile Zola como "la
basílica de lo ridículo"), que uno no toma el camino empedrado a
St.-Pierre-de-Montmartre, el último vestigio de la abadía de
Montmartre.
Vagar sin sentido no siempre sirve y es muy fácil para el novato entrar a una iglesia y perderse la mejor parte.
Algunas iglesias son secretas, las cuales solo abren para misas los
domingos o por medio de citas. Mi favorita es St.-Séraphin-de-Sarov,
una iglesia ruso ortodoxa, en una calle obrera del quinto
Arrondissement. Sólo una pequeña placa en una puerta verde, anuncia su
presencia en reja cerrada al fondo del patio.
La iglesia — un cuarto de madera sin iluminar— fue construida en su
forma presente en los años 70 entre dos árboles, cuyos troncos sirven
de pilares. Íconos rusos adornan el altar, transportando a los
visitantes muy lejos de París. "Has entrado al paraíso", me dice el
reverendo Nicolás Cernokrak, el pastor croata, cuando me da la
bienvenida una tarde.
Los visitantes son invitados a los servicios los sábados por la tarde y
los domingos, cuando hay café y té disponibles en el jardín. La otra
manera de visitarla es haciendo una cita con el pintor que vive en una
casa contigua y quien sea feliz de invitarlo a uno a su casa para
enseñar sus acuarelas (todas en venta).
Quizá la joya religiosa más pasada de largo de París, por su tamaño e
importancia, es la basílica de St.-Denis. La cual se encuentra en el
suburbio de clase baja de St.-Denis afuera de la cuidad, al cual se
puede llegar fácilmente por la línea de metro número 13, una perfecta
salida de domingo.