Desde afuera, la iglesia de St. François-Xavier parecería la más fea
de todo París. Un armatoste del siglo XIX que posee décadas de mugre.
No hay nada memorable en su fachada. St.-François-Xavier sobresale en
un intersección llena de tráfico que lleva a la estación de tren
Montparnasse.
Pero, una mañana dominical, me encontré husmeando en su vestíbulo,
esperando a que terminara la misa de las 10. Caminando de puntitas
(cosa que aprendí de las monjas), caminé entre los creyentes. Viendo
que nadie estaba a cargo, me metí por una ventana donde andaban unos
monaguillos. No hay turistas aquí, y tampoco feligreses.
Había entrada a la sacristía nupcial, un espacio sin amueblar que
parece que no tiene otro propósito más que guardar viejas vestimentas
en armarios de roble. Los dos vitrales necesitaban limpieza, la duela
una pulida y las paredes pintura.
Pero ahí, enmarcada en oro, colgada sin mas ni mas e iluminada por
luces fluorescentes baratas, hay una "Última Cena" del pintor veneciano
Tintoretto. El único Tintoretto en una iglesia parisina, fue regalo de
una baronesa fracesa hace un siglo. Se tiene que buscar al fondo del
cuarto, para hacer que las reflejos de luz desaparezcan del lienzo. Una
mesa cuadrada, y no una larga, capturan la intimidad y la urgencia de
la reacción de los discípulos de Jesús, al enterarse que Judas lo había
traicionado por 30 monedas de plata. La pristina blancura del mantel es
más brillante que los rayos dorados que salen de la cabeza de Jesús.