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Camino al cielo

Julio y agosto son los mejores meses para emprender el viaje a la cúspide. La meta es contemplar la salida del sol
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EFE/REPORTAJES
El Universal

Lunes 08 de octubre de 2007

Casi todos los excursionistas llegan en los meses de julio y agosto, cuando no existen restricciones para acceder al monte Fuji, traicionero desde septiembre hasta finales de junio por culpa del clima.

El hecho de que la mayor parte de las ascensiones se concentren en los meses estivales convierte en ríos humanos las zigzagueantes rampas que surcan las pendientes de la lava solidificada, en las que no es extraño que se formen atascos de minutos en un camino que no da para tanta gente.

Bastón con cascabeles.

Ver el amanecer entre un mar de nubes es la meta. La vía más tradicional inicia desde los 850 metros sobre el nivel del mar (y supone aproximadamente doce horas de marcha).

El recorrido se inicia desde la quinta estación (la décima y última se sitúa en la cima) hasta donde se accede por carretera, habitualmente en un autobús que transporta al viajero desde un amplio aparcamiento ubicado varios kilómetros en la base.

Antes de salir, la mayor parte de los montañeros adquiere uno de los bastones que venden en los establecimientos de la zona: un palo de madera adornado con unos cascabeles y en algunos casos con la bandera de Japón, que resulta de gran utilidad, especialmente en el descenso.

El comienzo, curiosamente cuesta abajo, es un mero espejismo que suele llenar de confianza a los debutantes, antes de que el camino corrija su trayectoria y mire al nítido cielo nocturno plagado de estrellas, si las nubes lo permiten.

Pronto quedan atrás los pocos árboles que acompañan el amplio sendero, bien marcado durante toda la ascensión, que a partir de los 2 mil 400 metros transcurre entre piedras, polvo y tierra.

Tras aproximadamente dos horas, la pista empieza a serpentear hasta la cima, imposible de divisar cuando aún faltan más de mil metros.

El paso se vuelve cada vez más lento, la respiración se acelera y la vista se pierde entre los centenares de linternas de los excursionistas que iluminan la subida en lo que parece una extraña ceremonia religiosa.

A lo largo de la ascensión, el montañero alcanza una decena de refugios (situados en las estaciones) que ofrecen comida caliente y descanso para quienes necesiten recuperar aliento y energías antes de retomar la pendiente; muchos hacen uso de un inhalador de oxígeno, que reduce la sensación de cansancio pero resta realismo a la subida.

Al igual que ocurre con el Camino de Santiago, estas posadas de montaña ofrecen al excursionista la posibilidad de sellar su paso, aunque aquí, en vez de estampar la credencial en un papel, se graba una marca con hierro caliente en el bastón por un módico precio.

Tras seis horas de caminata ininterrumpida (el tiempo de ascensión medio oscila entre las cinco y las siete horas), siempre hacia arriba, se intuye el esperado final: ya no puede quedar más montaña y la oscuridad se disipa ante las primeras luces del alba.

La larga marcha concluye tras atravesar una "Torii" puerta de madera típica en las entradas de los templos nipones.

Paraje lunar

Para algunos supone la llegada al santuario, que es el Fuji-san en sí mismo, y, para otros, una oportuna línea de meta, a modo de las que reciben a los ciclistas en las cumbres de las grandes carreras.

Una vez allí, el reto consiste en encontrar un buen sitio en ese paraje lunar para contemplar el amanecer entre las miles de personas que se agolpan mirando a Oriente.

La salida del sol, sobre las cinco de la mañana, es recibida con una sonada ovación, entre silbidos y aplausos, por los agotados montañeros, no sólo por la espectacularidad del momento, sino también porque el frío que azota la cima se apacigua con los primeros rayos.

Un reconfortante café caliente, una visita al cráter del volcán, inactivo desde 1707, y un último esfuerzo para depositar un recuerdo de la ascensión en la "Torii" más alta del país situada en uno de los picos que da forma redondeada a la cumbre, y vuelta al camino para emprender el largo descenso (entre tres y cuatro horas).

Si bien es de "sabios" subir una vez en la vida al Fuji-san, quien lo hace dos veces es "un estúpido", según otro dicho japonés; quizá por eso, porque pocos piensan en repetir, casi nadie se preocupa de la basura que deja detrás.

Los desperdicios humanos se han convertido en un problema en la mítica cumbre nipona.

En la última gran recogida efectuada el día 8 de septiembre, un equipo de 82 personas retiró una tonelada de deshechos entre latas, papeles, vasos rotos y piezas de cerámica.

El dispositivo de limpieza llegó a encontrar incluso una batería de coche y tablones de madera cerca del cráter.

Otra curiosidad: cada año se celebra una carrera para subir al Fuji-san. En la edición 2007, disputada el 27 de julio, el ganador, que fue un japonés, tardó en recorrer los 15 kilómetros que separan la quinta estación de la cima una hora y 23 minutos. Es una auténtica marcha no apta para cardíacos.


 



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