SAN JOSÉ DEL CABO.— Hasta mediados del siglo pasado, Los Cabos era
apenas una estrecha franja casi desértica en el extremo sur de la
península de California, en la que se diseminaban un puñado de poblados
y aldeas de pescadores que intentaban sobrevivir en medio de un paisaje
de cactus y arbustos.
Las dificultades para acceder –sólo se podía llegar por agua,
atravesando el desierto o en pequeñas avionetas– y las escasas
comodidades con apenas unos pocos pequeños hoteles de lujo, hicieron
que durante décadas se mantuviera como un destino exclusivo y
paradigmático, reservado para muy pocos.
Sin embargo, la construcción de la ruta 1, a principios de la década
del 70 hizo, que el lugar comenzara a despegar. Lentamente su fama fue
trascendiendo y así fueron apareciendo alojamientos, restaurantes y
otros establecimientos para dar servicio a la cada vez más concurrida
población.
Hoy, Los Cabos es uno de los destinos estrella del turismo mexicano y
el preferido por los viajeros norteamericanos que encuentran aquí un
clima agradable, ya que llueve apenas seis días al año; posee pequeñas
playas de arena fina y blanca, numerosas alternativas gastronómicas,
decenas de actividades al aire libre, y una movidísima vida nocturna,
en una combinación de descanso y diversión.
Entre las cuatro poblaciones que conforman esta zona, Cabo San Lucas y
San José del Cabo son las que funcionan como límites de lo que se
conoce como El Corredor, un tramo de costa de apenas 32 kilómetros que
une ambas ciudades y a lo largo del cual se suceden casi medio centenar
de hoteles y resorts de alta gama y más de una decena de canchas de
golf: es un destino ideal para los amantes de este deporte.
Cabo San Lucas es, sin duda, el que más fama supo acumular en estos
años. Con el puerto como punto de atracción principal, aquí se
confunden el lujo y la modernidad.
La ciudad, igual que su hermana Cancún en la costa del Caribe, fue
desarrollada pensando en el turismo, por lo que en sus concurridas y
bulliciosas calles se ofrece todo lo que el visitante pueda necesitar o
desear: tiendas de marcas lujosas, joyerías exclusivas, varios shopping
centers, restaurantes, bares y servicios por docenas, y que late de
día, pero que cobra vida cuando va cayendo la tarde hasta explotar
durante la noche, cuando la diversión invade cada uno de sus rincones
hasta bien entrada la madrugada.
Si el puerto es su centro, El Arco, una formación rocosa producida por
la erosión del mar, a pocos kilómetros de donde se unen el mar de
Cortés y el océano Pacífico, funciona como icono, pues es ahí donde los
días de bajamar se forma la Playa del Amor, a la que acuden las parejas
en busca de tranquilidad e intimidad.
En el otro extremo de El Corredor, está San José del Cabo. Más
tradicional, conserva aún algo del encanto de los pequeños pueblos del
interior mexicano. Con la típica distribución española, la plaza
principal actúa como centro y en torno de ella se desarrolla la vida
del lugar, mientras que la iglesia y el edificio municipal le agregan
un toque tradicionalista.
A un costado, la avenida principal, el bulevar Mijares, aglutina varias
decenas de locales comerciales, y sus pequeñas calles laterales invitan
a caminar y perderse en su interior.
San José también es el lugar elegido por los artistas y artesanos, por
lo que es común encontrar aquí y allá galerías de arte, casas de
antigüedades y ateliers.
Como no todo es playa, Los Cabos tiene opciones de lo más variadas para
quienes buscan salir de la rutina: buceo o snorkeling en los arrecifes
de coral negro, pesca de altura –es una de las mecas mundiales para la
pesca del marlín, el pez espada y otras especies–, caza submarina,
yachting, surfing y mucho más. Como para confirmar que la fama de
estrella no está mal ganada.