En el Atlántico Norte, solitaria, emergida entre el fuego y el hielo,
una isla extraña y actual. En el medio de la nada, la mítica Thule.
Hay que entender a quienes habitan y habitaron en los rumbos del
Artico, donde todo es blanco y verde, y la vereda más cercana es, casi
siempre, el agua; donde los inviernos son una sola y larga noche, y los
veranos son de insomnio, meses enteros que transcurren de día.
Cuando se abre una llave en cualquier ciudad de Islandia (que no son
tantas) sale un poderoso chorro de la mejor y más caliente agua termal,
y esto incluye su olor sulfuroso, conducida por cañerías directamente
de la fuente a la ducha o al radiador de calefacción; y si el agua es
fría, es la más fresca y pura, tomada también directamente de los
límpidos e incontables ríos de deshielo. La electricidad tampoco es un
misterio, proviene de la fuerza transformada de sus imponentes
cascadas.
En Reikjavik no hay rascacielos, ni hacen falta. Con 117 mil personas,
la capital es una ciudad costera que, en su corazón, conserva las casas
de madera con techo a dos aguas bordeando calles que buscan su cauce
hacia el mar.
Ubicada en el sudoeste de la gran isla, las otras dos ciudades con
alguna dimensión importante en realidad la rodean: Kópavogur (28 mil
habitantes) y Hafnarfjörður (24 mil). Del total de concentraciones
urbanas sólo restan tres: Akureyri, al Norte (16 mil 800); Isafjörður,
en los fiordos del Oeste (4 mil 100), y la pequeña Egilsstaðir, en el
Este (mil 900).
Aventura y aire libre
Alquilar un auto, calzarse botas de trekking, una buena chamarra
impermeable, tal vez una casa de campaña liviana y bolsa de dormir es
lo que da libertad en Islandia.
Los caminos son perfectos, y en un número razonable de kilómetros,
todos llevan a algún destino estrella: fiordos espeluznantes, desiertos
de lava, cataratas heladas, géiseres y cráteres y rápidos entre las
piedras, y glaciares y lagunas calientes y costas con ballenas, islas
de pájaros e islas que apenas egresaron del fondo del mar.
Si el gusto es trepar, caminar, deslizarse o sacudirse, allí está todo.
Si la idea es ser llevado en un camión, con explicación y compañía, las
excursiones son impecables. Quizá son caras, pero perfectas.
Islandia, la tierra inalcanzable, la leyenda nórdica, el país lejano de
las eddas y las sagas entre las brumas que anteceden al Valhala, es hoy
el destino top de los yuppies europeos, el lugar al que hay que ir en
verano para sostener una conversación envidiable en invierno. Los
aviones de Icelandair parten con vuelos diarios desde las capitales más
poderosas y arriban con turistas jóvenes.
Y cuando éstos llegan, no encuentran esplendores, pero sí el lujo de
una sobriedad eficaz y precisa heredada del espíritu escandinavo. Los
pequeños museos, grandes en ingenio de montaje, privilegian el diseño,
siempre un paso más moderno. Y los que quieren bares y movida, los
obtienen en noches iluminadas por el sol.
Cómo llegar
La línea aérea de bandera es Icelandair, que vuela regularmente al
resto de Escandinavia, Europa y Estados Unidos. Hay aerolíneas de bajo
costo como Iceland Express (www.icelandexpress.com), que ofrece pasajes
que rondan los 100 euros saliendo desde algunas capitales europeas.
El aeropuerto principal es Leifur Eiríksson (www.keflavikairport.com),
ubicado en Keflavik, a unos 50 minutos de la capital islandesa. Después
de cada vuelo hay autobuses hasta allí.
Dónde dormir
El alojamiento más común es el de los Gistheimil (Guesthouses o Bed
& breakfast), hosterías hogareñas que en general manejan sus dueños
y ofrecen una atmósfera familiar. Hay también muchas opciones de
hospedaje en casas rurales, granjas, cabañas, campings y albergues
juveniles.
Los precios de una habitación doble en un hotel de la capital (cuenta
con establecimientos de todas las categorías) oscilan entre los 70 y
230 dólares la noche (habitación doble).
En internet: www.visitreykjavik.is