Hotel Emily Morgan, frente al Museo de El Alamo, en el centro de San
Antonio, la ciudad donde un argentino es rey. Emanuel Ginóbili, por
supuesto. Ocurrió en 2003, año de la primera coronación del bahiense
como campeón de la NBA.
"¿Cuánto cuesta una entrada en la reventa?", preguntamos en inglés al
conserje del hotel, sólo para aportar un dato más a la crónica diaria.
Y el hombre responde: "¿Qué ubicación prefiere?", mientras saca un hoja
con el dibujo de SBC Center (ahora se llama AT&T) y expone a la
vista del turista todas las plateas disponibles. "!Pero si están
agotadas!", replicamos en nuestra ignorancia.
En realidad terminamos descubriendo otro detalle: que los astutos no
sólo habitan nuestro país. "Los vende una agencia que depende de la
franquicia de los Spurs", contesta el empleado sin saber que algún día
sería publicado.
Está claro, las entradas las agotan ellos mismos para lotearlas luego
entre los contingentes que llegan a los hoteles a un precio superior.
Lo que pasa es que en algunos estados norteamericanos, la reventa no
está penalizada, por eso en las series por el título de la NBA hay
entradas a valores que nunca tienen techo.
Es mejor adquirirlas por Internet, aunque, con unas semanas de anticipación si se trata de un partido de play-off.
Según disposición de la misma NBA, el 10% del estadio debe ofrecerse a
un precio de 12 dólares. Si el presupuesto no da para más, lograrás una
contractura de cuello pues la cabeza quedará por largas horas aplastada
por el techo, a 70 u 80 metros del rectángulo de juego. No está de más
llevar largavista.
Pero antes de ingresar en ese fascinante mundo, casi circense, hay que
destacar algo más de las ubicaciones en el estadio. Primero, que una
butaca de primera o segunda fila para una final puede superar los 2 mil
dólares en la reventa; segundo, que si usted hace ese gasto puede darse
el gran gusto de contarle a sus amigos que tuvo de vecino o vecina a
Jack Nicholson, Woody Allen, Spike Lee o Cindy Crawford. Mucho más si
elige el Staples Center de Los Angeles, donde con frecuencia aterrizan
las grandes estrellas de Hollywood.
Los empresarios, en tanto, se alejan de los reflectores y las cámaras
para encerrarse en las suites que tienen más comodidades que su casa.
Uno o dos anillos circundan todos los estadios de la NBA con especies
de cabinas vidriadas o abiertas que son propiedad de las grandes
corporaciones norteamericanas. Por ejemplo, en Chicago, la suite de
United Airlines (el patrocinador del estadio de los Bulls) se encuentra
exactamente a media cancha. Cuenta con plasmas gigantes, heladera,
microondas, sillones, una cama, baño y, por si fuera poco, cuenta con
estacionamiento privado y acceso directo desde el playón del estadio.
Un abono anual cuesta entre 500 mil y 700 mil dólares. Los empresarios
se reúnen allí con sus clientes unas horas antes del partido, cenan,
hacen negocios y después miran el juego.
El show... del público
Pero regresemos a la cancha. A ese parquet espejado que los periodistas
podemos pisar una y mil veces hasta cinco minutos antes de que comience
la lucha. Igualito que en la Argentina. En ese escenario se presentan
artistas de todo tipo cada vez que el cotejo se interrumpe y hay
descanso. Las mascotas (el 80% de las franquicias de la NBA tienen la
suya) son muy histriónicas y entretienen a niños, jóvenes y adultos por
igual. Las porristas también, suponemos que más que nada a los que no
son niños. Por lo menos seis veces las rubias, morochas y la infaltable
japonesa se cambian de atuendo, peor que una vedette en el teatro. No
son tan esbeltas, eso sí; tampoco extremadamente bonitas ni son
coordinadas en su coreografía. Pero hay que verlas, bueno, son
norteamericanas y lo hacen desde el college.
Pero también hay minirrecitales y juegos muy entretenidos en los que
participa el público, especialmente en aquellos que se sugieren desde
el gigantesco tablero electrónico ubicado en el centro del estadio. Y
la gente se asocia tanto que se convierte en un espectáculo aparte.
Tanto es así que uno, que ya vio bastante NBA, se entretiene más con
las actitudes de los simpatizantes que con los divertimientos
especiales que a veces son reiterados.
Analizar el comportamiento popular se convierte en un curso acelerado
de sociología americana. En la última final, en Cleveland, donde Manu
consiguió el tercer título de la NBA, el público miró el partido
sentado y se puso de pie cada vez que se interrumpió y comenzó el show.
Eso es la NBA. Así viven el basquetbol los norteamericanos. Y no
hablamos de lo que comen y cuánto comen. Puede estar el partido tanto a
tanto y faltar dos minutos, que ellos siguen gastando escalinatas
subiendo y bajando con chatarras calientes y alcohol frío.
Una hora después de concluido el juego también puede uno sorprenderse
con algo que no es un espectáculo, pero asombra: el basural y la
cantidad de desperdicios (hog dog enteros y baldes por la mitad de
cerveza) que quedan entre esos asientos por los que usted soñó alguna
vez ocupar y por los que deberá pagar bastante. Es otro mundo y son dos
o más espectáculos en un solo envase. ¡Ah, y si no tiene tickets, hable
con el conserje de su hotel!