Grasse es un pequeño y discreto pueblo francés, y el escenario en el
que hace 22 años, Patrick Süskind situó su novela El Perfume.
Este destino posee la pócima secreta de las fragancias y las efímeras
esencias cuyos misterios encuentran único sentido al entrar en contacto
con el cuerpo humano.
Su pasado es medieval y resguarda la tradición de la curtiduría y la
fabricación de guantes aromáticos que también llegaron a ser venenosos.
En este rincón provinciano, más de 50 empresas de perfumería tienen su
sede; y de ellas, al menos 10 son de talla internacional.
¿Y cómo no? Si en estos campos de olivares, vegetación abundante y
rebelde, no sólo las celebridades consiguen inspiración a cuenta gotas,
también su tierra proporciona los nutrientes y la materia prima para la
minuciosa elaboración de lociones.
Un paraíso donde las abuelas literalmente se volverían locas al ver
abundantes macetas y plantas que desde los balcones parecen competir
por ver cuál es capaz de reunir mayor número de pétalos.
Grasse posee un microclima envidiable, por un lado recibe las lejanas
brisas del mar, y por el otro, oxigena sus semillas con el aire puro de
las montañas.
Aquí los turistas no padecen los siete días de trayecto a pie que debió
emprender Grenouille, protagonista de la novela para arribar a la cuna
de los perfumistas franceses, ellos llegan en tren directo a descansar.