Fueron años, muchos años los que tardé para quitarme la ropa en
público, pero también debo confesar que fue bastante tiempo el que esa
idea de estar al "aire libre" o "libre con el aire" estuvo rondando en
mi cabeza.
Fue hasta la universidad cuando convencí a otra bola de revoltosos como
yo para que me siguieran a una playa con fama, y de la que muchos
hablaban pero de la cual pocos tenían información confiable, esa por
supuesto era Zipolite.
Para algunos ese sitio es mágico, bello, casi perfecto, mientras que
para otros es una playa sucia, saturada de chilangos y hippies
mugrosos.
Yo creo que todo depende de la época del año. En verano es un suicidio
visual acudir, pues uno se toparía con un ambiente estilo Caleta:
mirones, saturación de hospedaje, en fin, una sucursal de la ciudad.
Pero en temporada baja todo cambia, como aquella primera vez, en la que
mi presupuesto para un fin de semana no sobrepasaba los mil pesos.
Todos estábamos nerviosos, no sabíamos cómo era Zipolite, no existían
fotografías en internet y no había un directorio de hoteles, así que
cada paso era nuevo.
Llegamos casi de noche, no conocimos nada, sólo una cabaña, la hamaca y a dormir.
Al otro día fue un shock: todo era hermoso, una gigantesca roca a 15
metros de la orilla con un gran hueco en el centro daba la bienvenida.
Eran las nueve de la mañana y una decena de hombres y mujeres
aprovechaba los primeros rayos del sol para disfrutar su desnudez,
antes de que todos los mirones salieran... a eso del mediodía.
De repente esos años de estar pensando en qué haría cuando por fin
estuviera en una playa nudista dejaron de ser imaginación y se
convirtieron en una realidad.
Yo, el más liberal, el que había convencido a los otros para ese
momento, de repente quedé en pausa y cuando por fin giré para decirles
"yo sí me aviento", los demás ya estaban sin su traje de baño y corrían
hacia el mar.
Así me quedé... era el único con traje de baño puesto. Una voz interna
me decía ¡ya, ahora, de loc ontrario no lo harás! Así que sólo dejé que
mi traje de baño cayera.
Ya en el agua todo es nuevo, porque no es lo mismo estar desnudo y
empapado en la regadera que hacerlo mientras se camina por la playa
recién salido del mar.
Hay ciertos rebotes del cuerpo a los que no estás acostumbrado, no hay
prenda presionando, la arena se pega de forma extraña y claro, el
bronceado por fin es parejo.
Definitivamente es una gran sensación. A los pocos minutos los vecinos
desnudos ya no importan, ya no te da pena, sólo buscas que nadie te
esté fotografiando.
A los dos días de estar así incluso ya hay confianza con esos vecinos,
te atreves a platicar con ellos y para el tercero ya son grandes
amigos: te quedas de ver para asolearte, compartes una tabla de surf y
una margarita, todos, hombres y mujeres.
Esa fue la primera vez y fue mágico. Ahora quitarme todo en público
todavía es difícil, pero cuando se está en un destino "ropa opcional",
el instinto llama, no importa que no pueda presumir un gran cuerpo, lo
que vale la pena es vivir libre.