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Libertad donde nunca se había sentido

Cuando se está desnudo en un sitio al aire libre, la piel "respira, siente y se emociona" con la brisa y el sol
 Libertad donde nunca se había sentido Libertad donde nunca se había sentido
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Omar Abrego
El Universal

Martes 31 de julio de 2007

Fueron años, muchos años los que tardé para quitarme la ropa en público, pero también debo confesar que fue bastante tiempo el que esa idea de estar al "aire libre" o "libre con el aire" estuvo rondando en mi cabeza.

Fue hasta la universidad cuando convencí a otra bola de revoltosos como yo para que me siguieran a una playa con fama, y de la que muchos hablaban pero de la cual pocos tenían información confiable, esa por supuesto era Zipolite.

Para algunos ese sitio es mágico, bello, casi perfecto, mientras que para otros es una playa sucia, saturada de chilangos y hippies mugrosos.

Yo creo que todo depende de la época del año. En verano es un suicidio visual acudir, pues uno se toparía con un ambiente estilo Caleta: mirones, saturación de hospedaje, en fin, una sucursal de la ciudad.

Pero en temporada baja todo cambia, como aquella primera vez, en la que mi presupuesto para un fin de semana no sobrepasaba los mil pesos.

Todos estábamos nerviosos, no sabíamos cómo era Zipolite, no existían fotografías en internet y no había un directorio de hoteles, así que cada paso era nuevo.

Llegamos casi de noche, no conocimos nada, sólo una cabaña, la hamaca y a dormir.

Al otro día fue un shock: todo era hermoso, una gigantesca roca a 15 metros de la orilla con un gran hueco en el centro daba la bienvenida.

Eran las nueve de la mañana y una decena de hombres y mujeres aprovechaba los primeros rayos del sol para disfrutar su desnudez, antes de que todos los mirones salieran... a eso del mediodía.

De repente esos años de estar pensando en qué haría cuando por fin estuviera en una playa nudista dejaron de ser imaginación y se convirtieron en una realidad.

Yo, el más liberal, el que había convencido a los otros para ese momento, de repente quedé en pausa y cuando por fin giré para decirles "yo sí me aviento", los demás ya estaban sin su traje de baño y corrían hacia el mar.

Así me quedé... era el único con traje de baño puesto. Una voz interna me decía ¡ya, ahora, de loc ontrario no lo harás! Así que sólo dejé que mi traje de baño cayera.

Ya en el agua todo es nuevo, porque no es lo mismo estar desnudo y empapado en la regadera que hacerlo mientras se camina por la playa recién salido del mar.

Hay ciertos rebotes del cuerpo a los que no estás acostumbrado, no hay prenda presionando, la arena se pega de forma extraña y claro, el bronceado por fin es parejo.

Definitivamente es una gran sensación. A los pocos minutos los vecinos desnudos ya no importan, ya no te da pena, sólo buscas que nadie te esté fotografiando.

A los dos días de estar así incluso ya hay confianza con esos vecinos, te atreves a platicar con ellos y para el tercero ya son grandes amigos: te quedas de ver para asolearte, compartes una tabla de surf y una margarita, todos, hombres y mujeres.

Esa fue la primera vez y fue mágico. Ahora quitarme todo en público todavía es difícil, pero cuando se está en un destino "ropa opcional", el instinto llama, no importa que no pueda presumir un gran cuerpo, lo que vale la pena es vivir libre.

 



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