El bar está solo. Me acerco a un joven que seca meticulosamente las
copas y le pido un margarita frozen. Esboza una sonrisa pícara y luego
dispara: ¿Usted es la que viene sola?
Sí, soy yo, respondo divertida y, con curiosidad, añado: ¿Es todo un
acontecimiento aquí (el que aparezca una mujer sola), verdad?
No, pero usted ya es toda una leyenda, dice abriendo un poco más los ojos.
Así empezó todo
Parece que la regla en este hotel es ir en pareja, de cualquier tipo
pero acompañado, así que mi presencia solitaria causa un poco de
sorpresa. Meseros, jardineros, caballerangos, botones y en general los
representantes del género masculino se preguntan y me preguntan qué
hago sola en Punta Serena, un pequeño hotel enclavado sobre la bahía de
Los Ángeles Locos, en Tenacatita, Jalisco.
La página de internet anunciaba sólo 24 habitaciones, spa y paquetes de
"todo incluido" muy atractivos, aunque no especificaba que era un sitio
nudista.
Ya en vivo el lugar es perfecto: una playa privada, alberca, dos
jacuzzis que se alzan sobre un acantilado como vigilantes de la bahía y
por las noches el rugido de un mar bravo que se agita y remuele según
las fases de la vecina luna.
No es requisito desnudarse para disfrutar las bondades del lugar, de
hecho, la etiqueta del restaurante exige ropa, pero de ahí en fuera los
huéspedes se visten y se desvisten a su gusto y necesidad.
Todos en pareja
La mayoría de las parejas que encontré a mi llegada pasaban de los 40.
Varios extranjeros y algunos nacionales. Cuerpos reales en un paraíso
que parece sacado de un cuento de hadas. Un día después comenzaron a
llegar los recién casados, pero igual de reales que los veteranos.
Mi presencia inquieta a las mujeres. No hay incidentes pero los ojos de sus hombres no mienten.
Me buscan la mirada bajo el ala ancha de mi sombrero negro y analizan cuidadosamente mis movimientos.
Parece que les gusta mi traje de baño, eso se nota. Aunque a ellas más
cuando lo llevo puesto, pero pronto se dan cuenta de que a mí lo que me
interesa es dormir y leer, así que se arriman a sus compañeros y
deciden ponerme en el olvido.
El silencio se agradece. Permite concentrarse en el ir y venir pausado
de las olas, intentar descubrir los secretos de la brisa y capturar de
vez en cuando el grito de una garza solitaria.
Es como si al entrar le dieran a todos los huéspedes un manual de operaciones a detalle donde el silencio es la primera regla.
Por eso las conversaciones ocurren entre los huéspedes y los
anfitriones. Entre los varones y el barman la discusión gira en torno a
las bebidas; en el spa se habla algo sobre tratamientos para la piel y
los beneficios de los masajes, y con la recepcionista se piden taxis
para ir al pueblo.
Conmigo los anfitriones se turnan para averiguar el misterio del marido inexistente.
Luego se cuentan entre sí lo que ven y lo que saben, y a pesar de que
no hay nada más qué saber, los últimos no resisten la tentación de
preguntar: ¿Usted es la que viene sola?