Hace tres años, algunos altos ejecutivos de Microsoft comenzaron a
utilizar relojes de mano con conexión a internet en los que se podían
consultar pronósticos del clima y otros fragmentos de información en
tiempo real.
El Spot Watch era parte de la apuesta de Microsoft
para impulsar al internet más allá de la computadora personal. No
obstante, en retrospectiva, los voluminosos relojes con imponentes
carátulas redondas parecían tan alejados de la vida real como la
utilería de las series de televisión de la década de los 60. Sin
embargo, las razones del fracaso de otras tecnologías nuevas son mucho
más prosaicas.
La primer generación de los esperados dispositivos
y servicios de música digital de Sony, llamados Connect, y creados para
competir con el iPod de Apple, resultó técnicamente deficiente.
“Destruyó mi Vaio, de hecho estropeó el disco duro”, comentó Richard
Doherty de Envisioneering, uno de los primeros analistas de tecnología
en probar el producto de Sony.
La historia de la tecnología para
el consumidor está repleta de increíbles dispositivos que terminan en
el bote de basura. Desde la computadora portátil Newton hasta el
“transporte personal” Segway, las nuevas tecnologías que supuestamente
nos cambiarían la vida de hecho pueden, en retrospectiva, verse
simplemente ridículas.
Cuando la novedad haya pasado, ¿cómo
juzgará la historia al iPhone? Incluso Steve Jobs, actualmente aclamado
como el maestro de la tecnología para el consumidor, no es inmune al
fracaso.
La computadora NeXT, la máquina que construyó antes de
regresar a dirigir Apple, y más recientemente la Mac Cube, están entre
los productos de Jobs que no lograron despegar.
Con el iPhone
también está entrando en un mercado que ya ha producido una cantidad
considerable de fracasos. Los teléfonos inteligentes son por definición
difíciles de usar, repletos de distintas funciones en un sólo paquete,
la antítesis de la estrategia de una sola función que hizo al iPod tan
exitoso.
Las nuevas tecnologías generalmente fracasan cuando la
molestia que pasan los consumidores para aprender a usarlas supera a
los beneficios, señaló Pip Coburn, analista de tecnología y autor. Para
que las nuevas tecnologías tengan éxito, es necesario que las compañías
dobleguen el comportamiento habitual y en general profundamente
arraigado de sus clientes.
La apuesta de Jobs de superar esa
inercia con el iPhone depende de tres de las cosas que mejor sabe hacer
Apple: un diseño poderoso y mercadotecnia que toque las emociones, una
nueva interfase de usuario y un dispositivo novedoso sin paralelos. En
ese aspecto, las primeras reacciones sugieren que Apple le dio al
clavo. “Es realmente un deleite. Es emocional, no lógico”, comentó
Doherty sobre la experiencia de utilizar el iPhone. “Va a atraer a una
multitud”.
No obstante, el atractivo emocional quizá no sea
suficiente como para tentar a una gran cantidad de clientes potenciales
a pagar hasta 599 dólares por un teléfono. Para justificar ese precio,
Apple necesita que sus usuarios exploten toda la tecnología del iPhone,
que lo conviertan en un dispositivo continuamente conectado a los
medios y en una ventana portátil a internet.
Esto se debe en
parte al momento en que surge esta innovación, comentó John Seely
Brown, investigador de tecnología y ex presidente de los laboratorios
Xerox en Silicon Valley.
Él describe la enorme atención avanzada
que se le confiere al iPhone como parte del ingenioso intento de Jobs
por crear el “contexto” para el aparato: generó anticipadamente la
expectativa de que hará más fáciles las tareas difíciles.
Sin
embargo, el destino del iPhone dependerá de que los clientes lo
encuentren útil. Como siempre sucede con Apple, todo tiene que ver con
la simplicidad. “El iPhone no tiene menús. Es el primer teléfono que no
espera que usted aprenda a usarlo”, dijo Doherty.