A una hora y media de camino de la presa El Salto, se encuentra una
reserva natural resguardada por la Universidad Autónoma de Sinaloa, un
sitio que literalmente roza con el Trópico de Cáncer, como lo indica un
letrero semiolvidado en la orilla del camino.
Claro, esa línea imaginaria de interés geográfico "en algunos años será
un parador turístico", explica Salvador Herrera, encargado del
levantamiento fotográfico del estado.
La línea no es lo importante sino lo que produce la región: un ambiente
cálido, propicio para que todo crezca en ciertas temporadas del año.
Durante la época de secas el clima puede superar los 30 grados
centígrados y la vista no es para nada agradable, pero durante la época
de lluvias y los meses siguientes la temperatura baja y la humedad
aumenta permitiendo que los caminos se conviertan en grandes
extensiones verdes, y las paredes de roca lisa sean cubiertas por
cascadas.
El lugar del que hablo es la Reserva de Nuestra Señora, con una
extensión de mil 256 hectáreas de bosque tropical seco, dentro de las 5
mil 128 hectáreas que son propiedad de la universidad.
Está prohibido cazar y atrapar cualquier especie animal, arrancar
plantas y derribar árboles. Gracias a ello, los turistas extranjeros
interesados en el avistamiento de aves se pueden dar una vuelta por
esta remota región de Sinaloa, sólo para "observar pajaritos" como
comentan lo habitantes cercanos a la reserva, ya acostumbrados a ver
camiones repletos de graciosos viejitos.
Para quienes sean aficionados a este pasatiempo y busquen poner un
acierto más en su libro de avistamientos, la cantidad de aves que
habita este sitio suma 108 especies, menos de las que existían
anteriormente, pero que afortunadamente se están recuperando, aunque
algunas no se hayan logrado multiplicar del todo.
Una de las más afectadas por la depredación fue la guacamaya militar.
Su importancia no sólo está relacionada con el equilibrio natural, sino
que también es parte de una de las poblaciones de su especie ubicadas
más al norte del continente. Sólo las de Sonora y Tamaulipas la
superan.
Gracias a la labor de varias instituciones es posible, claro que con
mucha suerte, observar una pareja en libertad, anidando en alguna de
las formaciones calcáreas junto a una de las cascadas. Si no es
posible, entonces se puede visitar el aviario, localizado a la mitad de
la nada.
La gigantesca jaula no es un gran espectáculo, pero su habitantes son
decenas de aves que se han logrado reproducir, incluso algunos han sido
liberados para que se integren a su hábitat original.
El gran enrejado fue adaptado para la conservación y reproducción de
estas aves como lo explica Paul Beckman, director de la empresa de
ecoturismo y observación de aves que opera la reserva de Nuestra
Señora.
La mayor parte de las aves locales y migratorias pueden observarse
entre noviembre y diciembre. La mejor estación del año para disfrutar
de la vegetación es en julio y agosto. Sin embargo, las densas hojas
esconden a sus habitantes.
Las aves más comunes son la hurraca hermosa pecho negro y las chachalacas, que no son tan escandalosas como se cree.
La empolvada será grande al transitar por caminos de terracería que
utilizan con frecuencia los camiones de una mina cercana, pero la
comodidad está a menos de una hora, en el pueblo de Cosalá.
Las habitaciones son muy cómodas, cuentan con televisor y una necesaria alberca para refrescarse después de un largo viaje.