NUEVA YORK.— En la esquina de Elizabeth y Hester, a la vuelta de
Canal, una avenida grande, congestionada y sucia muy parecida al eje
Lázaro Cárdenas de la ciudad de México, hay un reducto apartado y
silencioso del barrio chino. Es un pasaje singular, ajeno a los
tumultos de los visitantes, al escándalo de los taxis y al regateo de
los turistas.
Es el mercado chino de Elizabeth, un espacio largo y angosto, repleto
de comida preparada, animales vivos, animales destazados, condimentos,
pescado recién fileteado, mariscos frescos y frutas chinas. Y desde
luego cientos de familias de abuelos, madres y niños chinos. Encontrar
en ese lugar a alguien de ojos redondos es casi un accidente.
Es un rectángulo casi desconocido del barrio chino de Nueva York, y aun
cuando es un mercado, no se parece en nada a uno de ellos: La puerta
por donde uno entra a ese almacén es de cristal y no admite a más de
dos personas al mismo tiempo. Es además un lugar limpio, silencioso y
ordenado.
"Es un diamante desconocido del barrio chino de Manhattan", dijo Mark,
un hombre que ha dedicado muchas tardes a visitar el mercado de la
calle Elizabeth. "La primera vez que vine no podía ver lo que mis ojos
tenían enfrente", dijo mientras caminaba por el pasillo central del
almacén, en medio de vitrinas translúcidas abarrotadas de carnes
blancas, rojas, amarillas y también negras.
La tienda comienza en una calle y termina en el extremo de otra. En la
calle de Mott unos refrigeradores largos almacenan pato preparado,
pezuñas de cerdo, carne molida de pollo con pescado y patas de pollo
con las que los chinos suelen preparar unos platillos agridulces.
En el otro extremo, en la calle de Elizabeth, hay una gran panadería
con piezas de pan chino en tonos rosas, amarillos y color cereza.
Algunos son dulces y están cubiertos por unas costras de azúcar.
Otros son salados y están rellenos de carne de puerco y por un curry chino con influencias indias.
En el centro del almacén emergen los descubrimientos que deslumbraron a Mark, el viejo visitante del mercado desconocido.
En un viejo barril de madera unos cuerpos verdosos y del tamaño de una
toronja se movían con lentitud, en un charco de agua cristalina. Eran
tortugas, decenas de ellas, amontonadas como fruta en un huacal.
¿Los chinos se las comen?, preguntó con candidez un visitante.
"Que yo sepa, los chinos no son fanáticos de las mascotas", Mark sonrió con malicia.
Cerca del barril de madera habitado por tortugas había otro contenedor de plástico, lleno de ranas de un verde muy obscuro.
Más adelante, hacia la calle de Elizabeth, se anunciaban otros
descubrimientos, algunos de ellos casi exóticos: anguilas y pescados
vivos y sobre una gran plataforma de madera los cuerpos de quizá
cientos de pollos, limpios, sin plumas y listos para vender.
Sólo una cosa los hace diferentes a los pollos convencionales: esos
pollos del mercado chino son negros y una vez desplumados su piel tiene
un color morado.
Los chinos les llaman silkies, que podría traducirse como "sedosos" y
su nombre está relacionado a la textura de sus plumas. Los chinos
prefieren los pollos negros porque piensan que tienen más sabor y
además la creencia de que cuentan con poderes medicinales.
"Los silkies son unos pollos muy populares en Taiwan", dijo un chino
mientras destazaba una de las aves. Era un martes al mediodía y el
mercado de Elizabeth estaba a reventar de familias chinas que asisten
con sus hijos en busca de platos bien preparados y baratos.
"Cuando vengo aquí me siento como en casa", dijo una china joven
mientras mordía una pezuña de cerdo frita y cubierta con una salsa
agridulce. Su hija, de unos tres años, mordisqueaba una pierna de pollo
negro y se pasaba la lengua por los labios. "Es una delicia, y si se
come una sopa de pollo negro le limpiará el cuerpo y lo dejará más
fuerte", exclamó.