SAN FRANCISCO, Cal.- Fue como hacer un viaje doble: a Estados Unidos y a China.
A menos de tres cuadras de estar comprando jeans, escuchando hip-hop
callejero y viendo subir y bajar trenes de cables, entrar por la Puerta
del Dragón, en la calle Grant, del centro de la ciudad, al barrio
chino, fue como hacer una pausa al bullicio y entrar a otro espacio.
Lo primero que llama la atención son los ideogramas chinos, sus letras, su colorido.
Entrando por la Puerta del Dragón, de la calle Grant, las tiendas de
regalos ofrecen al visitante, primero, baratijas de plástico con
motivos chinos, pero conforme uno se va a dentrando en el barrio, se
van develando artesanías cada vez más caras y artísticas y mejor
trabajadas.
Importaciones de Asia al por mayor: antigüedades, jarronjes, alhajeros,
sandalias, ropa de seda, drasgones de papel, adornos, faroles.
La zona es ideal para aquellos que deseen comprar todo tipo de artefactos, ropa y artesanías orientales a todos los precios.
En las últimas calles del barrio se ven menos tiendas y más vida
cultural. Templos taoistas y budistas, escuelas de idioma, oficinas
para trámites legales, carnicerías, abarrotes chinos, para los
residentes.
Lo importante es que nada es falso; salvo las primeras tiendas para
turistas, lo demás es en serio. Ni siquiera piratería ve uno por ahí,
sino mercancía legal y gente trabajadora.
La variedad de restaurantes abruma: chinos, vietnamitas, taiwaneses, cantoneses, con olores sugerentes.
Sonrisas por doquier y muchos niños. Viven de los turistas y saben
apapacharlos sin abrumar, sin hostigar a la compra. Vienen de lejos y
añoran la tierra madre; gozan las ventajas de la tecnología, pero
respetan su pasado.