Cuando Álvaro tenía 19 años ya soñaba con dedicarse al diseño y hacer algo en su favor en México, ya entonces era un flamante estudiante de diseño gráfico en la Universidad Anahúac del Norte.
Una vez que se graduó tuvo durante nueve años un despacho de diseño y buró de pre-prensa electrónica. Pero en uno de esos saltos de la vida, de un día para otro se vio en una cama de hospital y con un marcapasos mal colocado que lo llevó meses después a Estados Unidos a quitárselo.
El diagnóstico real fue que sólo había tenido una deshidratación, pero en México los médicos casi lo mataron: “Eso me hizo cambiar mi visión de la vida”, explica Álvaro Rego García de Alba (40 años) en entrevista con ELUNIVERSAL.com.mx.
Para colmo mientras estaba hospitalizado, las personas que trabajaban para él en su despacho, se robaron lo que quisieron y pudieron, pensando en que Álvaro se moriría pronto. Cuando estaba decepcionado por todo, llegó una curiosa coincidencia:
Uno de sus tíos mantenía a flote una casa en el Centro Histórico que ha pertenecido a la familia desde hace más de 400 años. El inmueble se perdió en varias ocasiones a lo largo de la historia de México, pero siempre se recuperó. Justamente hace seis años, su tío, harto de que la casa estuviera invadida por inquilinos que no pagaban renta o pagaban muy poco, quería deshacerse de ella.
Paralelamente y entre todo lo que Álvaro ya había vivido, hubo múltiples viajes que lo convirtieron en un “hombre de mundo” y con eso abrió la perspectiva de la idea que cosechaba desde los 19 años: “Le dije a mi tío que me hacía cargo de sacar a la gente de ahí y de convertirlo en algo rentable. Me dio luz verde pero antes me advirtió de las malas condiciones del edificio”.
Efectivamente, la casa, con una superficie de 750 metros cuadrados, era un desastre, estaba catalogada como Patrimonio Histórico pero su valor era mínimo porque la habían modificado, se ignoraba aún el valor del inmueble y han descubierto poco a poco estructuras invaluables.
Así, descubrieron que fue parte de la casa de Hernán Cortés y que alberga un collage de épocas. Tienen cimientos de una pirámide en honor a Moctezuma, muros y arcos de la casa de Cortés, fachada hecha por un discípulo de Manuel Tolsá y partes construidas en los siglos XVI al XVII.
A pesar del reto que aún significa decidió instalar ahí, hace cuatro años y medio, Mumedi (Museo Mexicano de Diseño). Es el único que existe en México y está enfocado al diseño gráfico. Para dimensionar el asunto, baste mencionar que en Alemania hay doce centros de diseño, todos creados con apoyo del gobierno:
“En varios viajes por el mundo y visitas a diversos museos de diseño, me preguntaba por qué en México no había algo igual. Entonces me plantee hacer de lo que me apasionaba (el diseño) un proyecto que fuera auto sustentable y un buen negocio.”
Está localizado en la calle de Madero casi llegando al Zócalo y frente a sus puertas pasa medio millón de personas a diario. A la entrada hay una librería especializada en libros de publicidad, diseño, arquitectura, comunicación, fotografía. Además, un área de objetos de diseño que pretende apoyar a jóvenes diseñadores mexicanos:
“Estos jóvenes con lo que se topan es que si no tienen una producción gigante, es difícil que los grandes almacenes les compren o en pequeñas tiendas les piden condiciones que a veces ellos no pueden cubrir. Mumedi les brinda esa oportunidad, lo cual al final, nos sirve, crecemos juntos.”
Todo ello, hace al concepto único en el mundo pues además hay cafetería, tienda de objetos, salas del museo, talleres y habitaciones de hotel dentro del museo. Lo del hotel vino a cuento porque Álvaro tenía la idea de poner dentro del museo habitaciones para albergar a los conferencistas o invitados; no estaría abierto al público, pero la idea de hacerlo fue de su novia.
Los inicios
En la restauración de Mumedi llevan invertidos seis años y cerca de siete millones de pesos. Sólo llevan completado 30% de lo que necesita el inmueble. Incluso National Geographic ha reconocido el trabajo de restauración.
En principio, intentaron conseguir donativos del sector privado, pero el trámite para los recibos de deducibles es muy engorroso, además debían anexar cartas que le dieran el “espaldarazo” al proyecto, pero para conseguirlas se encontraron con cientos de trabas.
Finalmente Álvaro decidió mandar toda aquella burocracia a volar y hacer por sí mismo de Mumedi algo auto sustentable. Está solo en la aventura porque tiene la experiencia de que las cosas en sociedad no marchan bien, pero se respalda de un consejo formado por 25 reconocidos diseñadores.
En cuanto a la inversión inicial comenta que realmente la usó para pagar abogados y fueron cerca de 600 mil pesos. Lo demás ha venido de su propio trabajo, incluso él ha hecho todas las restauraciones.
Mumedi hoy
El museo recibe a unas 30 mil personas al mes y no pretenden tener un acervo propio porque además de que es costoso, a veces resulta poco atractivo pues las personas dan por hecho que se encontrarán con lo que ya habían visto.
Hay tres diseñadores de la casa, pero reciben y exponen el trabajo de más de 200. Además asesoran gratis a los nuevos diseñadores para comercializar su arte: “Los invitamos a exponer y que además comercialicen sus cosas aquí mismo. En realidad son como consejos porque en la mayoría de los casos sólo necesitan un empujoncito para convertirse en empresarios.”
Actualmente tiene en exhibición una muestra de cartel de gráfica latinoamericana de los siglos XX y XXI, así como “Contructoys”, una expo de personaje/juguete como objeto/arte de diseño para adultos/niños coleccionistas.
Generan aproximadamente 30 empleos directos y se encuentran desde postales de 10 pesos hasta piezas de miles de pesos.
Más información: http://www.mumedi.org / info@mumedi.org / 5510 8771