Al sur de Francia también hay dónde mitigar el calor del verano, pero en medio de un ambiente bohemio e intelectual: la Riviera francesa.
Aproximadamente 80 años después de que Jean Cocteau, el poeta, pintor, escritor de obras de teatro, y director de cine, se refugiara en el Hotel Welcome de esta pequeña villa —donde recibió a colaboradores como Picasso, Stravinsky e Isadora Duncan—, el centro antiguo de la ciudad parece tan ajeno al paso del tiempo como su propio encanto petrificado.
Si Cocteau hubiera volteado la cabeza 180 grados, casi hubiera visto la grande y ruidosa ciudad de Niza. Pero el corazón de Villefranche, escondido entre dos enormes formaciones rocosas, no permitió la entrada de su estridente influencua.
La llamada Cote d'Obscure, con ciudades mucho más ricas en escenarios del Viejo Mundo e historias de artistas bohemios que en brillo de artistas y celebridades contemporáneas, forma una riviera escondida entre las sombras de sus deslumbrantes vecinos de la Cote d'Azur, como Niza, Canes y Mónaco.
La Cote d'Obscure tiene un sol igual de radiante, sus aguas son igual de cálidas, y su comida Provenzal, con esencia de tomate y aceitunas, es igual de suculenta (o quizá más). Pero al mismo tiempo, la moda del año pasado puede portarse impunemente y casi nadie llega en mega yates.
Si la libertad, la igualdad y la fraternidad son los pilares de la república francesa, los de la Cote d'Obscure podrían ser antigüedad, arte y gastronomía.
Paseo en un domingo caluroso
Un domingo caluroso de junio en Villefranche atrae a visitantes de todas las clases. Los más tradicionales se dirigen a la construcción barroca con colores durazno y oro de la iglesia St.-Michel. Los aficionados a las gangas y las curiosidades, entre tanto, deambulan por el mercado de las pulgas en la plaza Amelie Pollonnais.
En medio de construcciones de cálidos tonos mediterráneos ocre, amarillo y verde pálido —como si los pintores hubieran machacado fresas, limones y limas directamente sobre la mezcla de los acabados— los compradores escudriñan entre sombreros napoleónicos, relojes Art Nouveau y extraños recuerdos galos sacados de baules olvidados.
Cerca de ahí se encuentra el pueblo de Eze, fundado en el siglo XVIII sobre un risco que ofrecía protección contra los invasores.
El lugar es completamente encantador, con angostas calles adoquinadas, antiguas puertas de madera remachada, ventanas con marcos de hierro y viejos calderos oxidados llenos de flores de un rojo intenso.
Pero quizá el visitante más encantado con Eze fue Friedrich Nietzsche. A pesar de que pasó unas cortas vacaciones en el lugar durante 1880, el entorno tuvo un poderoso efecto sobre el famoso filósofo. "Dormí bien, reí mucho, y descubrí un maravilloso vigor y paciencia", recordó posteriormente.
También encontró la inspiración para escribir la tercera parte de Así Hablaba Zarathustra.
Su presencia fue tan importante que incluso uno de los senderos de la ciudad es ahora conocido como Le Chemin de Nietzsche (el camino de Nietzsche).
Otros famosos visitantes y residentes de la Cote d'Obscure incluyen al maestro impresionista Pierre- Auguste Renoir y al célebre pintor Modigliani, así como a miembros de la realeza europea como el príncipe Guillermo de Suecia y la duquesa Anastasia Mikhailnova, e incluso a estrellas como el cantante de la agrupación U2, Bono.