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Calentamiento global ¿Amenaza real o exageración ecologista?

Nuestro incrédulo residente, el Dr. Steven Novella, no es tan escéptico sobre el calentamiento global; nuestro inquilino escéptico dedica su columna a un tema de candente actualidad
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Dr. Steven Novella
El Universal
Miércoles 01 de marzo de 2006

15:30 De todos los asuntos científicos con carga política, ninguno tiene la candencia del calentamiento global provocado por el hombre. Durante muchos años los científicos han venido avisando de que nuestra economía, basada en combustibles sólidos, producía una copiosa cantidad de dióxido de carbono (CO2) además de rastros de otros gases invernadero, que alteraban la composición de nuestra atmósfera.

Los gases invernadero atrapan el calor del sol, calentando la superficie de la Tierra. Sin ellos, la temperatura media de la superficie terrestre sería gélida, a varios grados bajo cero en lugar de los suaves 14 ºC de los que disfrutamos hoy en día.

El problema, comentan los ecologistas, no es con el efecto invernadero, al cual necesitamos, sino con el CO2 que nuestros vehículos todo-terreno y nuestras fábricas arrojan a la atmósfera, lo cual incrementa el efecto invernadero y eleva las temperaturas medias de la Tierra; un efecto que podría derretir los hielos polares, elevar el nivel de los océanos, alterar el clima e incluso (paradójicamente) provocar una nueva edad del hielo.

Otros llegan incluso a especular con que la potencia del huracán Katrina se debió al calentamiento global.

Pero esta idea tiene sus críticos. Bjorn Lomborg combate la idea del calentamiento global y las afirmaciones de otros medioambientalistas en su libro El Ecologista Escéptico. Steven Milloy del Instituto Cato, un comité de expertos libertarios, argumenta que el calentamiento global es pura pseudociencia, utilizada por aquellos que defienden por todo el mundo los dictados del socialismo y el anti-corporativismo.

Los republicanos, con notables excepciones, son acusados de haber minimizado durante mucho tiempo la amenaza del calentamiento global.

Mi propia y actualizada síntesis acerca de este debate es que los pilares teóricos sobre los que los ecologistas basan sus argumentos del calentamiento global, que principalmente tienen que ver con los gases invernaderos, son solo sondas.

También parece existir un sólido consenso científico en que el calentamiento global provocado por el hombre es un fenómeno real, consenso que no puede, y no debería ser desestimado y acogido con indiferencia.

Toda organización científica de relevancia que haya revisado la cuestión ha verificado la noción del calentamiento global provocado por el hombre, pero al mismo tiempo se ha cuidado de enfatizar que existen aún un buen número de preguntas fundamentales pendientes de respuesta y que no podemos predecir con certeza el futuro.

Como con cualquier asunto científico que arrastre un número inmenso de implicaciones prácticas, el debate sobre el calentamiento global ha sido tremendamente politizado. Ambas partes están de acuerdo en que la apuesta es muy alta.

Los ecologistas afirman que si ignoramos la advertencia del calentamiento global, podríamos pagar un precio extremadamente alto: un cambio climático que podría amenazar la cadena de producción mundial de alimentos, provocar desplazamiento de poblaciones, inundaciones costeras y cosas peores. Pero los escépticos argumentan que el coste de la histeria no fundamentada es también muy alto, y que no debería de ser ignorado.

En la web junkscience.com (ciencia basura), Steve Malloy ha hecho una estimación (a contra corriente) de los costes de aplicación del protocolo de Kyoto, situándolos en más de 115.000 millones de dólares. El protocolo de Kyoto es un tratado internacional diseñado para limitar la producción de gases invernadero que no ha sido firmado por los tres principales productores mundiales: Estados Unidos, China y la India.

Yo no veo que exista un consenso claro en torno a cuál es el mejor modo de abordar de forma activa la reducción en las emisiones de gases invernadero, aunque todos están de acuerdo en que hacerlo es una buena idea. Nuestras infraestructuras energéticas se erigen sobre los combustibles fósiles, y la quema de estos es el principal agente productor humano de dióxido de carbono, el gas invernadero más abundante.

Se pueden lograr ciertas mejoras en campos como la eficiencia y la conservación, pero para lograr reducciones reales hacen falta sacrificios. Para los estadounidenses, estos sacrificios implican una reducción en los lujos, pero para el resto del mundo, el sacrificio energético implica una reducción real de su calidad de vida.

Las tecnologías actuales no están en disposición de salvarnos de este dilema. Las plantas nucleares, tal vez la mejor elección en su conjunto, sigue siendo políticamente impopular, principalmente debido al problema del almacenamiento de residuos.

El cambio a una economía basada en el hidrógeno sería imposible, ya que no existe hidrógeno libre disociado sobre la tierra sino que tenemos que obtenerlo a partir del agua, combustibles sólidos, u otras fuentes.

Quemar carbón para conseguir hidrógeno que podamos emplear en nuestras pilas de combustible, no reducirá el total de las emisiones de CO2. Otras fuentes exóticas de energía, como la solar, eólica, hidroeléctrica, geotermal, etc. no son aún efectivas en cuanto a sus costes, ni suficientemente productivas como para lograr el cambio.

Mi predicción es que los avances tecnológicos finalmente resolverán la cuestión del calentamiento global, pero lo que nadie puede decir en la actualidad es si la solución llegará a tiempo de evitar cambios climáticos significativos.

Lo que está claro es que la mejor información científica que tenemos a nuestra disposición, evaluada desde un entorno objetivo y aislado contra la política, debería incluir datos sobre los procesos políticos asociados.

Los políticos no deberían dictar la ciencia. Sin embargo, las decisiones políticas conllevan juicios de valor, por ejemplo en lo relativo al modo en que se distribuirá la carga del sacrificio, y es por eso que son los gobiernos, y no las instituciones científicas, los que decidirán qué hay que hacer con el calentamiento global provocado por el hombre. Pero la ciencia debería ir a hombros (no a los pies) de los políticos a cada paso del camino.

  • Traducido por Miguel Artime para Astroseti
  • Steven Novella es profesor asistente de neurología en la Escuela de Medicina de Yale y presidente de la Sociedad Escéptica de Nueva Inglaterra (en inglés)
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